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Gente de orden

Nada más definitivo, ni más definitorio, que la oposición que retrata pestilentemente el tierno Matas, enésimo regüeldo adherido a esa galería de quinquis con corbata. A ese contubernio de figurines. A ese saco sin fondo de cutrez. Ya no sabemos si los conservadores saquean como los progresistas, o se entrenan. Éstos, como se verifica con el comulgante clan Bono y demás magnates del socialismo ultramontano, artistas de la síntesis a los que nadie osaría empurar por una banal disparidad entre el tren de vida y los ingresos oficiales (en la que florecerían empresas familiares, casoplones, fincas, cochazos y caballos de pura sangre, lo mínimo en un mandamás del proletariado), han conquistado las revistas del corazón. Igual que aquéllos, que antaño escasamente tenían que dosificar el patrimonio acumulado con piratería amortizada por el antepasado, hogaño buscan aggiornamento en el comisionismo corleonés, cual si ya fuesen astros del progresismo. O del Palau. O como esa señora insular que de joven era monísima, según evocaba con añoranza un alto magistrado, dama a quien todos los partidos desearon ver feliz, haciéndole agasajos y elevando sus ofertas lo que fuera menester, a cual más acaramelado. Estamos ante un circo con varias pistas, interclasista y transversal. En el que, invariablemente, el payaso del PSOE va con la cara muy blanca y da lecciones de anticapitalismo, mientras que el payaso del PP, narizotas sandio, se lleva las bofetadas. Nosotros aplaudimos o silbamos, según reclame el presentador, y luego nos dan caramelos. La programación aparte, cuesta imaginarse a cualquier sisón de la nomenklatura ejerciendo sin el visto bueno de los jefazos, con la cantidad de anuencias que eso requiere engrasar, lo cual explicaría no sólo los mimitos partidistas hacia el pringado que podría mandarse un aria, sino los desfases entre lo evaporado y lo rebañado pro domo sua por el manilargo de turno, apenas la comisión de la comisión. ¡Filesa vive!

Que la alternativa sea la izquierda radical, la que roba mucho menos, ella sólo requisa, y prefiere asesinar e igualar por debajo (porque a su hermana de leche la derecha extremosa, la del resentimiento oclocrático que invoca el matonismo etnicista, no la acabamos de vislumbrar, salvo entre cachorros separatistas, o qué importa a estas alturas de la apocalíptica némesis), la cual, mientras tanto, que diría el ex falangista Sacristán, resiste pasablemente, al situar peones para dirigir los coros y danzas del lodazal cultural, tampoco nos consuela, aunque algunos llegamos hace tiempo a colaborar con dicha utopía por pura e inconformista desesperación, por irracionalidad desbocada. ¡Qué mimbres, a fe, para evitar que se nos rompa el país!

El liberalismo es edificante, Hayek y los suyos. Es epistemológicamente útil. Intelectualmente consistente. Mas requiere el concurso de cierta inteligencia consecuente, de estirpe estimuladora, de imperativo categórico: las antípodas de Torquemada. En poco nos auxilia si miramos alrededor. Porque el vecino al que sonreímos cortésmente cada mañana en la escalera no está en tales cábalas. Le sonarían a herejía, si pretendiéramos su complicidad. Nos miraría peor, cavilando sobre lo que le apetecerá hacernos cuando le levanten la veda. De modo que no tenemos con quién compartir la zozobra, el afán de hacer algo que favorezca al conjunto de la civitas, que nos permita desbastarnos y ser un adarme homologables con los vecinos menos ramplones. Pues lo del corazón de Europa no sonaba mal. Aunque el enunciado haya quedado inutilizado, como toda su esdrújula verborrea, por el zoquete psicópata, que está más en la media del padrón subpirenaico que cualquiera de los que, con rebeldía espontánea y patriotismo elemental, rechazan las trapisondas. Reconozcamos que el imperio de la ley no sirve para nada. Que la accesibilidad del conocimiento no sirve para nada. Que los sanos ejemplos no sirven para nada.

No conforta saber que tenemos razón, que nos despeñaremos juntitos, que el mejor consejo para nuestros hijos será que se marchen a otro lugar y busquen vivir con cordura. Ni que nos sobren argumentos para describir la ruina nacional, de la que formamos parte culpable. Hemos metido a fondo perdido esfuerzos, ahorros e ideales. Permanecemos amarrados al erial: la vivienda, que vale la mitad del precio, aún sin pagar; el trabajo ineludible, soltando nuestro peaje a la putridez; las tumbas familiares; el habla que rebota con crudeza en la plaza. Nos avergonzamos de haber sido tan torpes, tan parsimoniosos, tan ingenuos. Tan pésimos arúspices. Somos, salvando el abismo entre potencia y acto, como judíos húngaros que no se marcharon a tiempo, los malditos idiotas, porque estimaban que podían proseguir en su hogar, cumpliendo con decoro y sin causar mal a nadie, a la espera de que los salvasen del genocidio teutónico la compasión, la justicia, la honestidad, la conciencia, la comunidad internacional, el sentido común. Qué tontos, qué ciegos, qué entrañables. Qué dignos de nuestro lacerante cariño, lo mismo que los destripados por Lenin, Stalin y Pol Pot, millones de inocentes, que debemos honrar sin ponernos quejosos, porque nuestros sicarios están todavía amodorrados, y así sigan cuanto les pete. Prisa no hay, sabiendo que no existe escapatoria y que los mismos que hoy nos expolian comandarán los escuadrones del amanecer de mañana, cuando Occidente haya decidido que somos la irrecuperable hez y no resultará inmerecido un descaste.

Vayámonos a andar, mirando hacia adentro. La hipoteca no hay quien la reduzca, y la casa es invendible. Sólo servimos para continuar zascandileando en este régimen, a base de trueques vergonzantes. Podemos relajarnos, cual si nos corroyera un cáncer incurable. Comamos y bebamos, sin exagerar. Saquemos brillo a nuestro viejo coche. Alineemos los libros. Qué preciosos sus lomos tan distintos, y cuánta la belleza capturada en sus páginas. Pongamos un CD de ópera, y hagamos que los niños permanezcan muy quietos, enseñándoles que lo evocarán con añoranza después. Tengamos paciencia con los seres queridos. Si vienen próximas elecciones, nosotros ya las hemos perdido. Porque aquí jamás ganan los buenos. Godot no bajará hasta este sur tórrido y exhausto. Admitamos que lo nuestro es pasar. Amor terminal. El pasado de una ilusión.

Bernd Dietz es catedrático de Filología Inglesa y escritor.

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