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Una Declaración de Independencia del Gran Gobierno

Cada 4 de julio EEUU celebra que cada ser humano tiene derecho a su vida y libertad, y a su libre capacidad para perseguir la felicidad como considere oportuno sin que el gobierno paternalista y confiscatorio se entrometa en su camino. Richard Ebeling.

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La Declaración de Independencia, firmada por los miembros del Congreso Continental el 4 de Julio de 1776, es el documento fundacional del experimento Americano de un gobierno libre. Lo que se olvida con demasiada frecuencia es que los Padres Fundadores a lo que se opusieron fue a la pesada e intrusiva mano del gran gobierno.

La mayoría de los Americanos recuerdan con facilidad esas elocuentes palabras con las que los Padres Fundadores expresaron los fundamentos de su reclamación para la independencia de Gran Bretaña en 1776:

“Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad. Que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla, o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrezca las mayores probabilidades de alcanzar su Seguridad y Felicidad.”

Pero lo que no se recuerda normalmente es la larga lista de motivos de queja que conforma la mayoría del texto de la Declaración de Independencia. Los Padres Fundadores explicaron cuán intolerable se había convertido el gobierno absolutista y altamente centralizado de la lejana Londres. Este gobierno distante violaba las libertades personales y civiles de la gente que vivía en las 13 colonias de la costa este de Norteamérica.

Además, los ministros del rey imponían rígidas y opresivas regulaciones económicas y controles sobre los colonos, que fueron parte del sistema de gobierno de planificación central del siglo XVIII conocido como mercantilismo.

“La historia del presente Rey de Gran Bretaña es una historia de repetidas injurias y usurpaciones, todas ellas con el objetivo directo de establecer una Tiranía absoluta sobre estos Estados”, declararon los firmantes.

Con cada paso, la Corona Británica había concentrado el poder político y la toma de decisiones en sus propias manos, dejando a los colonos Americanos con poca capacidad para gestionar sus propios asuntos mediante los gobiernos locales y estatales. Las leyes y reglas eran impuestas sin el consentimiento de los gobernados; las leyes y procedimientos locales que pretendían limitar la arbitrariedad y abusos del gobierno fueron ignoradas o anuladas.

El rey también había intentado manipular el sistema legal mediante el nombramiento arbitrario de jueces que compartieran sus deseos de poder o estuvieran abiertos a ser influenciados para servir los objetivos políticos del monarca. Los oficiales del rey injustamente ponían a colonos bajo arresto en violación de la orden de habeas corpus, y les sentenciaban a prisión sin juicio mediante un jurado. Con frecuencia, los colonos eran violentamente reclutados para servir en las fuerzas armadas del rey y obligados a luchar en guerras extranjeras.

A los colonos se les impuso, sin el consentimiento de los legisladores locales, importantes cargas financieras derivadas de un ejército regular. Los soldados eran a menudo alojados entre las casas de los colonos sin su aprobación o permiso. Asimismo, los autores de la Declaración afirmaron que el rey promovía disturbios civiles al crear tensiones y conflictos entre los diferentes grupos étnicos en su dominio colonial (los colonos ingleses y las tribus nativas indio-americanas).

Pero lo que estuvo en el centro de muchas de sus quejas y reclamaciones en contra del Rey George III fueron los controles económicos que limitaban su libertad y los impuestos que confiscaban su riqueza y su renta honestamente ganada.

La premisa fundamental detrás del sistema de planificación mercantilista era la idea de que era el deber y la responsabilidad del gobierno gestionar y dirigir los asuntos económicos de la sociedad. La Corona Británica constreñía las actividades comerciales de los colonias con una maraña de regulaciones y restricciones. El gobierno Británico dictaba lo que podían producir, los recursos y las tecnologías que podían ser empleadas.

El gobierno evitaba que el mercado libre fuera el que fijara precios y salarios, y manipulaba qué bienes estarían disponibles para los consumidores de las colonias. Dictaba qué bienes podían ser importados o exportados entre las 13 colonias y el resto del mundo, evitando así que los colonos se beneficiaran de las ganancias que podrían haber obtenido bajo el libre comercio.

