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Ya nos faltan entre 9 y 12 millones de jóvenes y niños

El déficit demográfico de España, esto es, la cantidad de gente joven que nos falta para tener una estructura de población por edades mínimamente equilibrada, tiene ya una dimensión que asusta.

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El déficit demográfico de España, esto es, la cantidad de gente joven que nos falta para tener una estructura de población por edades mínimamente equilibrada, tiene ya una dimensión que asusta.

De acuerdo con la pirámide de población actual (que más que de "pirámide" tiene forma de as de picas, como se aprecia en la figura, elaborada con las estimaciones de población por edades y sexos a uno de enero de 2010 del INE), ya nos faltan entre 9 y 12 millones de personas menores de 30 años.

Es un déficit espeluznante de gente joven y niños, cuyo impacto será muy negativo para el consumo, la productividad en las empresas y el valor de los inmuebles en España ya en esta década, y sencillamente nefasto para la sostenibilidad de nuestro sistema público de pensiones y sanidad a partir de la siguiente década.

Con 9 millones de jóvenes y niños más en España tendríamos no ya una pirámide, sino simplemente un rectángulo de población desde los 30-34 años para abajo, una estructura demográfica peor que la de la pirámide tradicional, pero muchísimo mejor que la actual, según se aprecia en la figura siguiente, en la que a la estructura actual por edades de la población española se han añadido en color verde la gente que faltaría en cada edad para llegar a esa estructura rectangular.

Y para que hubiera una verdadera estructura piramidal, aunque de pendiente menos pronunciada que la tradicional hasta hace un tercio de siglo en España (y por tanto, no tan beneficiosa para la economía que ésta), nos harían falta la friolera de 12 millones de españoles más con menos de 30 años, según se ilustra en la siguiente figura. Son cifras que marean, y que ilustran la magnitud extrema que tiene ya nuestro problema demográfico, que además sigue creciendo año a año, porque nos faltan unos 250.000 nacimientos anuales simplemente para que haya relevo generacional.

Y en Alemania faltan entre 20 y 33 millones de personas

Si repetimos el mismo cálculo con Alemania, un país más poblado que España y que nos lleva unos diez años de anticipación en caída de la natalidad, el resultado es aún más acongojante. Ya faltan 20 millones de alemanes con menos de 40 años sólo para que hubiera "rectángulo" de población en esas edades en su país, y unos 33 millones (!!!) para que hubiese una pirámide con una pendiente suave (la mitad de inclinada que la pendiente promedio entre los alemanes de 40-44 años y los de 65-69 años).

De hecho, la población nativa alemana lleva más de una década menguando, y  la población total de Alemania, incluidos extranjeros, decrece desde 2003. Incluso el flujo migratorio neto es negativo en Alemania desde hace varios años.

Con estos débiles mimbres demográficos, no es de extrañar que el PIB alemán lleve creciendo desde hace bastantes años a tasas mínimas, que sus inmuebles lleven unos quince años con los precios estancados o decrecientes en términos reales, y que Alemania ya no sea la "locomotora económica de Europa".

Es más, si no fuera por las exportaciones, Alemania estaría en recesión permanente desde hace cerca de una década, pues su demanda interna tiende a reducirse de forma continua por la pérdida de población y porque cada año hay menos jóvenes alemanes que el anterior (¡Sic transit gloria germanicae!). A su vez, estas exportaciones, en gran parte, fueron financiadas a los compradores porlos propios alemanes por vías directas o indirectas. ¿Tiene esto algo que ver con que el Banco Central Europeo pusiera tipos muy bajos en su día, y con que Alemania sufra ahora con tanta deuda griega o española?

Y todavía se quejan algunos de que el consumo alemán no despegue, y de que Angela Merkel haya impulsado recortes adicionales del déficit público alemán. Con plomo demográfico en las alas, que el consumo interno alemán -o el japonés- crezca de forma sostenida es poco menos que imposible. Y si Alemania no redoblara la austeridad en el gasto público, más allá de la actual crisis, su horrible evolución demográfica le llevaría a la quiebra de sus finanzas estatales, tal vez, en esta misma década.

