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Bernd Dietz

El artisteo

Lo mejor llega cuando el cantante amenaza cariñosamente al Gobierno con la infausta contingencia de que ellos pudiesen no existir. ¿Qué drama le sobrevendría al gobernante? Que dejaría "de disponer de solapas en las que colgar las medallas". ¡Qué terror!

Bernd Dietz
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Son estupefacientes las deposiciones que se ha permitido un dizque miembro de las bellas artes, que no del género chico, dándose tal epifanía en ocasión solemne, la de trasladarle al Gobierno y a la nación lo que para él supone su cofradía y cómo, a su experto entender, habría que tratarla. Criado desde chiquitín entre algodones y lujos por parte de progenitores famosos, dotados de algo más de talento que él, forma con aplastante lógica parte eximia, de ahí su portavocía, de nuestro entrañable progresismo de radicalidad izquierdista, ubicuidad mediática, prelación moral, robusto patrimonio inmobiliario y, si se tercia, providente SICAV, pues entre nuestro rojerío hay incluso fortunas menguadas por Madoff. Un gremio para el que cuenta lo mismo Brahms que Ramoncín (a lo sumo, mediremos el genio por la cifra de discos vendidos) y cuyos desvelos adoctrinadores, fomentados desde la autoridad institucional, no nos desatienden jamás.

Suplica el pobrecillo cincuentón, adoptando el plañido de quien no tiene ni para pipas: "Mímennos. Pedimos que no nos desamparen, que no nos dejen huérfanos y que, cuando respiren, recuerden que somos eso, aire, sólo aire". Y por si tamaña confesión de inanidad, carencias afectivas y desvalimiento no bastase para enternecernos, añade, ya con timbre más recio: "Somos simplemente artistas en todos sus campos, lo que equivale a ser honestos, coherentes, intuitivos, ingenuos, malditos, incómodos y, sin embargo, para bien o para mal, tan necesarios como el aire, que no sólo mantiene la vida en vida, la da". No se diga que no son sustanciosos desparpajo, apología, silogismo y sintaxis, por emular su ardor enumerativo. Ni que no hayamos logrado, con el recambio generacional, trocar las herramientas gramscianas por las técnicas de Gaby, Fofó y Miliki. Todo es probar ingenierías sociales, ajustando la mira al beneficiario y su grey.

Tal vez porque los paraísos artificiales, junto a las ubres de una tal Susana Estrada, quedaron en su día redimidos por aquel sedicente regidor marxista (al que el franquismo de 1948 había nombrado nada menos que catedrático de Derecho Político) –pues para creer felizmente en la transición era aconsejable un rimbaudiano desarreglo de los sentidos–, el ídolo de masas se contempla a sí mismo como droga. Una droga no sólo legal, sino a prescribir y financiar por los poderes públicos. Así, califica a sus colegas y a sí mismo de "aporte farmacéutico a la sociedad". Aunque, como sigue quejoso, y capta que la suerte de los animalitos es otra prioridad, reitera que los artistas están "al borde de quedarse huérfanos, a esto de la extinción, como los osos polares y los linces ibéricos".

¿Soluciones? Si hemos de abatir el huracán salvando a los artistas, menesterosos resistentes como él, la clave no está en la libertad, que diría Lenin. Lo que el creador ansía es "amparo, protección y leyes"; o, si éste repara de pasada en el peculio, "complicidad fiscal". Pero lo mejor llega cuando el cantante amenaza cariñosamente al Gobierno con la infausta contingencia de que ellos pudiesen no existir. ¿Qué drama le sobrevendría al gobernante? Que dejaría "de disponer de solapas en las que colgar las medallas". ¡Uf, qué terror!
Bernd Dietz es catedrático de Filología Inglesa y escritor.

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