Por todas partes, el rey nombraba distintos “zares” para controlar y dirigir buena parte de las cuestiones cotidianas con las que la gente se ganaba la vida. Se imponían multitud de nuevas burocracias sobre cada faceta de la vida. “Él ha erigido una multitud de Nuevas Oficinas, y enviado aquí a un enjambre de Oficiales para oprimir a nuestro pueblo, y empobrecerlo con sus estafas y rapiñas”, explicaron los Padres Fundadores.

Además, el rey y su gobierno imponían tributos sobre los colonos sin su consentimiento. Sus rentas eran sujetas a impuestos para financiar los costosos y crecientes proyectos que el rey quería y que había considerado que eran buenos para el pueblo, independientemente de que el pueblo mismo los quisiera o no.

En las décadas de 1760 y 1770 aparecieron una serie de impuestos reales que sobrecargaron a los colonos Americanos y despertaron su ira: la Ley del Azúcar de 1764, la Ley del Sello de 1765, las Leyes Townsend de 1767, la Ley del Té de 1773 (que resultó en la Boston Tea Party), y una gran variedad de otras imposiciones fiscales.

Los colonos Americanos eran a menudo extremadamente creativos a la hora de evitar y evadir las regulaciones e impuestos de la Corona, a través del contrabando y los sobornos.

La respuesta del gobierno Británico a esta “desobediencia civil” de los colonos americanos en contra de sus regulaciones e impuestos era severa y violenta. El ejército y la marina del rey asesinaron a civiles y arruinaron gratuitamente la propiedad privada de la gente. “Él ha saqueado nuestros mares, asolado nuestras costas, quemado nuestras ciudades, y destruido las vidas de nuestros conciudadanos”, lamenta la Declaración.

Después de enumerar éstas y otras quejas, los Padres Fundadores dijeron en la Declaración:

“A cada grado de estas opresiones hemos suplicado por la reforma en los términos más humildes; nuestras súplicas han sido contestadas con repetidas injurias. Un príncipe cuyo carácter está marcado por todos los actos que definen a un tirano no es apto para ser el gobernador de un pueblo libre”.

Así, se tomó el trascendental paso en el que las colonias declararon su independencia de la Corona Británica. Los firmantes de la Declaración escribieron así que “nosotros empeñamos mutuamente nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor” en su causa común de establecer un gobierno libre y la libertad individual de los, por entonces, tres millones de habitantes de las 13 colonias originales.

Nunca antes en la historia un pueblo había declarado y luego establecido un gobierno basado en los principios de los derechos individuales a la vida, la libertad, y la propiedad. Nunca antes una sociedad fue fundada en el ideal de la libertad económica, bajo la cual hombres libres pueden producir e intercambiar pacíficamente con el prójimo en los términos que ellos encuentren mutuamente beneficiosos, sin la influencia de un gobierno regulador y planificador.

Nunca antes un pueblo había dejado claro que el auto-gobierno no sólo significaba el derecho a elegir a aquellos que ocuparían los cargos políticos y aprobarían las leyes del territorio, sino que también significaba que cada ser humano tenía el derecho a la autonomía y auto-gobierno sobre su propia vida. En efecto, en esas palabras inspiradoras en la Declaración, los Padres Fundadores estaban insistiendo en que cada hombre debería ser considerado como propietario de sí mismo, y no ser visto como la propiedad del Estado para ser manipulado por el rey o por el Parlamento.

Vale la pena recordar, por tanto, que lo que estamos celebrando cada 4 de Julio es la idea de que cada ser humano tiene derecho a su vida y libertad, y a su libre capacidad para perseguir la felicidad como considere oportuno sin que el gobierno paternalista y confiscatorio se entrometa en su camino. 

Artículo elaborado por Richard Ebeling, y publicado originalmente en el American Institute for Economic Research (AIER).

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