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Memoria senil

Insisto en que vivimos en una fase senil de la civilización, pues del mismo modo que el anciano recuerda con todo pormenor nimiedades de su niñez y en cambio no se acuerda de dónde se dejó olvidadas las gafas

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Los que se resisten a digerir la derrota de sus abuelos en la guerra civil y procuran por todos los medios, tanto políticos como periodísticos, para reabrir sus heridas y desenterrar, en el mejor de los casos, la mitad de sus víctimas, acusan a los nietos de los vencedores de no haber digerido una derrota electoral que costó cerca de doscientos muertos y de “mirar hacia atrás con ira” a la matanza de Atocha de 2004. El hecho inmediato es que los que tanto empeño tenían en saber, ahora no quieren enterarse ni que se apuren responsabilidades cuando no pasa un día sin una averiguación sorprendente. Hace años, en un artículo en el que trataba de explicarme los sucesos de 1968 en París, de cuyo génesis intelectual estaba más o menos al corriente por razones de oficio, un médico madrileño, progresista represaliado y republicano nostálgico, me decía airado que aquello no había sido más que una espontánea explosión juvenil.
 
Insisto en que vivimos en una fase senil de la civilización, pues del mismo modo que el anciano recuerda con todo pormenor nimiedades de su niñez y en cambio no se acuerda de dónde se dejó olvidadas las gafas, nosotros nos dedicamos a desenterrar cadáveres que datan de tres cuartos de siglo y a echar tierra sobre los del aun reciente 11 de marzo.

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