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Pakistán y el vacío político en Kabul

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Puede que los talibanes fueran sólo tigres de papel. Para demostrar que no lo han sido y no lo son deberán ofrecer ahora una resistencia encarnizada y justificada militarmente en Kandahar o en cualquier otro bastión de su poder, o bien irse a los montes y esconderse en las legendarias cuevas que tanto han contribuido a presentarlos como una fuerza imbatible.

En cuanto a la posibilidad de concentrar sus fuerzas en determinados bastiones, parece la hipótesis menos probable. Mal dice de su capacidad militar la pérdida de Kabul, y con la pobreza de su planificación han sido incapaces de producir daños dignos de consideración a las columnas de la Alianza del Norte. En su retirada, los talibanes han dejado libre el territorio a la instalación de la fuerza aérea norteamericana en posiciones avanzadas, que permitirán el combate aire-tierra contra sus líneas. Por otra parte, su retirada de Mazar-i-Sharif se hizo en condiciones que pueden producir un duro golpe a su prestigio como aliados de la gran jihad islámica: las brigadas de voluntarios árabes fueron dejadas atrás, y exterminadas por los de la Alianza. Hay signos de que el fervor combativo de los voluntarios pastunes de Pakistán, deseosos de unirse a los talibán para luchar contra los infieles, se ha atemperado con las nuevas circunstancias, y muchos vuelven sobre sus pasos. Por otro lado, se informa de que los talibanes están retirando sus fuerzas de Kandahar.

Resta la hipótesis de la guerra de guerrillas. Algunos ven aquí la ocasión de que se reproduzca la experiencia de la guerra de Afganistán contra los soviéticos, que les obligó a retirarse con terribles pérdidas. Sin embargo, hay factores que la hacen irrepetible. Para empezar, se trataba de una guerra de liberación nacional contra un poder ocupante, respaldada por la mayor parte de la población. Pakistán constituía la base de operaciones de la guerrilla antisoviética; allí estaban su savia, el dinero, los suministros, los campos de entrenamiento; lo que es más, los servicios de inteligencia pakistaníes, y el apoyo político de los Estados Unidos. Hoy día, no hay una sola potencia, grande o mediana, que esté dispuesta a ayudar a los talibanes.

Se ha hablado de que impedir el flujo de suministros a los talibanes por las fronteras sería imposible, y que subidos en sus montes siempre podrían contar con la ayuda de los pastunes pakistaníes. Esto supone perder de vista algunas cosas: la tolerancia pakistaní al contrabando afgano, en detrimento de sus propios intereses fiscales, ya no se sostiene políticamente; al perder la mitad del territorio, los talibanes pierden una parte proporcional de los ingresos “atípicos” de los que vivían; habrá que evaluar también la pérdida proporcional del mercado de la droga. No hay ganancia política alguna para el gobierno de Pakistán en consentir un tráfico militar en favor de los talibanes.

Inquieta en Islamabad que los acontecimientos hayan ido demasiado rápido en el país vecino, y que los condicionantes políticos que había puesto (“no debe formarse un gobierno de la Alianza del Norte en Kabul”) pueden ser ignorados por los conquistadores de la capital. La lógica político-militar parece urgir a que Pakistán se una con armas a la coalición antitalibán, para llenar el vacío político que acaba de producirse en Kabul. Como es natural, estos razonamientos probablemente no tienen nada que ver con la lógica del interés nacional de Pakistán, que sin duda el presidente Musharraf sabrá interpretar mejor que nadie.

He consultado a mi colega Ardeshir Cowasjee, columnista del prestigioso diario Dawn, quien me ha dicho lo siguiente sobre el interés nacional de Pakistán: “Normalmente, cuando un lider pakistaní dice ‘hago esto por el interés de Pakistán’ lo hace sólo por su interés personal. Mush es diferente. Él sí considera el interés nacional… hasta ahora. Mush puede ser, sin embargo, un blanco. Le pueden matar de un tiro o de otra forma. Está tomando las decisiones correctas. Tiene la fuerza de sus convicciones. Mantengamos contacto”. Espero hacerlo tan pronto como Musharraf se pronuncie sobre lo que trataba de impedir —y puede suceder inminentemente—, y haga sentir el peso de Pakistán.

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