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Recesión y recuperación: seis errores básicos I

A medida que la recesión se ha agravado y la debacle financiera se ha recrudecido, los comentarios sobre los problemas económicos se han disparado. Sin embargo, el 95% de los diagnósticos y recetas son incorrectos.

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A medida que la recesión se ha agravado y la debacle financiera se ha recrudecido una y otra vez durante el pasado año y medio, los comentarios sobre los problemas económicos se han disparado. Expertos han pontificado; periodistas y editores han informado y opinado; programas de radio se han quedado sin aliento; oficiales públicos lanzado todavía más evasivas que normalmente; torpes expertos académicos, quedándose boquiabiertos ante las luces y el resplandor de las cámaras, han parpadeado y tropezado en sus breves oportunidades como comentaristas televisivos. Nos hemos visto inundados por un enorme flujo de diagnósticos, pronósticos y recetas; de las cuales el 95% han sido terriblemente malas.

En su gran mayoría, han sido tan malas por razones comunes. La mayoría de la gente que pretende poseer un conocimiento especializado sobre la economía confía en un conjunto común de presuposiciones y modos de pensar.

A esta mezcolanza pseudointelectual la denomino "Keynesianismo vulgar". Es el mismo mensaje ampuloso y pretencioso que ha pasado por sabiduría económica en este país (EEUU) desde hace más de cincuenta años, y ello parece tener como origen la primera edición de Economía (1948), del recientemente fallecido Paul Samuelson, el libro de texto de economía más vendido de todos los tiempos, y del que numerosas generaciones de estudiantes universitarios adquirieron cualesquiera conocimientos que aprendieran sobre el análisis económico. Hace ya tiempo, esta visión se filtró en el discurso especializado, en los escritos en los medios de comunicación, en la política, y se estableció como la ortodoxia.

Desgraciadamente, esta forma de pensar sobre el funcionamiento de la economía y, en particular, de sus fluctuaciones o ciclos económicos, es un conjunto de errores, tanto de comisión como de omisión. Más desgraciadas han sido las implicaciones de políticas gubernamentales derivadas de este modo de pensamiento, sobre todo, la noción de que el gobierno puede y debe usar las políticas fiscales y monetarias para controlar la macroeconomía y estabilizar sus fluctuaciones. A pesar de haberse originado más de medio siglo atrás, esta visión parece tan vital en 2009 como lo fue en 1949.

Consideremos ahora, brevemente, los seis aspectos más flagrantes de este desafortunado enfoque a la comprensión y tratamiento de los periodos de auge y recesión económicos.

1. Agregación

John Maynard Keynes persuadió a sus colegas economistas y luego ellos persuadieron al público de que tiene sentido pensar en la economía en términos de un puñado de agregados que se refieran a la economía en su conjunto, como: ingreso total o producción, gasto de consumo total, gasto de inversión total, y exportaciones netas totales. Si la gente recuerda algo de sus cursos introductorios de economía, lo más probable es que recuerden la ecuación:

Y = C + I + G + (X - M)

La idea es que la oferta agregada (la producción física por el nivel de precios) se iguala a la demanda agregada, que equivale a la suma de cuatro tipos de gastos monetarios para bienes y servicios finales producidos recientemente.

Esta forma de comprimir transacciones diversas que ocurren a lo largo y ancho de la economía en simples variables tiene el efecto de eliminar el reconocimiento de las complejas relaciones y diferencias dentro de cada uno de los agregados. Así, en este marco teórico, el efecto de añadir un millón de dólares de gasto de inversión para los inventarios de ositos de peluche, es el mismo que el de añadir un millón de dólares de gasto de inversión para cavar una nueva mina de cobre.

 De la misma manera, el efecto de sumar un millón de dólares de gasto de consumo para entradas de cine es el mismo que el de dedicar esta misma cantidad para gasolina. Igualmente, el efecto de añadir un millón de dólares de gasto público para vacunas de niños contra el polio es el mismo que el efecto de dedicar esta cantidad de gasto público para municiones con usos bélicos. No cuesta mucho ver cómo la eliminación de estas diferencias dentro de cada uno de los agregados puede hacer que nuestro modo de pensar sobre la economía se tuerza considerablemente.

De hecho, "la economía" no produce una masa indiferenciada que denominamos "producción". En vez de ello, millones de productores que generan la "oferta agregada" proporcionan una variedad casi infinita de bienes y servicios específicos que difieren en incontables formas.

