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El fantasma de la Guerra Civil

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España, en 1936, dictó una sangrienta lección a la civilización occidental. Nadie lo ha agradecido. El odio, la intolerancia y los intereses irreconciliables de dos ideologías –comunismo y fascismo– condenaron a muerte a muchos españoles. La guerra civil española se sigue estudiando en todas sus horribles dimensiones. Pese al millón de muertos que la contienda ocasionó, aún se pasea por muchos pueblos, entre ellos Venezuela, el fantasma de aquella guerra.

El escenario de Caracas es muy parecido al de Madrid. Hasta una de las consignas políticas de la oposición venezolana, “NI UN PASO ATRÁS”, nos recuerda el inmortal grito madrileño de “¡NO PASARAN!”

Los factores básicos de esa contienda que conmovió al mundo fueron el odio de clases, la miseria, los intereses de quienes no querían reconocer que el mundo estaba cambiando, la división de la Iglesia, el deseo de revancha por la envidia almacenada por ver en el otro lo que tu no tienes, la ambición de quienes no estaban preparados para cumplir papeles estelares en la historia y se lanzaron a la aventura de la toma del poder atropellando a la inteligencia y a los más capaces. Recuerden el “¡MUERA LA INTELIGENCIA, VIVA LA MUERTE!”, que lanzó el General Millán Astray en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca.

En Caracas, la Biblioteca Nacional, muchos museos y otras entidades culturales están cerrando por falta de fondos. Chávez quiere matar la inteligencia y la cultura, mientras siembra la desconfianza con toda premeditación como arma muy especial para desintegrar al país.

La licencia para matar que ha extendido el aparato gubernamental para aplastar por la violencia a los adversarios políticos nos recuerda la de la noche negra española. En España, civiles armados asaltaban y vejaban; en Venezuela, los llamados Círculos Bolivarianos, con hombres y mujeres armados hasta los dientes, son los elementos de guerra sofisticados y siembran el pánico, mientras el gobierno prohíbe a la policía de Caracas intervenir para impedir las acciones vandálicas de los asaltantes y hampones pagados por el propio gobierno para amedrentar a los manifestantes antichavistas que no portan armas y se lanzan a la calle pacíficamente, como se hace en toda sociedad democrática.

El caso de la Policía Metropolitana en Caracas es similar a lo que ocurrió en España con la Guardia Civil. Igual que en la España de 1936, y en el Chile de Allende, el “lumpen” establece “alcábalas” para bloquear la circulación de los manifestantes, además dispara y agrede a todo aquel que grita “abajo Chávez”.

La Constitución venezolana prohíbe las armas de guerra en manos de sectores civiles. Sólo la Fuerza Armada (ejército, marina, aviación y guardia nacional) pueden disponer de equipos militares. Pero Chávez, en su afán de contar con un respaldo al margen del ejército ha armado a los sectores más descalificados de la población civil, con la esperanza de reemplazar a los militares por la canalla de la sociedad venezolana. Chávez es el mandatario que paga a delincuentes para que la sociedad civil no pueda tomar las calles.

Los artículos fundamentales de la Carta Democrática de la OEA han sido violados, sin embargo el gobierno venezolano, después de masacrar a manifestantes desarmados, como lo hizo el 11 de abril, habla de “diálogo” para engañar a la opinión pública internacional.

La democracia internacional le dio la espalda a España, alegando que eso era “un problema español”. Hay, además, otros dos componentes peligrosos que se vieron en España y ahora en Venezuela:

1. Los partidos están tan convencidos de la verdad de su política que prefieren la derrota antes que ceder en sus ideas particulares.

2. Existen hoy dos Venezuelas que no pueden comprenderse. Lo único que falta para encender la hoguera venezolana es que haya un muerto muy importante como ocurrió con Calvo Sotelo en España.

La OEA y la ONU cargarán con el peso de la responsabilidad por darle la espalda a los venezolanos de manera parecida como Europa le dio la espalda a España durante la guerra civil.

Armando Frontado es analista político venezolano.

© AIPE

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