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Bernd Dietz

Frío al amanecer

Conviene que haya tensión, peroraba Gabilondo. Tal Ekaizer especula ahora con un accidente para que el izquierdismo recoja las nueces. ¡Equilicuá!, cómo se nos había escapado tan descomunal sutileza.

Bernd Dietz
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Hay un mundo de belleza y uno de fealdad, en contrastable objetividad fenomenológica. Si se cierran los ojos y el propio corazón abriga sentimientos nobles, se vislumbra dicho mundo de belleza, ética, cortesía, lenguaje inteligente y fidedigno, creatividad admirable o paisajes que despiertan amor. Don que es palpable y se puede reconocer, con salvedades, en otras latitudes. Mas si los abrimos aquí, constatamos que a cualquier realidad o potencialidad hermosas, a cada oportunidad de mejora, justicia o dignificación, hay adherida una película compuesta de fealdad, hipocresía, envidia, doble sentido, mezquindad y segundas intenciones. Que las sonrisas encierran puñales. Toda ley una trampa. Cualquier gesto de bondad una invitación al rencor. Que las apelaciones a rechazar y corregir lo viciado, a fortalecer o recompensar lo edificante y saludable, a salir de una vez (por qué no ahora mismo, basta proponérselo) del subdesarrollo moral y la indigencia intelectual, esconden una antesala de prevaricación, desmán, venganza, usurpación y latrocinio. Una ocasión para el cambalache y la desviación grosera que, según se acaba percibiendo en las carnes, venía calculada con astuta presciencia por legisladores, gestores, árbitros y usuarios.

Sería interesante comenzar a averiguar por qué España se ha condenado a sí misma con tamaña contumacia. Por qué, habiendo disputado una Guerra Civil tan cruenta cómo alevosa, tras levantarse con sufridas estrecheces, ha dilapidado su futuro en una transición fallida, en la que los herederos nos hemos comportado como advenedizos fatuos y malcriados. Como cigarras cortoplacistas, carentes de vergüenza, espíritu patriótico o cerebro. Vistiendo ingratitud y arrogancia patológicas. Por qué le hemos dado hasta tal punto la razón, tras venga lamentarnos de las represiones, a quienes argüían, no sin paternalismo ofensivo, que no estábamos preparados para la libertad responsable y el autogobierno honesto. Por qué nos hemos estallado, cual horteras miopes, el abultado caudal de simpatía procedente de Europa y del mundo avanzado (obraban a favor nuestro la buena imagen turística, el carisma de un pasado esplendoroso, la pintoresca acumulación de malentendidos románticos, la mitología mentirosa de los años treinta con aquellas malas conciencias inoculadas por los predicadores de la teología marxista o, en fin, las gratuitas bendiciones del clima y la naturaleza; carretones de subterfugios victimistas, en lugar de méritos propios). Algo que suponía el gordo de la lotería en monodosis equina y no va a reproducirse, si es que cae esa breva, en largo tiempo.

El autoengaño y la corrupción próvidamente sembrados han germinado con vigor. La eclosión de sus frutos invade cualquier resquicio y ciega la visión. No se avista salida y bastante tienes con llegar al final de la jornada sin sufrir estropicio y quedarte dormido. El liberalismo, la meritocracia, la excelencia educativa, el pensamiento independiente, la iniciativa individual y la rectitud consecuente están requetemal vistos. Los pintan como suicidas nuestros caporales. Las ovejas balan, imploran protección. Aprueban que se agreda a quienes los exigen como única fórmula para dejar atrás la prosternación. Para transformarnos en adultos, serios, capaces, fiables y emancipados. Algo que no tenemos más remedio que ensayar cuando emigramos a otro país, donde acabamos sabiendo competir con los mejores sin complejos. Por eso la señora Merkel quiere llevarse jóvenes talentos a Alemania, mientras el Gobierno español aplaude con las orejas. ¡Eso, eso, que se larguen cuantos puedan hacerle sombra al egresado medio de la LOGSE! A más sinecuras tocaremos, y con menos fatiga. El asco a la inteligencia es el asco a la inteligencia, lo manifiesten Millán Astray o Leire Pajín. Dominar idiomas, valiente pijerío. Discriminación intolerable. Preferimos los chistes con subanestrujenbajen.

¿Qué impide levantar cabeza aquí? Que las principales instituciones del país desvirtúan sus funciones ejecutando obscenamente lo opuesto a lo que deberían. Sus actuaciones son a éstas lo que la telebasura es a la televisión. Hemos consolidado un colectivismo de inmoralidad sobrentendida, de zanahoria, zafiedad y tente tieso. La intimidad es objeto de ingeniería social. Los artistas segregan ramplonería. Los intelectuales son lacayos de los poderosos o, en el menos dañino de los casos, levitan observándose el ombligo. No existe sino la religión del poder, que requiere que jamás decrezca el número de tontos. El multimillonario y el impostado redentor de los más pobres se rascan mutuamente las espaldas. La prensa y el gobierno progresistas van de policía bueno, te invitan a la delación y a la autoinculpación sin motivo, verás cómo compensa y te evitas desgracias.

Decía el señor Arzallus que España poseía una democracia de baja calidad. Tenía aquel jesuita más razón que un santo. Es más, la frase se queda corta para lo que suman nuestros merecimientos y realizaciones. Lo que sucede es que no era éste el más indicado para proferirla, ni lo hacía desinteresadamente, al ser actor y coautor primordial, junto a sus colegas de casta dirigente, en esa pantomima que parece llevar siglos en cartel. Mascarada atestada de zánganos, matones, infamadores, sicofantes, comisionistas, aduladores. Y la aparición estelar de fantoches con tupé perpetrando gárgaras con las jotas. Esperpento que termina mal, sin gracia alguna, con la virtud pisoteada, las hienas intercambiándose dentelladas y el escenario regado de cadáveres. Con la esperanza reducida a escombros. Las miradas de los espectadores se clavan en un panorama de disformidad ubicua. Que rezuma tristeza, gruesa estupidez, al señor Rubalcaba. Un odio que se masca. Con regusto a Prestige, a 11-M, a faisán, a puño americano, a togas cazcarrientas. Conviene que haya tensión, peroraba Gabilondo. Tal Ekaizer especula ahora con un accidente para que el izquierdismo recoja las nueces. ¡Equilicuá!, cómo se nos había escapado tan descomunal sutileza. De cajón, algo que cause impacto nacional y parezca un accidente.

Pero en qué infierno vivimos. Esto no se endereza sustituyendo por otro comediante al gárrulo señor Zapatero, que estridente protagonismo lleva en el descalabro.

Bernd Dietz es catedrático de Filología Inglesa y escritor.

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