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¿A alguien le sorprende el alto paro juvenil?

La combinación de recesión e incremento del salario mínimo está golpeando duramente a los trabajadores de baja cualificación, que son una carga económica para los empresarios en caso de que no produzcan lo suficiente para justificar sus salarios.

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En su discurso de proclamación en la Convención Nacional del Partido Demócrata de 1932, Franklin D. Roosevelt declaraba: "Debemos tener presente que las leyes económicas no vienen dadas por la naturaleza. Son hechas por los seres humanos". Ciertamente, gran parte del New Deal fue un intento de sortear las leyes económicas -con resultados predecibles-.

George Santayana escribió: "Aquéllos que no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo", y es verdad. Quizás el ejemplo más claro de esto es cómo los políticos y burócratas se arrogan la capacidad de reescribir las leyes de la economía. No hay ningún ejemplo más crudo que el caso del desempleo juvenil y la legislación del salario mínimo.

Cuando hacía campaña para la presidencia, Barack Obama declaró que quería ver un salario mínimo de 9,50 dólares por hora antes de 2011, lo que seguiría el incremento de hasta 7,25 dólares del pasado año. Mientras que afirmaba que esto "reforzaría" a los trabajadores y haría más fuerte a la economía norteamericana, en realidad Obama hubiera sido más fiel a la verdad si hubiera prometido echar a los adolescentes al paro.

En estos momentos el desempleo juvenil está alrededor del 26%, y los Sospechosos Habituales están preocupados. La situación es tan mala que algunos jóvenes incluso están haciendo prácticas sin cobrar, algo que los gobiernos estatales han declarado ilegal (con los sindicatos que los apoyan, por supuesto). Otros, como este bloguero, se lamentan del hecho de que los jóvenes no están consiguiendo una experiencia de trabajo que les sea valiosa.

Con todo, a pesar del enfado de toda la gente que quiere creer que el gobierno puede trampear las leyes económicas (o incluso crear nuevas), lo cierto es que estamos ante una situación que no debería sorprender a nadie que respete realmente la disciplina económica. La combinación de recesión e incremento sustancial en el salario mínimo está golpeando duramente a los trabajadores de baja cualificación (y los adolescentes encajan bien en esta categoría), que son una carga económica para los empresarios en caso de que no produzcan lo suficiente para justificar sus salarios.

Un editorial del Wall Street Journal de marzo ponía de manifiesto que las cosas no han hecho más que empeorar:

A quienes más afecta (negativamente) un salario mínimo más alto es a aquellos que cuentan con menos experiencia o destrezas. En particular, a aquellos que están buscando trabajo por primera vez, especialmente jóvenes. Y claramente, como casi todos los modelos económicos predicen, el aumento en el salario mínimo ha causado estragos en los buscadores de empleo jóvenes, mucho más allá de lo que uno esperaría incluso en una recesión.

Los números son deprimentes. Para todos los jóvenes en su conjunto la cifra de paro es del 26%, mientras que para los jóvenes varones negros está por encima del 50%. Esto no sólo se debe a incrementos en el salario mínimo; muchos jóvenes afroamericanos viven en zonas de bajos ingresos y con problemas sociales del centro urbano; que no son precisamente paraísos del comercio.

Barreras a la entrada

Sin embargo, un salario mínimo que excede la productividad marginal de muchos adolescentes, es una barrera para la entrada en la fuerza laboral. Desafortunadamente, demasiada gente no solo falla en ver el papel del gobierno al generar esta crisis, sino que también creen que el gobierno puede resolverla. Escribe el periodista financiero David Schepp:

Un programa como el Civilian Conservation Corps (CCC) de la época de la Gran Depresión, que puso a alrededor de 3 millones de jóvenes a trabajar en los años 30, podría hacer mucho para dar trabajo a los jóvenes en proyectos de obras públicas. El CCC proporcionó experiencia laboral e ingresos a una generación de jóvenes de zonas pobres que de otro modo podrían haberse perdido.

Coincido en que las consecuencias de mantener a los jóvenes fuera de la fuerza laboral pueden ser graves, pero debemos entender que son las políticas gubernamentales las responsables, y esperar que el gobierno resuelva el problema que creó con más intervención es una locura al cuadrado. Al contrario de lo que declaraba Roosevelt, las leyes económicas no pueden ser violadas con impunidad por las políticas gubernamentales, de la misma forma que el Rey Canuto podía ordenar a las mareas que no subieran y fracasar estrepitosamente.

Artículo publicado originalmente en The Freeman Online.

William Anderson es profesor asociado de economía en Frostburg State University. Columnista semanal de The Freeman Online. Escribe regularmente en su blog Krugman in Wonderland, donde somete a crítica cada anotación y artículo que escribe el Nobel Paul Krugman.

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