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Estoy contigo, Pablo

Para mí, apoyar a Pablo Casado es recuperar aquel PP vasco de Gregorio Ordóñez, abogar por la vuelta a esos orígenes, a un discurso firme, claro y sin medias tintas.

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Pablo Casado | LD - Sergio Sánchez M.

Me llamo Bea Fanjul, soy vasca de nacimiento y española de raíz. Hace 158 días hablé, me grabaron, se armó un gran revuelo en las redes sociales y me convertí involuntariamente en una referencia de dignidad y valentía; al parecer, por tener el coraje de contestar a una pregunta desde el corazón y con la esperanza de que, juntos, mejoremos.

Mi tierra, el País Vasco, está en manos de un poder que arrasa en el mundo y al que yo no me someto. Un poder llamado nacionalismo, tan hegemónico como venenoso, que se ha erigido sobre el sudor y las lágrimas de tantos españoles que dieron su vida por defender la libertad de los demás. Un poder que se ha convertido en una religión implacable que proscribe la duda, y donde la libertad como tal no existe.

Un poder, huelga decirlo, perfectamente organizado y que, como no podía ser de otra forma, hizo presa en el sistema educativo, pilar fundamental de la manipulación, donde ya no puedes ni tan siquiera elegir el idioma, a no ser que tengas una buena billetera, y te restringen cada vez más las oportunidades de salir al mundo y formarte, dado que priorizan la lengua por encima de las capacidades técnicas.

Un poder que se burla de la capacidad intelectual de la gente al abordar la ruptura de España desde el derecho a decidir, que organiza cadenas humanas mientras la asociación cultural más admirada por el régimen (Gure Esku Dago) invita a los bares a contribuir con un 10% de sus ganancias a una lucha que, cómo no, cuenta también con el apoyo incondicional de nuestro equipo de fútbol, el Athletic.

Un poder, en fin, que, con el dinero de todos los vascos, crea una ponencia de memoria y dignidad para todas (sic) las víctimas del terrorismo pero que no hace sino blanquear a los terroristas mientras escupe sobre la dignidad de unos héroes.

Necesitamos alzar la voz, necesitamos parar los pies al partido hegemónico en el País Vasco y necesitamos poner freno a la deriva actual, porque nuestro pasado nos ha llevado a un presente saturado de olvido y silencios cómplices y blanqueadores.

La decadencia abruma y parecía no tener remedio. En el País Vasco y en el resto de España. Sin embargo, para mí, el 24 de junio todo cambió.

Pablo Casado visitó Ermua, y llevó consigo la valentía, el aplomo y el arrojo que tanto necesita la sociedad vasca. Le escuché ante el monolito de Miguel Ángel Blanco y no pude evitar sonreír, porque vi ahí la esperanza en un futuro mucho mejor.

Apoyar a Pablo no es para mí algo meramente simbólico. No lo veo como un relevo generacional al uso, ni siquiera me influye demasiado el hecho de que los dos hayamos crecido en Nuevas Generaciones. Para mí, apoyar a Pablo es apoyar al País Vasco; es alzar la voz contra el yugo nacionalista; es dignificar a las víctimas del terrorismo; es defender la unidad de España, volver a prestar atención a los principios y valores que un día dejamos en la mesita de noche. Con Pablo me entran aún más ganas de decir bien alto que no somos vascos de segunda, que no queremos más imposiciones, ni silencios cómplices; que nos sentimos orgullosos de nuestro pasado y que tenemos una deuda impagable no sólo con María San Gil y Jaime Mayor Oreja, sino con todos los afiliados de base que se han dejado la vida por defender la de los demás.

Para mí, apoyar a Pablo es reconocer errores como la gran pérdida de capital humano que supuso la marcha de Ortega Lara, hoy en Vox. Es recuperar aquel PP vasco de Gregorio Ordóñez, abogar por la vuelta a esos orígenes, a un discurso firme, claro y sin medias tintas que llama a las cosas por su nombre: a los pistoleros, asesinos; y a sus testaferros institucionales, basura cómplice.

Para mí, apoyar a Pablo es evitar una Cataluña 2.0 en un País Vasco marinado en el silencio prudente de los nacionalistas, donde un terrorista que asesina a un inocente materializa la voluntad del pueblo vasco y un condenado por pertenencia a banda armada es un hombre de paz.

Apoyo a Pablo porque su mensaje es claro, directo. Porque no tiene miedos ni complejos. Porque ha llenado de ilusión a aquellos a los que dejamos marchar y ha cargado de esperanza a los que seguimos aquí.

Porque creo que eres capaz de revertir la decadencia, estoy contigo, Pablo. Y porque contigo, Pablo, creo que gana España.

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