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El efecto Aznar

De sobra sabía él que vencer no es convencer, y por eso todo lo dicho en sus once horas de estar al palo no fue más que una glosa de aquellos versos de Antonio Machado que dicen: ¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla./ La tuya, guárdatela

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La actuación del ex presidente Aznar ante la Comisión del 11 de marzo tuvo de momento la virtud de disipar muchos complejos de la derecha vergonzante y de infundirle un ánimo más viril. Tanto es así, que las demás fuerzas parlamentarias empezarían a hablar con alarma del “efecto Aznar”. Los españoles que tuvimos la curiosidad de asomarnos a la televisión pudimos comprobar que el compareciente no perdió los papeles ni los nervios a lo largo de más de once horas de un implacable interrogatorio. En ese interrogatorio no dijo nada que no fuera ya del dominio público. Si alguno de los inquisidores o inquisidoras le inspiraba desprecio o le producía alergia, lo supo disimular muy bien, y su línea argumental fue la de recordar datos que todo el mundo conoce y pedir a los inquisidores que investigasen a partir de ellos si es que, en efecto, la finalidad de la Comisión era la de esclarecer los hechos. Al concluir la ordalía, varios de sus adversarios se acercaron a saludarlo y, posiblemente, a felicitarlo. No creo en cambio, que la cortesía llegara al extremo de darle la razón. De sobra sabía él que vencer no es convencer, y por eso todo lo dicho en sus once horas de estar al palo no fue más que una glosa de aquellos versos de Antonio Machado que dicen: ¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla./ La tuya, guárdatela.

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