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Toledo, un problema para Chávez

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El pueblo peruano, al elegir presidente Alejandro Toledo, cambió la situación política de Hugo Chávez en Venezuela. La elección de Toledo es para Chávez lo que la base americana en Guantánamo es para Fidel Castro: una piedra en el zapato.

El comandante venezolano sueña con resucitar la Gran Colombia; esa es la causa de sus contactos con la guerrilla colombiana y los apoyos económicos a grupos indígenas de Ecuador y Bolivia.

La ayuda prestada por Fujimori y Montesinos a los golpistas venezolanos convertía al Perú en un aliado más dentro de los enredados planes bolivarianos de Chávez.

El sueño del autócrata era valerse del petróleo venezolano para manejar posiciones políticas internas en Panamá, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, convirtiéndose así en el caudillo de los países bolivarianos.

Cuando Chávez bautiza al país con el nombre de República Bolivariana de Venezuela es porque quiere una integración total de corte fascista con el resto de los países bolivarianos.

El comandante estaba seguro de que ningún otro líder en el área bolivariana le podía hacer sombra, pero se le cruzó Toledo en el camino. El discurso del presidente Toledo al tomar posesión del gobierno no le gustó a Chávez, pues la integración anunciada por Toledo no es la que Chávez busca.

Hugo Chávez quiere formar una plataforma antinorteamericana en América Latina. La estrategia continental de Chávez tiene ahora que ser modificada. Si Toledo cumple lo ofrecido –trabajar para los pobres– y el presidente mexicano Vicente Fox realiza la revolución gerencial que esperamos, los pueblos latinoamericanos abrirán los ojos.

Los ejemplos del Perú y México pueden enseñar a los desprotegidos que las “revoluciones” a lo Chávez, Velasco Alvarado, Perón y Omar Torrijos resultan siempre en el camino más corto para convertir a sus naciones en paraísos de la corrupción, pero nunca tales movimientos epilépticos garantizan el progreso y el bienestar de los pueblos.

Venezuela se está desangrando. No sólo los jóvenes competentes emigran sino que decenas de millones de dólares huyen del país cada mes. Chávez acusa al capitalismo de un plan desestabilizador similar, según dice, “al que la oligarquía le aplicó al presidente Allende”. En su más reciente alocución a la nación dijo que la propiedad privada no es sagrada, sólo los intereses del pueblo lo son. Y, por supuesto, sólo él sabe cuáles son esos intereses. Chávez sigue sin entender que el capital es miedoso y siempre busca seguridad.

Nadie invierte donde no hay claras normas de entendimiento, donde las reglas del juego van de un lado a otro como una pelota de ping-pong, por lo que no sorprende el terror que todo esto causa entre los inversionistas nacionales y extranjeros. A menos que se cuente con un padrino en el palacio de gobierno, muy pocos invierten hoy dinero fresco en Venezuela y, por lo tanto, no se crean puestos de trabajo productivos, sólo aquellos improductivos en los ministerios y empresas estatales. Venezuela y Perú avanzan por caminos opuestos.


© AIPE

Armando Frontado es venezolano y analista político.

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