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Para cortarse las venas

En la cumbre de las Américas Hugo Chávez regaló a Obama un ejemplar del libro "Las venas abiertas de América Latina", que reúne la mayor cantidad de imprecisiones, sesgos y fobias de la izquierda más desnortada de América Latina. Guillermo Hirschfeld.

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La cumbre de las Américas que se celebró en Trinidad y Tobago y que culminó el pasado domingo estuvo marcada por un suceso de carácter folklórico. Uno más de esos a los que nos tiene acostumbrados Hugo Chávez. En esta ocasión, el presidente venezolano le regaló al presidente de los EE.UU. Barack Obama un ejemplar del libro Las venas abiertas de América Latina.

Siguiendo lo que ya se va transformando en un modus operandi del venezolano, o sea, desempolvar libros en encuentros internacionales para subir sus ventas en Amazon -ya lo había hecho con uno de Noam Chomsky hace unos años-, esta vez le entregó al mandatario estadounidense un vetusto ejemplar del libro de Eduardo Galeano de la década del 70.

Este libro de culto fue definido hace ya algunos años en El manual del perfecto idiota latinoamericano por Carlos Alberto Montaner, Álvaro Vargas Llosa y Plinio Apuleyo Mendoza como La Biblia del idiota. Se trata de un texto en el que se reúnen la mayor cantidad de imprecisiones, sesgos y fobias de la izquierda más desnortada de América Latina, todo ello, en un solo tomo.

El libro de Eduardo Galeano comienza con una cita, una “proclama insurreccional”: “Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”. Paradójicamente, los silencios del Presidente Venezolano representan los atributos más lejanos que tiene el caudillo con la estupidez, pero esto es también anecdótico.

Podemos decir sin temor a equivocarnos que la historia de las venas abiertas de América Latina se reduce a lo siguiente: quien logre terminar el libro, se querrá cortar las venas.

En primer lugar, si en un ejercicio de extrema candidez y profunda pereza intelectual un lector desprevenido “compra” los argumentos falaces expuestos por el uruguayo, éste se querrá cortar las venas por “descubrir” cómo desde hace más de 500 años y de forma ininterrumpida todo el mundo ha conspirado para alejar a los latinoamericanos de la prosperidad, saquear nuestras riquezas, explotarnos y hundirnos con sus garras en la miseria más absoluta.

Si, por el contrario, el lector descubre el perverso ardid que esconde el libro también querrá cortarse las venas. Esta vez por el engaño al que se enfrenta. Es decir, manipular la realidad distorsionándola para adjudicarle todas las culpas de nuestros males a un enemigo exterior, con el fin justificar lo injustificable u ocultar la realidad.

En definitiva, el engaño consiste en negar de manera intencionada aquella miríada de profundas variables culturales que han convergido durante estos dos siglos de Repúblicas independientes. Es decir, aquellos factores que han generado las malas praxis políticas que estancaron a algunos de los países de América Latina, mientras en otras regiones los países crecían a pasos agigantados. El engaño consiste como siempre en echarles la culpa a los demás y tirar balones fuera.

La corrección política y el panfleto progre conforman un vínculo indisoluble, son por definición la cara y cruz de una misma moneda. Por ello, será siempre encantador para los amantes del topicazo, del mito facilón y digerible, y para quienes rechazan el esfuerzo que requiere realizar ejercicios contra-intuitivos de aprehensión de la realidad, un libro como el que nos ha resucitado el verborreico caudillo venezolano. Verborrágico hasta en los gestos.

Obama ahora deberá elegir qué hacer con el libro. Como los regalos no se devuelven, regalan ni se tiran, creo que la mejor opción será esconder en el cajón de los viejos -y malos- recuerdos al de Galeano. Después, pedirle a algún asesor inteligente que le pase una versión de “Del buen salvaje al buen revolucionario” del venezolano Carlos Rangel. Quién mejor que Rangel para diseccionar y demoler las mentiras que pretenden colarle hoy los populistas de América Latina. Y en la próxima cita devolverle la gentileza al Bolivariano con un ejemplar de la obra de su compatriota.

Guillermo Hirschfeld

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