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El patriotismo y su caricatura

Si algo bueno tiene nuestra época, es la caída de las máscaras. Yo comprendo las dificultades dialécticas de tener que rendirse a la evidencia y verse obligado a tener ahora por enemigos peligrosos a los entrañables amigos de ayer

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Parece ser que la cuestión vasca ha llegado a unos extremos que no deja a nadie indiferente, ni siquiera a los que dicen haberse pasado media vida en un armario. Uno de éstos, después de arremeter con vehemencia contra el nacionalismo, exhuma un texto juvenil lamentable de un llorado poeta que mereció tener una suerte mejor de la que tuvo y sigue teniendo. Un mínimo de buen gusto y el respeto que me merece la memoria de ese poeta me vedan reproducir ese texto que sin duda su propio autor habría destruido si hubiera sobrevivido a su trágico destino. No sé si es más repugnante el texto en sí o la utilización que de él se hace con el fin de equiparar nacionalismo y patriotismo, es decir, lo que divide y lo que une a los hijos de una patria común.
 
Si algo bueno tiene nuestra época, es la caída de las máscaras. Yo comprendo las dificultades dialécticas de tener que rendirse a la evidencia y verse obligado a tener ahora por enemigos peligrosos a los entrañables amigos de ayer. Y también comprendo que quien por algún motivo insondable haya perdido la fe, la esperanza y la caridad, no vea con buenos ojos la religión, la patria o la familia. Hay una Antiespaña que se resiste a dejar de serlo porque sigue siendo antihistórica y antiheroica y, si se opone al separatismo, esa caricatura del patriotismo, es porque cree ver en él, en su voluntad de fragmentación y enfrentamiento, una pasión y un fervor que sus antepasados aplicaron a construir y engrandecer la patria de todos.

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