Además, una cantidad inmensa de las transacciones que tienen lugar en una economía de mercado moderna consiste en intercambios entre los productores que no ofrecen ningún bien o servicio "final", sino que lo que ofrecen son materias primas, componentes, productos intermedios, y servicios entre ellos mismos.

Debido a que estos productores están conectados en un complejo patrón de relaciones, que debe asumir ciertas proporciones si se quiere que el acuerdo llegue a buen puerto, las cuestiones de qué se produce en particular, cuándo, dónde, y cómo, se convierten en fundamentales.

Estas extraordinariamente complejas micro relaciones son a lo que nos referimos realmente cuando hablamos de "la economía". No es en absoluto un único y simple proceso para producir una uniforme y agregada masa. Además, cuando hablamos de la "acción económica", nos estamos refiriendo a las elecciones que toman millones de diversos participantes al seleccionar un curso de acción y discriminar una posible alternativa.

Sin elección, restringida por la escasez, no tiene lugar ninguna verdadera acción económica. Así, el Keynesianismo vulgar, que pretende ser un modelo económico, o al menos un marco teórico coherente de análisis económico, excluye de hecho la misma posibilidad de la acción económica genuina, substituyéndola por una concepción simple y mecánica -el equivalente intelectual a un juego de niños-.

2. Precios relativos

El Keynesianismo vulgar no presta atención a los precios relativos o a los cambios en tales precios. En este marco, solo hay un precio, denominado "el nivel de precios", y representa una media ponderada de todos los precios monetarios a los que se venden la infinidad de bienes y servicios reales de la economía. (También está el tipo de interés, que es tratado como un precio de una forma limitada y confusa, y sobre el que trataré más adelante).

Si los precios relativos cambian -que es algo que siempre sucede, incluso en los periodos más estables- estos cambios son promediados y afectan, si acaso, al cambio calculado en el nivel de precios agregado, pero solo de una manera escondida y analíticamente irrelevante.

Así que si la economía se expande en ciertas líneas, pero no en otras, y la configuración de los precios relativos cambia, los Keynesianos vulgares saben que la "demanda agregada" y la "oferta agregada" han aumentado, pero no tienen ni idea del porqué, o en qué forma han aumentado. Tampoco les importa.

Desde su punto de vista, la producción agregada de la economía, el único resultado que tratan como merecedor de atención, está conducida por la demanda agregada, a la cual la oferta agregada responde de forma más o menos automática, y no importa si solo ha aumentado la demanda de pepinos o, citando un ejemplo que el mismo Keynes usó, si solo ha aumentado la demanda de pirámides (en La Teoría General, Keynes escribió: "La construcción de pirámides, los terremotos, incluso las guerras pueden servir para incrementar la riqueza"). La demanda agregada es la demanda agregada, y punto.

Debido a que el Keynesiano vulgar no tiene ninguna concepción de la estructura de la producción de la economía, no puede concebir cómo una expansión de la demanda hacia ciertas líneas pero no otras podría ser problemática.

En su visión, uno no puede tener, digamos, demasiadas casas y apartamentos. Incrementar el gasto en viviendas y apartamentos es, piensa él, siempre bueno cuando la economía tiene recursos desempleados, independientemente de cuántas casas y apartamentos permanezcan vacíos, e independientemente de qué tipos específicos de recursos estén desempleados y donde estén situados en esta vasta tierra.

Aunque los trabajadores pueden ser mineros especializados en Idaho, aún así es positivo si de alguna manera se incrementa la demanda de urbanizaciones en Florida, porque para el Keynesiano vulgar no existen clases individuales de trabajadores o mercados de trabajo separados: el trabajo es trabajo, y punto. Si alguien -cualesquiera sean sus destrezas, preferencias o localización- está desempleado, entonces en este marco de pensamiento podemos esperar devolverle al trabajo mediante el incremento suficiente de la demanda agregada, independientemente de en lo que gastemos el dinero, ya sea en cosméticos o en ordenadores.

Esta absoluta simplicidad existe porque la producción agregada (Q) es una simple función creciente del trabajo empleado agregado (L):

Q = f (L), donde dQ/dL > 0

Nótese que esta "función de producción agregada" solo tiene un factor de producción (input), el trabajo agregado. ¡Los trabajadores aparentemente producen sin la ayuda de capital! Si se ve presionado, el Keynesiano vulgar admitirá que los trabajadores usan capital, pero insistirá en que el stock de capital se toma como "dado" y fijado en el corto plazo. Y -un punto muy importante- su completo aparato de pensamiento persigue exclusivamente ayudarle a entender este corto plazo.

