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Olímpica derrota

No quisiera yo ahora por tanto perder la ocasión que se me presenta de hacer mi brindis al sol y alegrarme como un vulgar progresista de los males de la patria, reducidos en este caso a lo deportivo.

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La delegación española, integrada por la cúpula del Estado y coronada por la del Reino, regresa de Singapur con el rabo entre piernas y la senyera por corbata. Sus miembros acogen la decisión adversa del Comité Olímpico como los políticos un resultado electoral en el que todos se dan por ganadores. Ya dijo el barón de Coubertin que lo importante no es ganar, sino participar. En estos días conmemoraba Inglaterra el segundo centenario de la batalla de Trafalgar, una de las “gloriosas derrotas” de nuestra Marina aliada a la francesa, que participó en esa conmemoración pese a que fue tan derrotada como la nuestra. También los franceses deben de felicitarse por lo mismo que nosotros: por el “triunfo moral” de su candidatura olímpica, consuelo que ni a ellos ni a nosotros van a regatear los que en la era contemporánea se alzan indefectiblemente con el triunfo real, que son los anglosajones de una u otra orilla del Atlántico.
 
Más de uno de nuestra delegación habrá dicho que no fue a Singapur a luchar contra los elementos, aunque sólo sea porque nuestros vencedores hayan sido los mismos de La Invencible. El triunfalismo de nuestra aparatosa delegación era contagioso pero, bien mirado, poco sostenible. ¿Cómo se podía tomar en serio la candidatura para una Olimpiada de la capital de un país en cuyas faraónicas instalaciones olímpicas el separatismo había hecho con total impunidad dos recientes demostraciones de fuerza, cuyos reyezuelos de taifas torpedeaban la propia candidatura y que, de seguir las cosas por el camino que van, es dudoso que siquiera exista ni como reino ni como nación en el año 2012?
 
No sé si del extranjero se percibe la situación de España como la percibimos algunos desde dentro. Unos gobernantes que llegan al poder a raíz de un estrago del que prefieren olvidarse, que desentierran y movilizan a los muertos de una remota guerra civil y que infligen una agresión que raya en lo obsceno a la familia, esa institución en la que Cicerón veía “el principio de la ciudad y el semillero de la cosa pública”, son cosas que llevan a la conclusión de que nunca cayó tan bajo la nación española en toda su historia trimilenaria.
 
Una indecencia más sería valerse del deporte para encubrir y hacerse perdonar ese estado de cosas, y en este sentido ni que decir tiene que me alegro infinito del fracaso de la candidatura madrileña. Aún está fresca en la memoria la cobertura de la manifestación madrileña de apoyo a la candidatura olímpica, con danza del vientre ante las gafas del alcalde, en vivo contraste con el silencio de la manifestación de la víspera de las Víctimas del Terrorismo. ¿Ha pensado alguien en lo que habría podido ser la explotación política del éxito diplomático en Singapur, después de los fracasos de Washington, Roma, Bruselas, Vitoria, Barcelona, Perpiñán, Rabat y pare usted de contar?
 
En los tiempos que corren está muy bien visto y es “políticamente correcto” ser antipatriota. Ya en torno a la guerra civil, el maestro Juan de Mairena decía que no es lo mismo ser un buen patriota que un buen español. Mi mala fama está en que nunca supe separar ambos conceptos. No quisiera yo ahora por tanto perder la ocasión que se me presenta de hacer mi brindis al sol y alegrarme como un vulgar progresista de los males de la patria, reducidos en este caso a lo deportivo. Al fin y al cabo no hay mal que por bien no venga.

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