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Bernd Dietz

Estos lodos

Ahora se trata de apagar el incendio de la pavorosa deuda con gasolina, pues los indignados no perciben la viga en el ojo de quienes gastaron a mansalva proclamando "su" derecho humano, o más propiamente divino, a derrochar con displicente largueza.

Bernd Dietz
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Reivindican los indignados que quien no pueda pagar la hipoteca siga tan pancho en "su" piso, que el parado reciba un subsidio indefinido, que se incremente el gasto sanitario para mantener la gratuidad universal y eliminar listas de espera, que se provean fondos para la ley de dependencia hasta cumplir lo que era un demagógico brindis al sol, etcétera. Y miran sin disimulo a quienes poseen ingresos o bienes tangibles, entiéndase profesionales activos, bancos, industriales y propietarios de cuanto pueda convertirse en parné. Piensan menos en los mercados, en continuar mendigándole créditos al capital exterior, inasequible a la intimidación revolucionaria. Y nada en volverse japoneses o alemanes, vaya fatiga. Mejor el buenismo asimétrico, manu militari y metiendo el turbo, porque yo lo valgo. Dichas pretensiones sólo serán ejecutables, como anticipo del tercermundismo chavista, mediante el terror y la quiebra de toda cordura. Ocurrencia que comportará una duradera caída en desgracia ante el mundo civilizado.

El nacionalsocialismo del pelotazo, los ERE y la corrupción rampante está exhausto. Ese sistema que celebraba el suculento romance entre la oligarquía económica, los regionalismos excluyentes y los voraces caciques de izquierda, parentela extensa incluida, para que la mona pudiera vestirse de seda y presumir de hípica. Ahora se trata de apagar el incendio de la pavorosa deuda con gasolina, pues los indignados no perciben la viga en el ojo de quienes gastaron a mansalva proclamando "su" derecho humano, o más propiamente divino, a derrochar con displicente largueza. Saqueando el futuro para zamparse el presente. Siempre ordeñable, la clase media pagará con sus ahorros la factura. La consigna es la igualdad. Régimen en el que el bienestar será lujo exclusivo de los ingenieros de almas (verbigracia, ese millonario marxista que se mete con Bono) que monopolicen la violencia y el BOE. Y de los plutócratas o propagandistas de la ceja que impulsen concertadamente el empobrecimiento igualador. "Política social" para los súbditos que impondrán hordas de flamantes funcionarios designados a dedo.

¿A qué llorar por la leche derramada? Ese cántaro lo hemos roto a sabiendas, con alevosía, por resentimiento y aversión a la aritmética. Por farruca estulticia, al contar con doce cigarras por hormiga. Hemos despreciado la oportunidad de construir una sociedad meritocrática, culta y laboriosa, de solidaridad intergeneracional, basada en la discriminación entre justos y pecadores y revestida de seguridad jurídica. Ahora caerá sobre nosotros el abuso de quienes venzan tras una pugna mortífera, a la que acaso concurra el fascismo. Podría nacer de la indignación de obreros, pequeños comerciantes y modestos autónomos hartos de que les minen su supervivencia, organizados reactivamente en némesis nefasta de derechas. Experiencia que en nuestra fatal arrogancia desconocemos, habituados a tildar de fascistas a quienes defienden con amable pulcritud el liberalismo. O a espíritus creativos que piensan por cuenta propia, tal la encantadora Russian Red, tan irritante para algún tarado aspirante a matón. ¡Qué ironía, que en diccionarios clásicos aparecieran como sinónimas las voces "liberal" y "progresista"! Sin duda, porque el estanque franquista, de sindicatos verticales, moralina oficial y paternalismo prohibicionista no difería demasiado del zapaterismo. Basta comprobar apellidos de sagas familiares, obviando zafios timos de memoria histórica, según rechazan la manipulación hasta los escaldados herederos de Lorca o Picasso. El progresismo entonces retenía ecos emancipadores, que hablaban de responsabilidad y libertad individuales. Grecia será una broma a nuestro lado. África empezará en los Pirineos, igual que antaño. Brindándonos un tórrido horizonte para saciar las ganas de igualdad.

Bernd Dietz es catedrático de Filología Inglesa y escritor.

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