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Cardenal de ausencias

Cierto es que buena parte de esta financiación revierte a las gentes más débiles y desfavorecidas pero no debe ser a costa de mendigar periódicamente al Estado con riesgo de perder la capacidad de llamar al pan, pan y al vino, vino.

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En la conferencia del Cardenal Rouco, dictada la pasada semana en el Foro Nueva Economía, brillaron más las ausencias que los contenidos. Y lo afirmo desde el respeto que me inspira como católico y consciente de cumplir un deber moral. Prefiero una crítica que quiere ser constructiva al aplauso incondicional que le dedicó el abundante coro de clergyman con alzacuellos. Si me hace el honor de leerme pudiera animarle a situar los pies en el suelo.

Su conferencia pasó prácticamente desapercibida en prensa y televisión. Quizá porque el contenido, un tanto gris, no se correspondía con la expectación despertada a unos sesenta periodistas que ocupaban parte destacada del Salón Real del Ritz. La ausencia de mensajes esenciales motivó la pregunta al Cardenal de si la comparecencia pertenecía a una campaña electoral a la presidencia de la episcopal española. La respuesta, aunque acertada, fue de Capilla Sixtina y "fumata blanca": "A ese cargo no se accede por medio de campañas electorales. Si Dios nos lo pide por medio de nuestros hermanos, aceptamos por responsabilidad".

Se hizo notar la ausencia de la gente del Gobierno y del PSOE, con la excepción de Enrique Múgica, el Defensor del Pueblo. Tanto que provocó otra pregunta contestada con diplomacia: "No tienen obligación de venir. En otras ocasiones, tampoco estuvieron. No soy tan importante". Del PP asistió una tercera línea; si cabe calificar así al presidente honorífico Manuel Fraga, al secretario de Economía Arias Cañete y a la concejala de Madrid Ana Botella. Lo que más llamó la atención fue la representación en bloque de CEOE con el nuevo presidente Gerardo Díaz, su sombra Gonzalo Pascual y el que fuera sempiterno secretario general, ahora ascendido a vicepresidente, Juan Jiménez Aguilar.

Tras una larga exposición introductoria sobre la historia de las relaciones Iglesia-Estado en España, entró en materia con ausencias también de contenido. Tanto más significativas cuanto los obispos disponen desde el 23 de noviembre de 2006 de una excelente y exhaustiva Instrucción pastoral sobre Orientaciones morales ante la situación actual de España.

Y aunque Rouco hizo alguna referencia a la pastoral no fue con la profundidad que merece documento tan esencial –permítaseme el tópico por apropiado– que marca "el antes y el después de la moral en política" e incluso en la vida pública y privada. Confío que el pasarla de soslayo sea un caso aislado, aunque no deja de sorprender a los fieles su escasa, por no decir nula, divulgación desde los púlpitos. ¿Tendrá algo que ver con la indignación que provocó a finales de año entre las filas socialistas y que motivó el manifiesto titulado Constitución, laicidad y Educación para la Ciudadanía, tan fuera del tiesto que fue desautorizado por la vicepresidenta De la Vega?

El Cardenal Rouco perdió la gran oportunidad de centrar su conferencia en aspectos esenciales de dicha pastoral que, aunque valora la democracia, considera que el ser humano está por delante. Pudo recordar el pasaje que dice "el poder político sin principios morales es la antesala del totalitarismo". Pero prefirió ser "maestro en el regate corto", como le calificó un medio por su habilidad en los enfoques.

Trató en cambio sobre las relaciones Iglesia-Estado haciendo énfasis en la educación religiosa y en la financiación de la Iglesia. Es comprensible su preocupación por las finanzas vistos los extensos campos sociales y caritativos que atiende. Cierto es que buena parte de esta financiación revierte a las gentes más débiles y desfavorecidas pero no debe ser a costa de mendigar periódicamente al Estado con riesgo de perder la capacidad de llamar al pan, pan y al vino, vino.

La pastoral, en mi opinión, no ha sido tampoco aprovechada por sus destinatarios principales. No trata de hacer política sino de orientar a los políticos hacia los principios morales. Ni ha sido utilizada como referencia por analistas y comentaristas entre los que me incluyo. Da la sensación de que la Iglesia no se ha esforzado lo bastante en divulgarla como merece. Ni en los medios ni en los púlpitos con ocasión de las celebraciones religiosas, una tribuna formidable y obligada.

No escuché en la conferencia del Cardenal una referencia al tratamiento que la pastoral concede –como bien moral– a la unidad de España. Y eso que estamos en tiempos de ruptura y posible objeto de trueque en el malhadado proceso de paz, o más exactamente de rendición. "Las pretensiones nacionalistas independentistas –dicen los obispos– no están hoy moralmente justificadas en el caso de España".

Y para remate la respuesta del Cardenal en el coloquio final a la pregunta de por qué los jóvenes no van a la Iglesia. "Niego la mayor. Van más que hace 30 años". ¿En que se basa para afirmarlo? Quién le informa no conoce ni testa la realidad. Los jóvenes están clamorosamente ausentes. Bastaría para atraerlos flexilibilizar el sexto mandamiento y no discriminar a los divorciados que intentan solucionar su soledad. Son desgraciadamente una legión en aumento geométrico. Sin los jóvenes no hay futuro.

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