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La belleza y el Partido Comunista

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Cosa tremenda, las mujeres chinas ya no son tachadas de contrarrevolucionarias por recurrir al maquillaje y hasta pueden concursar en los certámenes de Miss Mundo. No obstante, Pekín ha calificado recientemente de significativo avance nacional la introducción de “salas móviles” para la ejecución de disidentes, modus operandi sumamente práctico y “muy barato”. A medida que las ciudadanas pekinesas descubren las pasarelas de moda, florecientes en muchos establecimientos comerciales, el Gobierno de Hu Jintao clausura templos y otros lugares de culto como parte de su campaña de represión y hostigamiento contra los cristianos no adscritos a la Iglesia Patriótica, un apéndice más del Partido Único. En momentos en que las publicaciones de corte occidental, anunciantes de productos de belleza y otros bienes de consumo proliferan, los comunistas continúan fusilando infelices por hurtar gasolina estatal –el Estado es el único expendedor de combustible en la China continental.
 
Mientras las finalistas de la última edición de Miss Mundo se toman fotos en la Gran Muralla y la Ciudad Prohibida, la cúpula gubernamental engrasa su maquinaria injerencista. Aunque el Régimen Especial en que Gran Bretaña entregó Hong Kong debería garantizar durante 50 años el estado de derecho en el enclave, China fuerza entre bambalinas la reforma del artículo 23 de la llamada Ley de Seguridad Nacional, que legalizaría el acoso y derribo de sus opositores (el partido del gobernante Tung Chee-hwa, a las órdenes de Pekín, sufrió una fulminante derrota en las rudimentarias elecciones –no se elige al Ejecutivo– del pasado domingo). Cuando el próximo 6 de diciembre tenga lugar en Sanya, paraíso turístico del postmaoísmo, el concurso de las reinas de la belleza, decenas de ciudadanos habrán engrosado la lista de torturados y ejecutados por el régimen en las regiones de Xinjiang y el Tíbet, pero también a todo lo largo y ancho de la considerable geografía china. Como señala Amnistía Internacional, el gigante asiático cuenta en su haber con un dato relevador: es responsable del 80 por ciento de las ejecuciones verificadas a escala mundial.
 
Según la web del Diario del Pueblo, órgano oficial del Partido Comunista Chino, “bajo la nueva economía de mercado los desfiles (de moda) se convierten en un medio, y la economía de la belleza está prosperando”. Lastimosamente, no prosperan por igual los eventos que, según los teóricos del intercambio persuasivo, sobrevendrían una vez el totalitarismo hubiese sido penetrado por el empresariado occidental y la ley de la oferta y la demanda: la democracia, el pluralismo, el respeto a los derechos humanos. En su lugar, tienen patente de corso la tortura y el asesinato políticos, la represión, la esclavitud de millones de obreros y campesinos obligados a producir en condiciones infrahumanas para garantizar la opulencia de la clase dirigente, mantenerla al timón y propiciar el salto al desarrollo de un país que, de haberse desembarazado a tiempo del lastre del comunismo, pertenecería ya al Primer Mundo.
 
En China, décadas de inversión extranjera, libre flujo comercial y capitalismo de Estado no han amortiguado –sino todo lo contrario– la naturaleza represiva, excluyente, del régimen en el poder. Mucho menos lo lograrán las 110 supermodelos que por estos días colocan a la nación asiática en la mira de la prensa rosa: los más de 300 misiles nucleares con que Pekín chantajea a Taiwán corroboran, entre otras muchas ratificaciones, que la belleza va por dentro.
 

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