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No rescaten a Europa del Este

Un rescate concertado de los bancos y gobiernos irresponsables de Europa del Este no es la solución. Esas expectativas y una laxa política monetaria crearon los riesgos morales que nos condujeron a la crisis. Bogdan C. Enache.

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Ha surgido una nueva crisis subprime en las noticias. A diferencia de la original en EEUU, que ha provocado la recesión a nivel mundial, ésta no sólo consiste en que el precio de la vivienda cae sino que también se desploman las economías. Los países de Europa Central y del Este, tras años de gran crecimiento impulsado por la inversión de la Europa occidental, se están encaminando hacia una recesión. Los bancos que proporcionaron buena parte del crédito en el periodo de auge, tocados ya por la crisis de liquidez surgida tras los sucesos de EEUU y en sus propios países, se enfrentan ahora a perspectivas de grandes pérdidas por los préstamos concedidos a la mitad Este del continente.

Con la recesión de EEUU y las economías desarrolladas de Europa occidental también ha llegado el final del boom en las economías emergentes de Europa del Este. La congelación de los mercados monetarios en los EEUU y Europa occidental en el verano de 2007, seguido por un aumento brusco del riesgo de crédito posterior a la quiebra de Lehman Brothers, condujo a los inversores a una búsqueda frenética de la liquidez. En Europa del Este, estos eventos se tradujeron en repatriaciones de capital, menores inversiones externas y primas de riesgo más elevadas. El enfriamiento de las economías desarrolladas y, finalmente, la llegada de la recesión en la segunda mitad del último año trajo consigo una caída de las exportaciones de Europa del Este, que exacerbaron la caída. Las monedas de la región se hundieron.

En Europa del Este, los bancos fueron privatizados durante la década de los 90 y principios de 2000. El método preferido de privatización fue la venta -tanto mediante negociaciones directas con el gobierno de turno como a través de subasta pública- de una participación mayoritaria de un banco estatal a un gran grupo bancario extranjero, considerado capaz de reestructurarlo y hacerlo rentable. En consecuencia, en la actualidad la mayoría de bancos de la región -especialmente en los países ahora miembros de la Unión Europea- son propiedad de grandes grupos de Europa occidental, como el Raiffeisen Zentralbank o Erste Bank de Austria, el Swedbank sueco, Société Générale de Francia, Unicredit de Italia, KBC belga, Bayern Landesbank alemán y otros.

Las entidades subsidiarias de Europa del Este de todos estos bancos, con frecuencia las más grandes en sus propios países, forman una participación significativa de sus activos (de los grandes grupos occidentales). Y debido a esta gran exposición, la creciente crisis de Europa del Este se está demostrando crítica para su salud financiera. Además, una caída de cualquiera de estos bancos debido a pérdidas en sus operaciones en Europa del Este añadirá una nueva amenaza a la estabilidad del sistema financiero europeo.

Así, resulta que ahora Europa del Este se ha convertido en el prestatario subprime de Europa occidental. Como fue el caso con los prestatarios de hipotecas de EEUU, tanto el sector público como el privado en los países de Europa del Este están muy apalancados, ya que el deterioro de sus monedas y la producción decreciente significan menos ingresos en el futuro inmediato. Debido al agravamiento de la recesión en EEUU y Europa occidental, los países del Este de Europa están pasando rápidamente a tener tasas de crecimiento negativas. Y con ello, viene el aumento del riesgo de impago de las deudas.

Ahora los bancos se dan cuenta de la gravedad de la situación. Nueve de los bancos occidentales más expuestos en la región, liderados por el grupo austriaco Raiffeisen, ya han pedido a la Comisión Europea y al Banco Central Europeo (BCE) que acudan al rescate de las economías de Europa del Este, con el fin de evitar las repercusiones que los impagos de préstamos en la región tendrían en la salud financiera de las economías de Europa occidental. Las economías más expuestas al colapso de Europa del Este son Austria, Francia, Italia, Bélgica, Alemania y Suecia.

Sólo Austria ha concedido préstamos con valor de 297.000 millones de dólares a Europa del Este, según Josef Pröll, Ministro de Finanzas en Viena. Esto es equivalente al 70% de su PIB nacional. Sin embargo, Suiza, que no es miembro de la Unión Europea, también está entre las grandes acreedoras de Europa del Este. Los bajos intereses de los francos suizos la convirtió en la divisa por excelencia para conceder créditos hipotecarios. El volumen prestado en francos suizos casi ascendió al 50% de todo lo prestado en algunos países como Hungría o Polonia.

