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Saliendo de Cisjordania y entrando en la OTAN

El ejército israelí, que Occidente necesita en orden de combate para hacer frente a eventuales intentos desestabilizadores de Irán y algunos países árabes de la región, ha estado demasiado tiempo embargado en batallas muy por debajo de su calidad.

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En el plazo de una semana, el gobierno israelí ha tomado dos iniciativas que definen con mayor precisión su política respecto de los palestinos. Esta política puede ayudar a que los intereses de seguridad de Occidente e Israel confluyan, al hallarse amenazados por igual por el extremismo rampante que recorre Oriente Medio.

Israel seguirá su política de separación territorial y abandono de la mayor parte de los territorios ocupados, según confirmó el primer ministro en funciones Ehud Olmert el pasado día 7. Olmert sugirió que Israel sólo conservaría en sus manos tres bloques de asentamientos en territorio cisjordano, donde viven unos 70.000 colonos.

Una semana antes, 1 de febrero, Olmert había mostrado la voluntad de seguir la política, iniciada en Gaza, de ir abandonando a los palestinos a su propia suerte. Un asentamiento llamado Amona, cerca de Ramala, expuesto a peligros y altamente provocativo contra los palestinos, fue desmantelado por la fuerza, siguiendo decisiones del Tribunal Supremo. La acción la ejecutó la policía, pero detrás estaba el ejército, y el responsable de la acción era el ministro de Defensa, Saul Mofaz. Su significado rebasa los aspectos puramente legales de la cuestión.

El ejército israelí, que Occidente necesita en orden de combate para hacer frente a eventuales intentos desestabilizadores de Irán y algunos países árabes de la región, ha estado demasiado tiempo embargado en batallas muy por debajo de su calidad, su moral y su preparación. La principal de ellas, el despliegue represivo de la población palestina, está justificado cuando se consagra a la prevención del terrorismo islamista y nacionalista, pero resulta totalmente contraproducente cuando se dedica a la protección de asentamientos legales o ilegales dentro de un territorio ocupado a los palestinos desde la guerra de los Seis Días, en 1967.

Y no es que Israel necesite para su moral el respaldo de, por ejemplo, la opinión de los gobiernos holandés o español, que se niegan a situar a sus fuerzas armadas en posición de combate donde se despliegan, sino que Israel necesita institucionalizar su alianza con Occidente, y esto es imposible mientras sus fuerzas armadas puedan ser presentadas como fuerza de ocupación pura y dura. Las provocaciones de los colonos obligaban al ejército israelí, debido a los equilibrios políticos internos, a una defensa injustificada de sus asentamientos. Y no sólo los nueve de Amona con residencia inmobiliaria, sino los 30 o 40 que allí la tenían móvil, o los del mercado palestino de Hebrón, o de tantos otros sitios, hasta 87 asentamientos ilegales, aparte de los legales, en territorio ocupado.

En el contexto estratégico altamente radicalizado en los últimos meses, las batallas del ejército israelí por el control de Gaza y Cisjordania tenían una significación táctica bastante relativa. De ahí la definición de las prioridades de seguridad, que llevaron a abandonar la primera y a construir un muro de separación con la segunda para su posterior abandono, y pasar a pensar en cosas mayores.

Entre estas cosas mayores está el intento israelí de vincularse institucionalmente con la OTAN. Israel utiliza el marco de la OTAN para abrir vías de cooperación con algunos países árabes en materias tales como catástrofes, rescate marítimo y otros, que son la antesala de la cooperación entre fuerzas armadas. Israel tiene mucho que ofrecer a la OTAN en materia de armamento y desea estrechar relaciones con la agencia de procuración, NAMSA. La OTAN necesita la inteligencia israelí en materia de terrorismo. Israel es clave para contener a Irán y Siria. Hay un movimiento de opinión en Occidente favorable al ingreso de Israel en la OTAN, cuyo portavoz eminente es José María Aznar.

En ese marco cabe entender el rápido desarrollo de las relaciones de seguridad entre España e Israel, iniciadas por el anterior gobierno español y ejemplificadas en la reciente visita del jefe del estado mayor de la defensa, teniente general Sanz Roldán, a Israel, que se corresponderá con una visita de su colega Dan Halutz a España.

Mucho dependerá del comportamiento de un Hamas vencedor, al que es muy posible que no le interese dejar que el ejército israelí se desentienda de los palestinos mediante su retirada de Cisjordania, y prefiera mantenerlo atado, mediante renovados actos de terrorismo, a tareas de seguridad interior que le restarían capacidad para los grandes desafíos del momento. Los mismos desafíos con que se enfrenta Occidente.

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