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Bernd Dietz

Corrupción

A qué tanto alardear de pluralidades y diferencias profundísimas, cuando el olor a chorizo nos aúna como a hermanos.

Bernd Dietz
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La corrupción, menuda bicha. Indignarse ante ella suena tan postizo como cuando un aspirante a gobernarnos proclamaba, con su aire de vendedor de estampitas , que el país no se merece un Gobierno que mienta. ¡Caracoles! ¿Cómo que no? ¿Acaso se pretende más intachable aquél que éste? ¿Es que alguien se ha propuesto romper de improviso, sea gobernante democrático o ciudadano corriente, el hábito de engañar de oficio, con gracia y miramiento, por utilidad manifiesta, para arremeter puritanamente contra un sobreentendido cultural que, de puro asumido, casi ofende mentar? ¡Ni que esto fuese América, donde el mentiroso cae fatal y al universitario le crujen por copiar!

Lo de la corrupción es de esa laya. Lógicamente le cunde más a los que disponen de más cancha, por acaparar presupuestos y resoluciones de cierto postín. Vaya obviedad. El resto, con enchufar a la hija, pillar alguna baja fraudulenta, hacerle la cama a ese colega tan prometedor o llevarnos a casa los rotuladores, que habiendo niños se volatizan como por ensalmo, agotamos el cupo. Pero eso no significa integridad, ni hacerle ascos a la ley del embudo. Tampoco desconocer que el pícaro, el enjundioso arquetipo patrio, es normalmente el simpático, el avisado sabedor del terreno que pisa, nuestro buen salvaje rousseauniano. Su campechanía triunfante va del palacio al villorrio, del sindicato a la constructora. Por mucho que al personaje puedan jeringarle las contramaniobras de la competencia.

Para atajar la corrupción, tendríamos antes que encontrarla deshonrosa. Percibirla íntimamente como algo repugnante y ajeno a nosotros. Entonces sería factible desenmascararla, ponerla a parir y acabar constriñéndola a una marginalidad de empecinados, pervertidos y apestados. Mas antes de emprender tan colosales reformas, deberíamos experimentar con el bricolaje casero. Por arrancar, podríamos ir adelgazando la costra de santurronería sectaria; proseguir con una ración a palo seco de autocrítica; y concluir rechazando, con convicción no fingida, todo beneficio propio que germinara basado en una trampa. ¿Verdad que parece irreal funcionar sin do ut des y chanchullo? Como apagar la televisión y existir sin resentimiento. ¡Si hasta hemos conseguido que palabras como "competitividad", "meritocracia" y "excelencia", a menos que se profieran de boquilla, resulten reaccionarias y oprobiosas!

Cambiemos de rumbo, pues, desde cuando nos pete. O mantengamos la derrota, si es lo que por aclamación popular y transversalidad ideológico-regionalista sabe mejor. A qué tanto alardear de pluralidades y diferencias profundísimas, cuando el olor a chorizo nos aúna como a hermanos. No cabe la impresión de que el actual sarpullido de escándalos se inscriba en una campaña moralizadora, venturosamente inspirada por una súbita transmutación del protocolo étnico. Antes bien, atisbamos chantajes, venganzas, estratagemas y traiciones que acaso tengan no poco de augurio intranquilizador. Justo ahora que habíamos reduplicado los niveles de gobierno y administración, al objeto de redistribuir los escurrideros para el gasto público, irrumpe la crisis revelándonos que comisionistas, facilitadores y allegados también sufren. Y nos querrán hacer llorar. Veamos si es una nueva antesala de barbarie castiza, o resquicio para que se expanda el tejido sano.

Bernd Dietz es catedrático de Filología Inglesa y escritor.

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