Según un informe de Morgan Stanley basado en datos del Bank of International Settlements (BIS) sobre préstamos internacionales, el total de financiación concedida a Europa del Este ha alcanzado 1,6 billones de dólares a partir de Septiembre de 2008, de los cuales 1,5 billones han sido proporcionados por acreedores de Europa occidental.

Tan sólo entre 2005 y 2008, el volumen de crédito extranjero absorbido por la región se triplicó. Todo este crédito generó abultados beneficios para los bancos occidentales presentes en la región y fue, en gran medida, responsable de las tasas de crecimiento medias del 6% del PIB real que Europa del Este experimentó durante los últimos 7-8 años. La vivienda, los coches, y otros bienes de consumo duradero estaban en auge.

Al mismo tiempo, los estándares crediticios se relajaron. En Rumanía, por ejemplo, los bancos anunciaban que simplemente teniendo el documento nacional de identidad bastaba para conseguir un préstamo. Esto funcionó bien mientras el crecimiento era fuerte. Pero ahora las economías de Europa del Este se están hundiendo, el desempleo está subiendo, y la deuda acumulada en estos años pasados podría no ser repagada.
 


La posibilidad de un impago de la deuda es real. Las monedas locales están cayendo rápidamente frente el euro, el dólar, y el franco suizo, haciendo más difícil para los individuos, compañías y gobiernos repagar su deuda denominada en monedas occidentales. Los países Bálticos son los más endeudados de la región. La deuda extranjera de Estonia representa el 131% de su PIB, la de Letonia es el 116% y Lituania cuenta con el 72%. En conjunto, los países de Europa del Este tienen que repagar una deuda de valor de 400.000 millones de dólares, sólo este año.

Además, la creciente contracción en la producción está empujando los ya abultados déficits en gasto gubernamental, en una época en la que los costes de los préstamos y las primas de riesgo se han incrementado considerablemente. Dado el éxodo de capital que ya está en marcha y los elevados déficits por cuenta corriente, las monedas de Europa del Este continuarán perdiendo valor frente al euro y el dólar, independientemente de si el florín húngaro, el zloty polaco, o el leu rumano ya han alcanzado mínimos históricos.

A pesar de que los bancos centrales de algunos países como Rusia, Polonia, la República Checa o Rumanía tienen una cantidad significativa de reservas de divisas extranjeras y las han usado para sostener algo la caída de sus monedas, los desequilibrios macroeconómicos son en general tan grandes que es previsible que la actual crisis en Europa del Este sea peor que la crisis monetaria asiática de mediados de los 90.

Bajo estas circunstancias, los bancos no son los únicos que están pidiendo a los países más ricos de la Unión Europea (UE), al Banco Central Europeo (BCE), Fondo Monetario Internacional (FMI) y al Banco Mundial que rescaten a Europa del Este. En otoño del año pasado, el FMI aprobó un préstamo de 16.400 millones de dólares a Ucrania, cuya divisa, el hryvna, ha perdido la mitad de su valor en los últimos seis meses. Pero el gobierno es incapaz de reducir su déficit, y la inflación está por encima del 20% anual.

Hungría, el país con la mayor deuda gubernamental, también recibió un préstamo del FMI por valor de 12.500 millones de dólares, diez veces su cupo normal, además de un préstamo de 8.100 millones de la UE, y un crédito de 1.300 millones del Banco Mundial. A mediados de octubre, en plena congelación crediticia, el BCE también se sumó al rescate de Budapest y proporcionó 5.000 millones de euros en un acuerdo de intercambio con el banco central húngaro para facilitar liquidez en el mercado monetario. Este evento marcó una significativa expansión del papel del BCE. Era la primera vez que dicho banco central, que supervisa la política monetaria para los 16 países que forman la Eurozona, prestó dinero a un país que no pertenece a la Unión Europea Monetaria.

