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El rey de los tuertos

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La picardía española divulgó por el mundo un concepto que aún está vigente: “en el país de los ciegos, el tuerto es rey”. En efecto, a menudo en América Latina encontramos “reyes tuertos”, pues los mediocres, por su inclinación a la adulación, desplazan a los más eficientes en el manejo de la cosa pública. Por eso también hemos sufrido tremendas dictaduras subdesarrolladas.

Las dictaduras de las repúblicas bananeras avanzan con alpargatas y franelas. A lo contrario de las dictaduras europeas que buscaban afinidad con los mejores, las latinoamericanas siempre llaman a los peores.

El dictador latinoamericano busca a gente de poca preparación para su entorno inmediato porque no quiere que nadie brille y le pueda hacer sombra. Un buen ejemplo es la Venezuela de hoy. La patria de Bolívar se ha convertido en el estado del rey tuerto, donde los mediocres y los que jamás se han destacado en nada son los llamados a colaborar.

En estos días se registró un caso que impresionó al mundo cultural latinoamericano. Tiene que ver con Sofía Imbert, la viuda de Carlos Rangel y recientemente distinguida con la Legión de Honor francesa, quien fue la fundadora en Caracas del Museo de Arte Contemporáneo que lleva su nombre. Chávez, al anunciar su “revolución cultural bolivariana”, lo primero que hizo fue destituir a la señora Sofía Imbert.

La intelectualidad venezolana está crecientemente divorciada del régimen chavista. La primera condición impuesta por el comandante Chávez a todos los que trabajan en su gobierno, desde el ministro hasta el portero, es que nunca se le puede contradecir en nada. Quien no cumple tal precepto es destituido sin aviso ni consideración. El vicepresidente, por ejemplo, no sabía que había sido sustituido.

A un connotado historiador venezolano, Elias Pinto Iturrieta, el presidente Chávez le dijo en cadena nacional de televisión que “es un analfabeto”. Al editor de El Universal, el principal diario del país, lo llamó Tarzán porque creció y se educó en el exterior, no siendo su enunciación en español perfecta, lo cual condujo al presidente a pensar que “no es venezolano”.

El escritor Francisco Izquierdo mantiene que eso de revolución bolivariana es un error de imprenta porque la de Chávez es más bien una revolución “boviana”, refiriéndose al militar español José Tomás Boves, cuya consigna era acabar con los mantuanos (oligarcas) de Caracas --cuya figura principal era Simón Bolívar-- y con todos los que supieran leer y escribir, lo cual para Boves significaba más o menos lo mismo que ser oligarca.

El evangelio de Chávez se basa en dividir y fomentar odios. Quiere crear dos naciones, la de los ricos y la de los pobres. Como bien lo apunta el periodista colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, quien por años vivió en Caracas y dirigió una importante revista venezolana, “gobierno rico y país pobre: el viejo mal venezolano se ha agudizado con Chávez”. Y en el manejo de la riqueza del país, Chávez tampoco quiere ninguna competencia.

Chávez no concibe y tampoco entiende una expresión como la del presidente George W. Bush en su toma de posesión: “trabajaré para crear una sola nación con justicia y oportunidad para todos”.

Por el contrario, el presidente venezolano insiste en dividir su nación en dos: una Venezuela que quiere terminar de destruir porque él la ve con profundo rencor y la Venezuela iletrada, inculta y salvaje, donde él se siente a gusto. Obviamente se trata de un experimento sin futuro.

© AIPE

El venezolano Armando Frontado es analista político.

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