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Bernd Dietz

Carnaval, Carnaval

¿No creyó el profesor Rawls, un venerable dómine de Harvard que iba para pastor episcopaliano y prosiguió con la prédica, que el mérito de verdad resultaba incompatible con la justicia? ¡Chúpate esa mandarina!

Bernd Dietz
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Si un socialista es a menudo un hijo de franquista con tanto amor filial como vocación de engordar el patrimonio familiar, que asume el lucrativo deber de radicalizar y ridiculizar su retórica hasta el punto de exigir que se ejecute a diario en efigie a los compañeros de armas de papá (los pobreticos, compasivos, no dirán palabra), porque ¡las gansadas que hay que hacer para seguir influyendo entre los vencedores!, ¿quién es su antagonista? Pues acaso un hijo de apolítico decente o de republicano ilustrado, vástago que un día soñó con instaurar los usos de una democracia occidental en estas agrestes estepas, mas no tardó en notar que, para sobrevivir en política, había no sólo que dar por sacrosanto el travestismo de sus oponentes, sino reconocer como propia la inexistente culpa de sus progenitores. Además de tragarse sin rechistar el espeso puré de mentiras oficiales respecto a la legitimidad y prioridad de los regionalismos etnicistas, que desde la rustiquez carpetovetónica se proclaman no españoles; a la mejor manera de gestionar los varios terrorismos con supuesto móvil ideológico y tufo a transversalidad; a la ahora progresista necesidad de conservar, junto a una justicia y una educación orgánicas, una economía endogámica de paternalismos caciquiles y sindicalismo vertical; o a la más blandurria, por cateta, alineación de España en el tablero internacional.

Con tales criterios de selección, es comprensible que la cosa pública esté como está y que las gentes bienintencionadas huyan de ella como de la sífilis. Lo público, es sabido, algo comporta. Contaminación con aquiescencia no puede escocer. Claro que, si por hallar consuelo edificante, buscan refugio en las cimas del espíritu, el batacazo puede ser morrocotudo. Esos poetas sensibles, aquellos indómitos cantantes, las actrices y narradoras de erotismo transgresor, nuestros columnistas de fuste, los refinados eruditos y filósofos, el sumo sacerdote de los derechos de autor, del que antaño conmoviera su desvelo por los viejos artistas sin calefacción, ¿en qué han quedado? Nada menos que en una rondalla de henchidos guardaespaldas, de chicas para todo del ejecutivo, de catedráticos de la ceja, de pregoneros y matasietes de acción rápida, que piensan, reaccionan y vapulean al unísono. Un lustroso cuerpo, con buena parte de ellos ocupando plazas de funcionarios vitalicios, por si vinieran mal dadas. De modo que estas prendas del altruismo y la utopía se adhieren a una causa de tramoya como la huelga general, advirtiéndonos que no por esto desfilan en contra de los que mandan sobre la policía y los presupuestos, qué va, antes bien su antagónico reverso. Esto es que, abrazados al frente común del trapicheo compartido, se manifiestan, un brindis al sol como encausar a Don Pelayo por subvertir la alianza de civilizaciones, en contra de los bancos, el capitalismo, las leyes del mercado y el libre comercio. Contra la contabilidad monda y lironda. Contra ese explotador sistema en el que ellos, junto a los compañeros estadistas de izquierda y los filántropos amigos como el Sr. Soros, se sienten convocados a ocupar siquiera un ático con exclusividad, embarcarse en cruceros y zampar por lo alto.

Lástima de oportunidad perdida, una vez más. Podríamos, en esta ocasión y como novedad, haber desenmascarado a los farsantes y humildemente comenzado a hacer pedagogía. En serio y de la buena. Para empezar a transformarnos en ciudadanos emancipados y frugales, a cuenta de la crisis con que nos obsequiaron, junto a los gobiernos despilfarradores y a los socialistas de todos los partidos, todos y cada uno de los fantoches individuales que, sin saber ni contar con los dedos, se agenciaron el piso en propiedad, el apartamento en la playa, el rugiente BMW, el segundo divorcio con el tercer matrimonio, así como las repetidas vacaciones en paraísos exóticos, que donde se cuartea el marxismo puede el viajero adquirir hedonismo pubescente por cuatro perras. Nos lo jalamos todo a crédito, porque nos embaucaron los especuladores perversos. Para despotricar del consumismo cuando se acaba el chollo y demandar acto seguido que prendan fuego a los barrios de la burguesía profesional, esa que no gozó ni de la mitad de esos placeres, pero cursó estudios, guarda ahorros y luce modales. Una provocación repugnante. Igual que, atesorando talento, no ser de los nuestros. En cuanto los pijos disfrazados de rojos del gobierno levanten la veda, los agraviados teledirigidos irán a por quienes les señalen. Sin duda, a por los desafectos, los librepensadores y los industriosos. ¡Pues no están para parar un tren sus hijas núbiles! ¡Que venga la revolución, jajajá! ¡Tocamos a mucho! ¿No creyó el profesor Rawls, un venerable dómine de Harvard que iba para pastor episcopaliano y prosiguió con la prédica, que el mérito de verdad resultaba incompatible con la justicia? ¡Chúpate esa mandarina! No hay que extrañarse de que cualquier ricacho o mangonero manilargo que se precie porte el carné de socialista firmemente embutido entre los implantes dentales. Incluso cuando corre en su chalet, a galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar, ensuciando la moqueta al primer retortijón.

Bernd Dietz es catedrático de Filología Inglesa y escritor.

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