En el largo plazo, puede insistir, "todos estaremos muertos", como dijo Keynes (aunque su cita en su contexto no es tan ridícula como se la suele presentar). O puede simplemente negar que el largo plazo es lo que obtenemos cuando colocamos juntos, sucesivamente, una serie de cortos plazos. El Keynesiano vulgar en efecto, considera el vivir para el momento presente como una principal virtud. En un periodo determinado, el futuro puede dejarse cuidar a sí mismo, sin ningún problema ni riesgo.

3. El tipo de interés

El Keynesiano vulgar puede interesarse por el tipo de interés, pero solo en un sentido restringido. Para él, la tasa de interés es el "precio del dinero" -es decir, la tasa de alquiler que se paga sobre el dinero prestado-.

Esa actividad de pedir prestado es siempre buena, y si se da más mejor, porque los individuos usan este dinero prestado para comprar bienes de consumo, y por tanto "creando empleos", y un empleo es lo mejor que puede existir en el universo conocido.

Por tanto, cuanto más baja sea la tasa de interés, más gente pedirá prestado y gastará, y mejor funcionará la economía, con la condición, de nuevo, de que exista algo de desempleo en alguna parte del país. Debido a que siempre existe algo de desempleo, el Keynesiano vulgar siempre quiere que el tipo de interés esté más bajo de lo que está. Si se puede reducir artificialmente mediante la acción de la banca central, él apoyará tal acción con firmeza.

El Sistema de la Reserva Federal ha reducido recientemente su objetivo para la tasa de interés sobre los "fondos federales" (federal funds) -saldos pagaderos de un día para el otro que los bancos se piden prestados entre ellos- a un rango que comienza en cero, y economistas de prestigio han jugueteado con la disparatada idea de llegar a alcanzar una tasa de interés negativa, como es el caso de Greg Mankiw. (¿Dónde he de firmar para un préstamo?)

El Keynesiano vulgar no entiende qué es realmente el tipo de interés. Falla en comprender que es un precio relativo fundamental -en concreto, es el precio de los bienes que están disponibles en el momento presente en relación a los bienes disponibles en el futuro-.

Recuerde, el Keynesiano vulgar no piensa en absoluto en términos de precios relativos, con lo que es perfectamente natural que no reconozca cómo el tipo de interés afecta a las elecciones entre el consumo actual y el ahorro --esto es, actuar de tal manera para hacer posible un mayor consumo en el futuro sacrificando consumo actual. En un mercado libre, una reducción del tipo de interés refleja un deseo de trasladar un mayor consumo del presente hacia el futuro.

Un mercado libre constaría de oferentes y demandantes privados de fondos prestables, y la tasa de interés de mercado existente sería a la que la cantidad que los demandantes quieren pedir prestado se iguala con la cantidad que los oferentes quieren prestar.

Tanto prestamistas como prestatarios, sin embargo, están tomando sus decisiones a la luz de su "preferencia temporal", es decir, la tasa a la que están dispuestos a intercambiar bienes presentes por bienes futuros. Personas con una "alta preferencia temporal" están deseosas de consumir hoy antes que mañana, y para inducirles a renunciar a consumo presente, los prestatarios deben compensarles pagando una tasa de interés más alta para la utilización de sus fondos.

Aunque los Keynesianos vulgares reconocen que una tasa de interés más baja animará a los negocios a pedir prestado más dinero e invertirlo, ellos se imaginan que los planes de inversión empresariales son naturalmente volátiles y esencialmente irracionales -conducidos, como dijo Keynes en su Teoría General, por los "espíritus animales" de los empresarios-.

Por tanto, el grado en que la inversión responde a un cambio en el tipo de interés es pequeño y puede ser más o menos obviado. Para los Keynesianos vulgares, la importancia del tipo de interés reside en que regula la cantidad que los individuos pedirán prestado para financiar sus compras de bienes de consumo.

Esas adquisiciones, desde su punto de vista, son el elemento esencial en la determinación de cuánto quieren producir las empresas y cuánto quieren invertir en expandir su capacidad para producir. De nuevo, sin embargo, en este marco teórico, no importa qué tipo de inversión se lleve a cabo: la inversión es inversión, y punto.

Artículo publicado originalmente en la revista The Independent Review, Volumen 14, Número 3, Invierno 2010.

Robert Higgs es economista, Investigador Senior en Economía Política del Independent Institute, además de editor de la revista académica The Independent Review. Reconocido experto en historia económica de los EEUU, especialmente del periodo de la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Es autor de, entre otros, Crisis and Leviathan y Depressión, War, and Cold War.

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