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Que 200 años no es nada

En 2010 se celebran los bicentenarios de las independencias de las repúblicas hispanoamericanas. La región viene dando algunas muestras (con Brasil a la cabeza) de los beneficios que producen la estabilidad y apertura económica. Jaime Llopis.

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Por aquello de la lógica inexorable del tiempo, el 2010, año elegido como el central de las conmemoraciones por los bicentenarios de las independencias de las repúblicas hispanoamericanas, sucede al 2009 del bicentenario del nacimiento de Charles Darwin. Dato éste que espero que no sea discutido ni siquiera desde el punto de vista de los bolivarianos del siglo XXI.

El joven Darwin cuenta apenas 22 años cuando acepta el puesto de naturalista en la tripulación del HMS Beagle que capitanea Robert Fitz Roy, y que zarpa de Plymouth el 27 de diciembre de 1831 para completar los trabajos de hidrografía de Patagonia y Tierra del Fuego y efectuar una serie de medidas cronométricas alrededor del mundo. Para entonces, los territorios americanos que visitará el Beagle son ya repúblicas independientes, con la excepción del Brasil, independiente pero monárquico.

En su “Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo”, el Darwin que relata minuciosamente los hallazgos científicos de los casi cinco años de viaje del Beagle es también un descarado antropólogo diletante que nos deja un interesante retrato humano y sociológico de las personas y los países que conoce. O que, al menos, nos deja un curioso testimonio de tópicos que, en ocasiones, no han variado mucho en 200 años.

En Brasil, en una excursión al norte de Río de Janeiro, Darwin se lo pasa en grande comiendo y bebiendo por cuatro duros en una posada, aunque extravía un preciado látigo porque, según suposición del posadero, por no haberlo dejado a buen recaudo “se lo habrán comido los perros”.

Le llama la atención que en Uruguay fuera tan general el interés despertado por las elecciones presidenciales, buen síntoma para la prosperidad de ese “pequeño país”. Dice que los habitantes no exigen gran instrucción a los diputados. “Si bien no eran hombres de negocios, sabían todos firmar”.

En Argentina, constata la beligerancia entre indios y soldados en torno al establecimiento de Bahía Blanca, quizá provocada porque, en lugar de seguir el prudente ejemplo de los virreyes españoles, que compraron a los indios el terreno cercano de la antigua colonia del río Negro, el gobierno de Buenos Aires lo ocupó injustamente por la fuerza.

Por el contrario, en Chile, a lo que se dedica el gobierno es a alentar por todos los medios la busca de minas. Con la mayor facilidad (tasas bajas y plazos rápidos), el descubridor de una de ellas en cualquier parte puede emprender su explotación, con procedimientos que superan en eficiencia a todos los demás gracias, en buena parte, a las mejoras introducidas por los extranjeros.

Sorprende a Darwin que en 16 días en Lima no se despejaran los espesos nubarrones, como también le admira la magnificencia de la ciudad. Durante su permanencia en El Callao, el Presidente del Perú vende los cañones de bronce y desmantela parte de la fortaleza portuaria, decisión que no parece ser ajena al hecho de que él mismo hubiera llegado a la presidencia rebelándose cuando la tenía su cargo.

Entre el panorama sombrío de algunas de las percepciones del Darwin politólogo (“tendrán que aprender que una república no puede dar un buen resultado mientras no haya en ella un fuerte núcleo de hombres imbuidos en los principios de la justicia y del honor”) y la tierra de promisión en que convierten América Latina los escenarios para 2050 de afamados analistas internacionales, media aún un buen trecho, y quizá tengamos la sensación de que haya más por recorrer en los próximos 40 que lo que se avanzó en los pasados 180.

La región viene dando algunas muestras (con ese Brasil, 14, 16 que deslumbra por donde pasa a la cabeza) de los beneficios que la estabilidad económica, la apertura internacional y el imperio de la ley producen. También, no se olvide, en la lucha contra la desigualdad y contra la corrupción, dos estigmas legendarios. Lamentablemente, la región ofrece como contraste buenos ejemplos de lo contrario, de esos fenómenos que, parafraseando al clásico Tocqueville, “hacen a los hombres dependientes unos de otros”, llevándoles a desconfiar de la libertad y a preferir una sociedad arbitraria o buscar su redención pasiva en el caudillismo.

Por cierto: el 11 de noviembre del año que nace Darwin, Buenos Aires da, si ignoramos escaramuzas clandestinas, la última corrida de toros que se celebra al sur del río de la Plata. Si es que 200 años no es nada.

Jaime Llopis

Cuatrecasas, Gonçalves Pereira

En Libre Mercado

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