No le queda otra, mientras no aborde la "reforma estructural" de fondo que más necesita a largo plazo (lo mismo que España o Italia): que sus ciudadanos tengan más hijos. No es un empeño imposible. Por ejemplo, Francia o EEUU, sin estar bien del todo en natalidad, tienen unas tasas de fecundidad y unas perspectivas demográficas mucho menos dramáticas que las de los españoles, alemanes, italianos o japoneses.

La inmigración ha mejorado el problema a corto, pero lo ha empeorado a la larga

Curiosamente, pese a la extendida creencia de que la inmigración es la solución a nuestro espantoso déficit de natalidad para que se puedan pagar las pensiones, en realidad, aunque los inmigrantes mejoran a corto plazo la proporción entre activos y pensionistas, si se quedan en España hasta jubilarse, a la larga la empeoran (aparte de que muchos de ellos, como es natural, gastarán su pensión española en sus países de origen). La razón de esto es que, como los inmigrantes llegan sobre todo en edades intermedias de la vida, para trabajar, la proporción entre los residentes de origen extranjero en edades intermedias y los niños y los adolescentes es aún peor que la de los españoles nativos, según se muestra en la figura.

Justamente por este efecto, sin inmigrantes, "únicamente" nos faltarían 7 millones de españoles con menos de 33 años para que, por debajo de esa edad, hubiese un rectángulo de población (más o menos el mismo número de españoles a todas las edades de ese intervalo.)

 Además, como se ha visto con claridad en los últimos años, aunque los inmigrantes tienen más hijos que los españoles de origen, se acomodan rápidamente a nuestros hábitos, y tienden a imitarnos en infertilidad una vez instalados en España, como recoge la tabla adjunta, fenómeno que se ha acelerado con la crisis económica.

Así pues, el déficit acumulado de natalidad en España, por las vacaciones colectivas que nos hemos tomado los españoles en el último tercio de siglo de nuestro deber biológico –y bíblico para los creyentes- de procrear, cuando menos, a ritmos que permitan el reemplazo de la población, alcanza ya un tamaño horripilante. Y esta carencia esencial no se soluciona a base de inmigrantes, bienvenidos si aquí nos falta gente y ellos quieren trabajar en España, pero que sólo son un remedio paliativo para el efecto nefasto sobre la economía española de nuestra pavorosa infertilidad, y no una verdadera solución de fondo a este problema, cuyas dimensiones son ya colosales.

Cuanto antes tomemos conciencia de la magnitud del problema demográfico, que supera en gravedad incluso a la actual crisis económica, como manifestó hace unas pocas semanas Jim Rogers, antes empezaremos a ponerle siquiera algo de remedio. Las cigarras que no cumplen con sus deberes en verano lo pasan muy mal al llegar el invierno. Y en nuestro caso, tras varias décadas de invierno demográfico, nos acercamos a un auténtico infierno demográfico.

Que ya nos falten entre 9 y 12 millones de personas, si no más, da idea del desastre que estamos engendrando por no hacer lo propio en materia de prole. Cuando el presidente Roosevelt instauró la Seguridad Social en 1935, en EEUU había 52 activos por pensionista. En España, actualmente, hay unos dos trabajadores en activo y cotizando por cada jubilado, y vamos poco a poco hacia proporciones del tipo uno a uno, sencillamente insostenibles.

No hay vuelta de hoja. El suicidio demográfico -analizado en anteriores artículos (I, II y III)- además de un horror en el plano afectivo, es un pésimo negocio colectivo. ¿Cuándo empezaremos a dejar de mirar para otro lado, reaccionaremos, y repuntará de forma vigorosa nuestra natalidad? ¿Cuando ya sea muy tarde?

Autor: Alejandro Macarrón Larumbe

Consultor de estrategia empresarial y corporate finance

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