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Golpe de Estado permanente

esas decisiones con las que cada día el potpourri gubernamental sobresalta a la nación corresponden más bien, no ya a una “revolución desde arriba”, sino a un golpe de Estado por etapas, a un golpe de Estado permanente

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Todo bando o facción que no está seguro de su legitimidad de origen procura justificarse en el Poder mediante la legitimidad de ejercicio. Tal ocurrió con los partidarios de Isabel la Católica y con el régimen salido del 18 de julio. Eso explica el talante “revolucionario” –Castro dixit– de la olla podrida salida de las urnas ensangrentadas de los idus de marzo de 2004. Sin embargo, como ya no hay país que reunir ni pantanos que construir ni puestos de trabajo que crear, la susodicha olla podrida procura afianzarse en el Poder con decisiones “revolucionarias” que retrotraigan al país a fechas anteriores, no ya a la toma de Granada, sino a las Navas de Tolosa cuando menos. Tal vez no sea muy adecuado hablar de decisiones “revolucionarias”, máxime en una época en que la “revolución” ha perdido su juvenil atractivo, por lo que esas decisiones con las que cada día el potpourri gubernamental sobresalta a la nación corresponden más bien, no ya a una “revolución desde arriba”, sino a un golpe de Estado por etapas, a un golpe de Estado permanente. Llamamos golpe de Estado al atropello del ordenamiento constitucional, al incumplimiento de las leyes fundamentales. El fin último del potpourri gubernamental es, hablando por elevación, deshacer la obra de los Reyes Católicos, y para conseguirlo no se va a parar en barras legales, como se está viendo con el Poder Judicial y como se va a ver, si Dios no lo remedia, con la propia Constitución.

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