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¿Necesitamos un seguro de depósitos?

El problema con el seguro de los depósitos es que genera un riesgo moral: cuando los bancos saben que sus depósitos están asegurados, tienen un incentivo para comprar activos más arriesgados. Jeffrey Miron.

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Antes de 1914 la economía norteamericana experimentó corridas bancarias y pánicos financieros frecuentes. Los pánicos ocurrían cuando un shock externo afectaba a uno o a unos pocos bancos -como una cosecha fallida, el impago de un préstamo importante, o un escándalo de corrupción-, haciendo que muchos depositantes trataran de retirar su dinero simultáneamente.

Los bancos prestan la mayoría de sus depósitos, y sólo mantienen una fracción como efectivo, con lo que una demanda extendida para retirar depósitos hace probable que los bancos afectados quiebren. O peor aún, un pánico en un banco puede incrementar la inquietud de los depositantes en otros bancos, conduciendo a un contagio generalizado y un pánico financiero.

La frecuencia de pánicos bancarios fue una razón clave para la fundación del Sistema de la Reserva Federal (Fed) en 1914. La idea era que la Fed proporcionara una moneda "elástica", inyectando liquidez en la economía durante periodos de elevada demanda de dinero o crédito, y retirándola en periodos de baja demanda.

Esta política pareció funcionar inicialmente, ya que las corridas bancarias desaparecieron desde 1914 hasta 1928. Sin embargo, las corridas y los pánicos resurgieron con gran intensidad entre 1929 y 1933, y el elevadísimo número de quiebras bancarias contribuyó  significativamente a la Gran Depresión.

Pánicos bancarios

En respuesta a los pánicos acontecidos durante la Depresión, el Congreso de los EE.UU. creó el seguro de depósitos federal (Federal Deposit Insurance Corporation, FDIC) en 1933. Bajo esta política el gobierno reembolsa a los depositantes de los bancos quebrados. Los fondos provienen de las primas del seguro que pagan los bancos, y del gobierno si es necesario.

En principio, el seguro sólo se aplica a los depósitos de menos de un determinado volumen, pero en la práctica la cobertura es esencialmente completa. Los depositantes pueden dividir grandes cuentas entre varios bancos, y así el seguro cubre todos los depósitos.

En la actualidad, la opinión pública y muchos economistas dan por hecho que el seguro gubernamental de los depósitos es una buena política. A primera vista esta conclusión parece justificada. Las corridas bancarias no han ocurrido desde 1934, y los depositantes asegurados no han perdido un sólo dólar en este tiempo. Sin embargo, un examen más profundo sugiere que un enfoque alternativo para limitar los pánicos bancarios sería superior al seguro de depósitos.

Riesgo moral

El problema con el seguro de los depósitos es que genera un riesgo moral: cuando los bancos saben que sus depósitos están asegurados, tienen un incentivo para comprar activos más arriesgados. Si estos activos generan altas rentabilidades, los bancos consiguen beneficios positivos, mientras que si fracasan, el seguro de depósitos amortigua el golpe.

Así, los bancos asumen más riesgo del que justificarían los fundamentos del mercado. Esa es la razón de que la regulación actual intente limitar las reservas bancarias de activos arriesgados mientras también requiere un grado mínimo de capitalización.

En principio, la combinación de regulaciones del balance bancario con el seguro de los depósitos puede tanto limitar los pánicos como evitar la excesiva toma de riesgos. En la práctica, los bancos pueden innovar alrededor de buena parte de las regulaciones, con lo que al final aún acaban asumiendo más riesgos de los que sería apropiado. Esto es precisamente lo que ocurrió  en el periodo previo a la crisis financiera de 2007-2008.

Mediante el uso de derivados, instrumentos fuera del balance, y "finanzas estructuradas", los bancos fueron capaces de asumir enormes riesgos dentro de los límites de la regulación existente. Durante varios años la excesiva asunción de riesgos generó pingües beneficios pero, finalmente, todo eso colapsó, empujando a algunas grandes instituciones financieras al borde de la quiebra.

Las quiebras generalizadas no tuvieron lugar, gracias al rescate del Tesoro norteamericano, pero las adversas implicaciones para los contribuyentes fueron al menos tan malas como las que habría producido la quiebra.

