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No salir a luchar contra el terrorismo

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Por bien de la claridad de ideas que tan necesaria es en estos momentos de amenaza, es preciso dejar de pensar y emplear el término “guerra al terrorismo internacional”. No se puede declarar la guerra al terrorismo, como no se puede declarar la guerra a “la guerrilla”. El terrorismo y la guerrilla son formas de combate, y uno no busca la lucha contra las formas sino contra las sustancias. Y la sustancia de que está hecho el mundo es el “poder” en sus múltiples manifestaciones. El poder es una categoría mental perteneciente a los órdenes natural y racional. Gran parte de la sabiduría política de Occidente se fundó en identificar, crear y disolver las coaliciones favorables o adversas a los intereses de los diversos agentes del sistema internacional.

La única coalición de poder razonablemente estable en el mundo es la que agrupa a Europa occidental, Japón y Norteamérica. Para crearla y conservarla hubo que pasar por dos guerras mundiales y sobrevivir a una confrontación ideológica entre Occidente y la URSS que duró cuarenta y cinco años. El resto de grandes y medianas potencias se hallan inmersas en una febril carrera de formación de coaliciones interestatales, al tiempo que, en el plano infraestatal, grupos étnicos, religiosos e ideológicos se dan la mano tratando también de coligarse, para actuar a favor o en contra de determinado estado o coalición de estados. Esto ocurre de modo semejante a lo que pasó durante la Guerra Fría, con los partidos comunistas de los países occidentales y la guerrilla latinoamericana de un lado, y los movimientos nacionalistas de Asia y Africa de otro, empleando a veces violencia extrema.

Los estados, lamentablemente, son más lentos y torpes que los agentes infraestatales en la formación de sus coaliciones. La actividad extremista de muchos de los movimientos fundamentalistas islámicos ha llevado a la coagulación de formaciones de poder capaces de atacar en cualquier lugar del mundo. Esta coalición ha venido condicionando el comportamiento del gobierno de una potencia de primer rango, como Pakistán, y condiciona hasta términos intolerables la gestión de los intereses internacionales de muchos otros. Les han ganado por la mano.

Hay una gravísima falla tectónica, en términos de seguridad, a lo largo del eje geopolítico Afganistán-Pakistán. Las convulsiones en este eje afectan a los intereses de China, Rusia, Irán, la India y los estados de Asia Central. En un circuito más externo se hallan el Cáucaso, los estados del Golfo Pérsico y las naciones del Medio Oriente, cada uno de ellos confrontado con su forma particular de desafío interno, planteado por el fundamentalismo religioso extremista y el irredentismo árabe.

La unánime decisión de los países de la Alianza Atlántica de unirse a Estados Unidos en la persecución y castigo de los culpables directos o por complicidad y tolerancia, puede llevar a la OTAN a implicarse en ciertos aspectos de la confusa lucha por formar coaliciones de poder. Ello es inevitable, y hace falta prepararse para asumir las consecuencias de lo que se dice defender.

La OTAN viene asomándose al escenario centroasiático desde hace algunos años. Lo ha hecho por invitación expresa de países vecinos de Afganistán, como son Turkmenistán, Uzbekistán y Kazakstán. El Consejo de Asociación Euroatlántica reúne a los países de la OTAN y muchos otros del este de Europa y Asia central, hasta un total de 44. Kazakstán hace no mucho tuvo interés en presentar unas maniobras conjuntas con las fuerzas de Estados Unidos como ejercicios de la OTAN, lo que no era el caso. Este acercamiento alarmó a un tiempo a China y a Rusia. Es muy probable que Rusia, que ha enfatizado públicamente su solidaridad con los Estados Unidos, esté más que deseosa de estimular el acercamiento de la OTAN en esta coyuntura, y favorezca una coalición “ad hoc” que golpee militarmente el poder talibán y el de los rebeldes chechenos. China, al contrario, hizo en su día agrios pronunciamientos contra las manifestaciones del interés de la OTAN por la región, y ahora ha menospreciado el ataque contra Estados Unidos, como queriendo quitar legitimidad a cualquier reacción dura que los americanos tengan. China, además, es poco menos que un aliado de Pakistán.

La India es una baza excelente para que Pakistán pague el costo de su protección al poder talibán y su tolerancia de Ben Laden. Irán, que lleva su juego turbio con todo lo que se relaciona con Oriente Medio, vería con satisfacción el castigo o la derrota de los talibanes. Iraq se frota las manos, mientras espera y alienta la explosión interna de Arabia Saudí por acción del extremismo fundamentalista.

La supuesta hegemonía mundial de los Estados Unidos, tan cacareada y denunciada por las fuerzas políticas que se autoproclaman “progresistas”, no existió más que en sus mentes, como se ha puesto en evidencia en esta crisis, en la que se manifiesta la urgencia de formar una coalición de poder inédita y de límites inciertos, laboriosa de construir, precaria en su estructura y transitoria en el tiempo. Como hicieron siempre la grandes potencias que en el mundo han sido y tratan de hacer las que quieren serlo.

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