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Función social

Intelectuales

Supongamos por un segundo que un intelectual al uso no fuera una especie de palmero, que bendice los desafueros del poder a cambio de carantoñas contantes y sonantes. Sino en verdad un sujeto crítico, aficionado al bien y la verdad, que utilizase sus dotes retóricas y expresivas para someter a escrutinio lo que hay. Ya saben, para desenmascarar las mentiras y tratar de reflexionar sobre cómo mejorar el mundo hic et nunc. Sin cobrar ni engordar él a costa de los demás. Supongámoslo, como experimento filosófico.

Tal intelectual, cuya existencia cabría concebir aunque en su día errásemos al confiar en la integridad de quienes desde la progresía cultural se declaraban demócratas, rechazaría como postura previa todo partidismo. Tendría que ser más amigo de la cognición que de la conveniencia, lejos de cualquier camarilla. Nadie dice que esto sea fácil, menos aún cómodo, en modo alguno lucrativo. Sólo que se trata, en puridad, de su competencia. Nadie te obliga a ser médico, si te dan grima los enfermos, ni a hacerte escalador, si sientes vértigo subido a una escalera. Pero resulta grotesco vivir de una especialidad para la que no tienes condiciones, ornarte con plumas que no te corresponden, practicar el intrusismo tramposo, vender cuentos chinos.

¿Que la traición y el turiferismo comportan beneficios? Ya lo sabíamos. Pero un intelectual no debe, por deontología profesional, valerse permanentemente de esos ardides, igual que despediríamos a un fontanero que desconoce cómo arreglarnos el grifo que gotea. ¿Por qué al intelectual se le consiente, a estas alturas, que justifique el estalinismo (algo tan humano como carnicero, véase el instinto de masa de Canetti), ensalce al Che, nos reinvente la historia, cultive una moralidad selectiva y asimétrica, barra para casa al adjudicar premios y castigos y se blinde mediante el gremialismo o la falacia sentimental al extender la prevaricación, como un astroso titiritero perito en aspirar rayas? ¿Por qué se le tolera que alegue santurronamente ignorancia cada vez que le pillan en renuncio, cuando notamos que miente, comprobando la razón por la que lo hace y la intoxicación que provoca? ¿O, lo que canta todavía más, que recoja previsoramente velas, como un Azúa o un Muñoz Molina, cuando ya todo apesta, buscando refugiar en sagrado cada una de sus cuatro patitas, como en ese juego de moqueta en el que, para ganar, hay que mostrar una elasticidad estrafalaria? 

Hemos dicho estalinismo, como podríamos haber dicho islamismo, cristianismo o cuanto masacre y someta (sentimos sacarlo; habrá comunistas, musulmanes y cristianos dulcísimos, a los que cabrá respetar, sin compartir sus creencias, cuando tengan a bien renunciar a imponérsenos). Cualquier ideología o conglomerado doctrinal culpable de haber en su momento de apogeo impune establecido su propia teocracia, su totalitarismo exclusivo, su dogma ficticio destinado a amedrentar y embelesar al rebaño, mientras sus pastores se repantigaban en la maldad (tal el fundador de los Guerrilleros de Cristo), so pretexto del boato institucional o su sacralizada seguridad física, y concedían de paso expansiones prohibidas a una escolta de esbirros y parientes, como en Cuba o Corea del Norte. La noche de San Bartolomé o la hambruna de Ucrania obedecen a la misma crueldad, idéntico desprecio a la dignidad individual, una única mitología liberticida y fanática.

Es sintomático cómo les enamora a los intelectuales (no a Montaigne, el genuino modelo) el despliegue de la fuerza ilimitada, la colonización de conciencias, la negación de dignidad al disidente, máxime si está indefenso. No es por debilidad, es por cálculo. No por obcecación, sino cinismo nutricio. El juego se repite a cualquier escala, bajo formas más atenuadas si nos toca aguantar una democracia televisiva. Mas continúa practicándose, cuando el paternalismo chantajista y el miedo a la libertad aún impregnan las mentes y los cuerpos, según ven nuestros lares. Pues por algo votamos a los políticos más altaneros y ostentososdel orbe, esclavos de la cursilería, tanto más cuanto menos cerebro demuestren al escenificar su nimiedad.

Los intelectuales están ahí. No es tanto que sean aprovechables, cuanto que existen realmente. Son seres que, en la división del trabajo, han heredado las funciones del hechicero, por una objetivable predisposición neuronal. Desde la Ilustración, y mucho antes incluso también, un intelectual, lo mismo que un científico, no puede alegar desconocimiento o inclinación sentimental sin hacer el ridículo. Sin descalificarse hasta las cachas. Ni agarrarse a fetichismos caprichosos, y hacerse el avestruz. Le afecta idéntica accountability que a un ingeniero de caminos cuyo puente se desmorona como un pan de azúcar.

El marxismo de caviar, como el vaticanismo postmoderno (puesto que al fascismo como doctrina lo derrotaron, por azar del más fuerte, las bombas incendiarias y atómicas; de haberse impuesto, hoy estaríamos deconstruyendo didácticamente, tal borregos siniestros y palafreneros bragazas, en forma de antecedentes comprensiblemente bárbaros, los excesos del nacionalsocialismo), reflejan su lastrada acomodación a los tiempos. De nada han servido Milovan Djilas o Jean Meslier, si aducimos que lo que fallaban eran tan sólo las interpretaciones coyunturales de la base canónica, trascendente e infalible, que para Nietzsche, o su traductor al inglés Oscar Levy, un judío excéntrico, sería antropológicamente la misma, el providencialismo judaico. Otra fatal arrogancia. Esa bella fábula, transmitida de antiguo, cuando éramos primitivos. Lo cual quede dicho, no se nos malinterprete, sin dejar de defender un segundo al salvable Estado de Israel, del que no todo es orégano.

¿Para cuándo una intelectualidad esclarecida, veraz, librepensadora y empirista, sin secretismo grupal ni hocus pocus, independiente sin más, no entregada a la vanidad, el avasallamiento, el dinero o la envidia, amante de la igualdad de oportunidades, interesada seriamente en aprender? ¿Una posición intelectual y ética capacitada para desautorizar, sin sectarismos ni paliativos, al rufián del PSOE, del PP, de CIU, de la judicatura, del sindicato, la iglesia, la policía o la propia familia? ¿A nadie le apetece respirar otro aire? En Carpetovetonia estamos hasta la bandera de tahúres, de contemporizadores hipócritas. Y viva el añorado Salvador de Madariaga, paradigma de español. Y que viva la gente honestamente trabajadora, siempre tan prescindible para los redentores.

Bernd Dietz es catedrático de Filología Inglesa y escritor.
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