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Una o dos intifadas israelíes

Así que aquí nos encontramos con uno de los problemas más peliagudos del derecho internacional y de las relaciones interestatales: cómo trazar fronteras reconocidas, seguras y pacíficas. Pero en Israel la noción de frontera es abstracta, inmaterial.

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En el conflicto israelo-palestino las fuerzas opuestas a los compromisos están alzadas en armas, cada una a su manera, contra los compromisos pedidos por el presidente Bush en su reciente visita a Jerusalén y los territorios ocupados de Palestina, como requisitos para la paz. Esas fuerzas están demostrando ser muy fuertes en Israel.

En esta misma columna se analizaron hace pocos días los fundamentos jurídicos del extremado rigor militar de Israel contra la población de Gaza y los militantes que por ella pululan. En realidad se trataba de una justificación del uso de la fuerza, siempre, claro está, que estuviese controlada por las normas propias de los estados civilizados. La escalada de violencia en Gaza, de los últimos días, confirma la oportunidad de ese planteamiento: veinticinco cohetes Kassam fueron lanzados contra Israel en una jornada, a lo que siguió en la siguiente una acción militar israelí que produjo 18 bajas mortales a los palestinos de Hamás. Se unen, con otras, a los 370 palestinos muertos en Gaza en el 2007. Es claro que Hamás rechaza cualquier compromiso, a pesar de que en la retirada israelí del territorio, en el 2005, estaba implícito el armisticio.

En Israel, fuerzas que apoyaban hasta ahora al gobierno de Olmert y otras extra-parlamentarias han entrado en liza para torpedear el comienzo de las discusiones sobre cómo se puede atender la demanda de compromisos, de Bush. El ministro de Planificación Estratégica, Lieberman, no sólo dimitió sino que sacará a su partido de la coalición gobernante si se negocia la retirada de Israel a las fronteras de 1967. No porque se oponga a la solución dos pueblos/dos estados sino a que los árabe-israelíes (unos 600.000) sigan siendo ciudadanos de Israel. Lieberman quiere darles con territorio y todo a la entidad palestina, a cambio de los territorios de Palestina donde hay población mayoritaria de judíos. Léase asentamientos o colonias; legales o ilegales.

Lo de asentamientos legales debería ir entre comillas, porque la comunidad internacional no los reconoce y el derecho internacional no los admite, y solo existen porque los autorizó el gobierno israelí en su día. Hoy ocupan entre un 10 y un 20 por ciento (según quién opine) del espacio ocupado por Israel tras la guerra de 1967. Es decir, estas fuerzas políticas del hasta ahora gobierno más la oposición, el partido Likud, quieren salirse de todos y cada uno de los compromisos penosamente contraídos a lo largo de muchos años. Conferencia de Madrid, Oslo, Taba, “hoja de ruta”, etc.

Bush pidió una retirada de los asentamientos construidos por los israelíes desde el 2000 (que serían “ilegales) y de los llamados “outposts”, que podríamos llamar “campamentos”, pues son dos o tres caravanas, o chabolas, instalados de la noche a la mañana en cualquier propiedad de palestinos, que los colonos defienden con la connivencia de la policía y del ejército, instituciones en las que tienen aliados y simpatizantes. Son dos docenas, y cada uno de ellos equivale figurativamente a un cohete Kassam contra la población palestina ocupada. El tribunal supremo ha ordenado su desmantelamiento, pero el gobierno no ve el momento de ejecutar las sentencias. En realidad, no lo podrá hacer sin ahondar su propia debilidad, pues los colonos clandestinos son violentos cuando llega el momento, y tienen a los medios audiovisuales a su favor. Su slogan es: “Los judíos tienen derecho a vivir en Judea y Samaria, el Eretz Israel de los patriarcas”.

Así que aquí nos encontramos con uno de los problemas más peliagudos del derecho internacional y de las relaciones interestatales: cómo trazar fronteras reconocidas, seguras y pacíficas. Pero en Israel la noción de frontera es abstracta, inmaterial. Muchos, si no la mayoría, piensan en términos de “límites” y “confines”.

En límites piensan los que quieren dar por consolidadas las tomas de posesión de territorios donde los colonos se han asentado autorizadamente, a los que correspondería el derecho a un crecimiento territorial natural, por la demografía y las necesidades urbanas. Los límites de Israel llegan hasta donde los israelíes se han asentado o puedan asentarse legalmente (repito, legalidad interior, ilegalidad internacional).

En confines piensan, y luchan, los que creen que la tierra del Israel histórico (o lo que ellos llaman así) debe pertenecer a la patria de los judíos de hoy. Ni que decir tiene que sus miras están puestas en el río Jordán y en Jerusalén. Por lo menos.

Para hacer más ardua todavía la posibilidad de un compromiso está la teoría (y la práctica) de que la judeidad extranjera también tiene derechos sobre el Israel de hoy día, y en cualquier momento pueden reclamar el de retorno, por lo que hay que asegurarles un espacio vital.

Como se ve, si hay materia para una tercera o una cuarta Intifadas palestinas, también hay materia de sobra para una o dos Intifadas israelíes.

Pero recordemos, entrar en compromisos es saber ceder para poder ganar.

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