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Mauthausen

Es un hecho que, al ser liberado el campo, aparecieron allá muchos españoles, muchos de ellos sefarditas de Salónica, “españoles nuevos”, valga la expresión, que por desconfiar de Franco cayeron en manos de los alemanes

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En la campaña de que me hicieron objeto los medios de confusión de “este país” con motivo de la publicación por la Universidad de Sevilla de mi libro Crónicas extravagantes, la junta directiva de “Amical Mauthausen” me acusó de ser un “energúmeno al servicio de los neonazis”. Lo primero que pensé fue dar gracias a Dios porque quienes me acusaban hubieran ido a parar a Mauthausen y no a Auschwitz por ejemplo, pues en tal caso no habrían vivido para contarlo ni, con el tiempo, para ponerme un sambenito gratuito. Es un hecho que, al ser liberado el campo, aparecieron allá muchos españoles, muchos de ellos sefarditas de Salónica, “españoles nuevos”, valga la expresión, que por desconfiar de Franco cayeron en manos de los alemanes. El que por lo visto no apareció entre tanto judío y tanto rojo español fue un avispado señor que con el tiempo llegaría a presidir y no sé si a fundar incluso la susodicha “Amical”. Cierto que fue a Alemania, pero como trabajador voluntario, y cierto que fue allá a la cárcel por poco tiempo, a lo mejor por algo tan inocente como robar gallinas. Si es que este señor estaba detrás de mi “linchamiento mediático”, no me extraña que lo moviera el mismo exceso de celo que lo impulsó a inventarse una autobiografía tan burda que acabaría por infundir sospechas al historiador que le obligó a confesar su engaño.

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