Posteriormente, el BCE extendió este tipo de acuerdos con el banco central polaco y, a pesar de su resistencia, probablemente también lo hará con otros bancos centrales de Europa del Este. En diciembre del pasado año, el FMI, junto con la UE, el Banco Mundial y Suecia, también prestaron 10.500 millones de dólares a Letonia. Por otro lado, Georgia consiguió una línea crediticia de 750 millones de dólares para sostener a su divisa, seguido por Bielorrusia, que recibió 2.500 millones de dólares en enero de este año. Por último, Serbia está en proceso de adquirir un préstamo de 2.000 millones de dólares. Pero los otros dos países Bálticos, Estonia y Lituania, son los próximos en la cola de la ayuda del FMI, Banco Mundial y la UE, seguidos por Bulgaria y Rumanía.

Desde que empezó la crisis de Europa del Este en el otoño pasado, el FMI ha prestado 40.000 millones de dólares. Si se añade a esta suma los préstamos otorgados a Islandia y Pakistán, la cifra total asciende a 50.000 millones.

Los líderes de los países más ricos de la UE, que se reunieron en Berlín antes de la segunda cumbre del G20, dicen ahora que quieren duplicar la capacidad de préstamo del FMI desde su actual nivel de 250.000 millones de dólares a 500.000. Japón ya ha prometido otros 100.000 millones, pero los grandes países de Europa occidental podrían no ser capaces de reunir dinero adicional, incluso cuando discuten la posibilidad de emitir un nuevo bono en la zona euro, diseñado para reducir las primas de riesgo soportadas por los gobiernos con peor rating crediticio.

Estados Unidos ya vive en una montaña de deuda, mientras China y los países del Oriente Medio -que acumulan las reservas necesitadas- rechazan suplementar la financiación del FMI sin recibir a cambio más poder de voto en el organismo internacional Una concesión que los grandes países europeos, cuyos derechos de voto quedarían reducidos, no quieren hacer.

Concentración de la exposición de la Europa emergente a Europa occidental



Nota:
Los nombres de los países son abreviados según los códigos estándar del ISO. Por ejemplo, alrededor del 42% de la exposición de Croacia a los bancos occidentales europeos se debe a bancos austriacos, el 38% a bancos italianos, el 13% a franceses, etc. Para los países Bálticos, el 85% o más de la exposición a los bancos se debe a bancos suecos.

Al mismo tiempo, dentro de la UE, los países del sur (España, Italia, Portugal, Grecia) e Irlanda, enfrentados con una gran inestabilidad de sus sistemas bancarios debido a la caída de los activos hipotecarios y la rápida contracción económica, quieren que el BCE y la UE canalicen sus recursos para acudir al rescate de sus entidades financieras. La política de quién está rescatando a quién se hará cada vez más compleja a medida que la crisis económica en Europa y el resto del mundo se agrave.

La actual crisis en Europa del Este, como la de EEUU o Europa occidental, es un proceso doloroso, pero un rescate concertado a nivel internacional de los bancos y gobiernos irresponsables de la región no es la solución. Fueron precisamente esas expectativas, unidas a años de política monetaria laxa en los EEUU y Europa, las que crearon una serie de riesgos morales que nos condujeron a la presente crisis económica.

La bajada gradual de los tipos de interés por parte de la Fed, el BCE, el Banco de Inglaterra, y otros bancos centrales independientes europeos, como el Riksbank de Suecia y el suizo, al tiempo que acontecía la burbuja de las puntocom y los atentados del 11-S, proporcionaron el incentivo preciso para que los bancos europeos occidentales sobreapalancaran sus activos y luego, a través de sus entidades subsidiarias, empezaran a conceder préstamos con garantías de escasa calidad a la virgen Europa del Este.

Los banqueros centrales de Europa del Este también se unieron en los esfuerzos de sus homólogos occidentales para estimular la demanda global, pero sus recortes de tipos fueron más pequeños y sus tipos de interés permanecieron comparativamente más altos. En consecuencia, con parte de ese dinero barato del oeste se recurrió al carry-trade mediante sofisticados financieros del este, haciendo que las divisas locales, como el leu rumano, parecieran fuertes. Cuando se desató la crisis financiera en Estados Unidos y Europa occidental en el verano de 2007, tuvo lugar el inverso carry-trade, ya que los inversores recurrieron a su dinero en Europa del Este para cubrir su escasez de liquidez.

Como consecuencia, los grandes bancos (que ahora tenían sus propios problemas) cortaron las líneas de financiación de sus subsidiarios locales en el Este de Europa. La etapa de boom estaba llegando a su final. A medida que los tipos de interés subieron, los mercados inmobiliarios y residenciales en Polonia, Bulgaria, Rumanía, los países Bálticos, y Rusia, se interrumpieron y empezaron a caer. Los bancos locales se quedaron con un fondo común de préstamos cuyo valor era incierto.

