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España se rompe

“Los nacionalistas catalanes quieren Valencia, los vascos Navarra, los gallegos algo de Asturias y León. ¡Si todos hacen lo mismo, no va a haber España para todos!” ¿No terminaremos enfrentándonos como malicia el citado periodista gallego?

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"Es una pena que España vaya a romperse". Le oyeron decir hace unos quince días al presidente chino Hu Jintao un alto cargo español y el diplomático acreditado en Pekín que le acompañaba. La noticia, recogida en el confidencial “Conficrítico”, equivale a una radiografía de la grave dolencia que detectó en su reciente viaje a nuestro país.

Poco alentadora para las empresas españolas que a falta de mejores horizontes hacen sus maletas para la aventura china. En el “vaya a romperse” late sin embargo la esperanza de todo subjuntivo, modo verbal que indica duda o deseo. Descartado que el preboste chino nos desee males, su opinión se residencia en el terreno de la duda o incertidumbre que los españoles debemos eliminar a la carrera.

Y eso que Hu Jintao al expresarse no estaba al tanto de las últimas especulaciones sobre el proyecto de Estatuto gallego anunciado por el BNG, el “bloque” nacionalista” que plagia el texto del cuatripartito catalán. Y para mayor similitud cuenta también con apoyo del PSOE regional y aliento del presidente Rodríguez. El texto ha sido calificado de “esperpento”, correcta valoración ya que según la Real Academia de la Lengua, española por supuesto –esperpento es “obra literaria– es decir “escrita” como el tal estatuto sin prejuzgar su calidad, que deforma sistemáticamente la realidad recargando sus rasgos grotescos y absurdos”. En otro ajustado manejo del léxico, Vázquez, el alcalde de La Coruña y buen socialista, añade la calificación de “exabrupto” es decir “salida de tono, inconveniente e inesperada”; posiblemente por considerar, junto con otros diez millones de españoles, que el cambio del modelo de nuestra Nación se está guisando por sorpresa y en la sombra al estilo de las peores conspiraciones. Y ni les cuento lo que van diciendo por ahí Alfonso Guerra, Jáuregui, Escuredo y otros socialistas políticamente honestos. ¿Por qué no se amotinan antes de que sea tarde?

Dos de las paridas estatutarias del bloque –expresión de densidad más que de cantidad– han irritado a tirios y troyanos en especial a las autonomías colindantes. La primera impone la cooficialidad del lenguaje gallego en las zonas limítrofes donde se use habitualmente aunque sea en alguna de sus variantes. La segunda plantea que algunos municipios de esas comarcas puedan integrarse en la comunidad autónoma de Galicia si lo quieren sus habitantes. “No es, por supuesto, una propuesta anexionista, imperialista o militarista, –se apresuraba alguien a escribir en un diario de La Coruña– pero en algunos casos ha sido exageradamente interpretada, como si un hipotético ejército galaico fuera a cruzar las fronteras de un momento a otro”. Tamaña remisión a lo castrense es como mentar la soga en casa del ahorcado o en trance de serlo. ¡Cuantos habrán recordado al leerlo la obligación que impone al ejército español el artículo octavo de la Constitución!

Los del BNG patentizan con sus pretensiones un pavoroso desconocimiento de la historia. La que cuenta por ejemplo como Galicia fue incorporada –o anexionada– al reino de León pasando a englobarse en Castilla en 1037, cuando Fernando I venció en Támara. Por algo interesa eliminar la historia de los planes de estudio. Los “bloquistas” sacan, bajo la puerta estatutaria, la patita de sus aficiones totalitarias y expansionistas. El idioma –entonces el alemán– fue el pretexto hitleriano para obligar a Checoslovaquia en 1938 a ceder la región de los Sudetes y para someterla al año siguiente.

¿Qué dirían los mentados si actuando a la recíproca la actual Castilla y León imitara a Fernando I expandiéndose por Galicia invocando derechos históricos? Pues, otro esperpento. ¿O si por razón de idioma y antecedentes se extendiera hacia el sur aceptando incorporarse a Madrid como hubo quien sugirió al elaborar la Constitución de 1978?

La situación que asombra a Hu Jintao la describe el diálogo de los dos personajes clásicos del humorista gráfico Ramón que mirando a nuestro mapa dicen: “Los nacionalistas catalanes quieren Valencia, los vascos Navarra, los gallegos algo de Asturias y León. ¡Si todos hacen lo mismo, no va a haber España para todos!” ¿No terminaremos enfrentándonos como malicia el citado periodista gallego?

En el caso gallego lo que no puede ser es, además, jurídicamente un imposible. La modificación del Estatuto de Galicia, a diferencia del catalán, requiere mayoría de dos tercios en el Congreso, es decir no puede hacerse sin el asentimiento del principal partido de la oposición que por coherencia no lo otorgará.

¿Cuándo los políticos se ocuparán de lo importante para el ciudadano en lugar de estas zarandajas? Mil delitos diarios en Madrid, o un atraco cada minuto a domicilios es “demasié” señor Rodríguez, o “too much” como dirían sus amigos norteamericanos. Hay que explicarlo y remediarlo.

Y no como silencia la vistosa vicepresidenta de la Vega, que "ni confirma, ni desmiente... ni nada" la afirmación de Otegi de que el PSC negoció con la ilegalizada Batasuna durante los cinco años de vigencia del Pacto Antiterrorista. Esta pieza encaja con el viaje de Carod a Perpiñán y mete en el mismo carro a los Estatutos vasco y catalán. ¿Es locura o pesadilla? ¿Por qué no lo aclaran los ministros trashumantes en la caravana del último “weekend” y del que viene?

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