En respuesta a estos acontecimientos, muchos observadores han defendido que los Estados Unidos necesitan más regulación de los bancos. Sin embargo, no es nada obvio por qué las regulaciones adicionales serían menos susceptibles de ser manipuladas que las regulaciones pasadas. Por tanto, merece la pena considerar los enfoques que impliquen menos regulación, y no más. 

Menos regulación

La regulación clave en este contexto es la prohibición -que viene de largo- de la suspensión de convertibilidad de los bancos. Esta regulación significa que cuando los depositantes piden retiradas de efectivo, los bancos están legalmente obligados a acceder a su solicitud. En ausencia de estas restricciones legales, los bancos podrían ofrecer contratos de depósito que les permitieran suspender parcial o totalmente.

Estos contratos, presumiblemente, ofrecerían diferentes condiciones de las que ofrece un depósito a la vista estándar. Por ejemplo, podrían requerir que se pague un interés sobre las cantidades suspendidas, o podrían especificar el periodo de tiempo que un banco puede suspender la convertibilidad sin incurrir en multas. No obligarían, sin embargo, a los bancos a tener que cumplir siempre con las retiradas de depósitos tanto inmediata como totalmente.

Si los bancos pueden suspender la convertibilidad, los depositantes saben que las corridas simplemente precipitan a la suspensión. Esto reduce enormemente el incentivo del depositante al pánico. Permitir a los bancos el derecho a suspender, probablemente no eliminaría todas las corridas, pero sí es verosímil pensar que se limitarían a aquellos bancos que estén en una posición de insolvencia, y no meramente de iliquidez.

La cuestión, entonces, es la de si un sistema bancario con menos regulación -sin prohibición a la suspensión y sin seguro de depósitos- podría funcionar mejor que con la actual regulación -prohibiciones sobre la suspensión, combinadas con seguro de depósitos y regulaciones sobre el balance-.

La evidencia del periodo anterior a 1914 sugiere que el régimen con menor regulación cuenta con ventaja. Los bancos no estaban legalmente permitidos a suspender la convertibilidad durante esta era, pero muchos lo hacían de cualquier manera, a veces con la aprobación explícita e, incluso, con el impulso de los reguladores. Esto no eliminó las corridas y los pánicos, pero los acontecimientos sugieren que la suspensión redujo el contagio y las quiebras en estos episodios.

Suspensión de la convertibilidad

Unos pocos pánicos fueron asociados con reducciones sustanciales de la producción, pero muchos otros fueron de corto plazo y limitados a unas pocas ciudades o partes del país. Incluso en casos donde la recesión y el pánico coincidieron, parte de esta correlación refleja el efecto de la recesión sobre la solvencia bancaria, más que los pánicos causando las recesiones.

Además, es plausible que la suspensión fuera incluso más efectiva en limitar los pánicos si los bancos fueran capaces de experimentar con diferentes tipos de contratos y usaran la suspensión sin miedo de peligros legales.

También es verosímil que el número socialmente deseable de corridas bancarias no sea cero; al fin y al cabo, los pánicos castigan a los bancos que asumen riesgos excesivos. En un sistema idealizado, la mera amenaza de corridas sería suficiente para evitarlas; éstas no tendrían que ocurrir nunca. En el mundo real, sin embargo, un pánico ocasional es muy probablemente algo necesario para cerrar bancos irresponsables o incompetentes, y para recordar a los demás que deben comportarse bien.

Tanto la teoría como la evidencia sugieren que regímenes con menos regulación merecen tanta o más consideración como aquellos con más regulación. Diseñar y hacer cumplir la regulación es difícil porque distorsiona los incentivos y genera consecuencias no deseadas, como han mostrado los acontecimientos recientes. Quizás, por tanto, los mercados sean mejores herramientas que la regulación a la hora de disciplinar al sistema bancario.

Artículo elaborado por Jeffrey Miron, y publicado originalmente en The Freeman / Ideas On Liberty. Jeffrey Miron es profesor del departamento de economía de la Unversidad de Harvard y autor del blog Libertarianism, from A to Z.

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