En muchos casos, los altos niveles de la deuda del gobierno constituían una gran parte del problema. Aunque las economías de la región experimentaron elevadas tasas de crecimiento en los años anteriores, en muchos países la deuda pública aumentó. Hungría es el ejemplo más claro entre los países de Europa del Este que son miembros de la UE, aunque también se dieron déficits públicos relativamente altos en Rumanía. Entre los países no miembros de la UE, Ucrania destaca como el país más azotado por los excesos del gasto gubernamental.
 


Sin embargo, el retroceso económico incrementará los déficit presupuestarios incluso en aquellos países donde la política fiscal era relativamente equilibrada. En el caso de Rusia, que, al contrario que la mayoría de demás países del Este, tiene superávit por cuenta corriente, la brusca caída en los precios del petróleo en la segunda mitad del último año redujo considerablemente sus ingresos. Esto coincidió con un deterioro significativo del ambiente empresarial tras la breve guerra con Georgia, su pequeño vecino del sur. Las políticas hostiles del gobierno llevaron a los inversores a sacar su dinero del país, provocando una caída espectacular de la bolsa de Moscú y una caída brusca del rublo.

En Europa hay una presión muy fuerte para no permitir la quiebra de cualquier banco
que se exponga a grandes pérdidas en sus operaciones de Europa del Este; y, en el caso de Bulgaria y los países Bálticos, los vínculos con el euro excluyen formalmente la devaluación de la moneda. Pero un rescate conjunto de la región por parte de la UE, el FMI, y el Banco Mundial, equivaldría a una continuación de la política de subvencionar el riesgo y erosionar la disciplina del mercado que, en primer lugar, produjeron la actual situación.

Los bancos que se la jugaron concediendo préstamos erróneamente serían recompensados por su ineficiencia y mantenidos vivos a través de una redistribución de la riqueza desde aquellos negocios e individuos que fueron comparativamente más prudentes. El efecto neto de esas políticas es fomentar el riesgo moral en el futuro, lo que, a su vez, inducirá una mayor incertidumbre en el sistema financiero.

No obstante, Europa del Este no es una entidad homogénea, ni tampoco claramente definida. La situación difiere de un país a otro. En algunos casos, en particular en países ex-soviéticos no miembros de la UE, como Ucrania o Kazajistán, los gobiernos podrían impagar su deuda extranjera. En el resto de sitios se perseguirá alguna forma de reestructuración de la deuda, mientras que en otros lugares una combinación de devaluación de la moneda y refinanciamiento de la deuda podrá solucionar el problema.

La realidad es que no hay ninguna solución fácil e indolora del actual desaguisado. Pero usar al BCE, FMI o al Banco Mundial para absorber las pérdidas de los bancos insolventes con el propósito de suavizar los desequilibrios temporales en el sistema de la balanza de pagos, es la peor solución que se pueda pensar. Con tiempo, la mayoría de los desequilibrios exteriores se resolverán solos. De hecho, el retroceso económico ya está encogiendo los déficit por cuenta corriente de la región.

El rápido crecimiento en prosperidad, que tuvo lugar en la mayoría de los países de Europa del este durante los últimos 8 años, ha alimentado grandes esperanzas de alcanzar los niveles de vida de occidente. No es sorprendente que la crisis económica esté provocando ansiedades y, en algunos países, incluso revueltas civiles. Aunque la situación todavía tiene que empeorar, el miedo a un colapso económico que llevaría a la región de vuelta a las condiciones del pasado son exageradas.

Esto no significa, sin embargo, que no haya razones para preocuparse. Las políticas implementadas durante la actual crisis darán forma al potencial de prosperidad del futuro. Un rescate completo de los bancos responsables de conceder créditos de mala calidad sólo exacerbará un sistema económico de beneficios privados y pérdidas sociales. Tal sistema es tan incompatible con la economía de libre mercado como lo es el socialismo marxista-leninista.

Artículo aleborado por Bogdan C. Enache investigador asociado con CADI, think tank liberal de Rumanía, y publicado originalmente en el Ludwig von Mises Institute.

Notas:


Stephen Jen and Spyros Andreopoulous, "Europe More Exposed to EM Bank Debt than the US or Japan," Global Economic Forum, October 27, 2008.

 

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