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La excelencia

¿Se saben ése de que Rodríguez Zapatero nos prometía relanzar la productividad y reformar el modelo económico para volvernos menos dependientes de la especialidad de la casa, que es, explotando la amabilidad de la meteorología, la de servir cubatas y amontonar ladrillos? ¿Y cómo la flor y nata de la intelligentsia aplaudía con las orejas? Lo segundo sigue ocurriendo, porque los de la clac sindicada, al estar más pegaditos a la fuente de calor, serán por zalamería los últimos en dejar pose y brasero, abrazados, si llegase el trance, a la escoria (como aquel amiguito de Charlie Brown a su manta), cuando no reste ya nada más que recalificar, y toque otra vez almibarar el currículum. Pero lo primero, ¡ay penita, pena!, ya ha sido suprimido de nuestra maleable memoria histórica, que se constriñe a los eslóganes improvisados en las últimas 48 horas, aproximadamente. Gobernar es hacer creer, ¿no va el maquiavelismo para lactantes por ahí? Y que te gobiernen, en Carpetovetonia, es comulgar con ruedas de molino. ¡Naturaca, chaval!

Así, hemos saludado el notición de que la solución a la crisis, que antes no fue crisis, sino ameno interludio para recoger ovaciones en nuestro paseíllo triunfal (a quién le importan los remakes obsoletos del telediario), ahora reside en prodigar ad infinitum las dádivas a fondo perdido (y que arreen los nietos), repintar los chiringuitos playeros que pretendíamos ecológicamente desmantelar (de hecho, este verano, habrá que clavar aún más a los guiris, si llega alguno despistado) y, ¡oh sorpresa!, reanudar las pintorescas chapuzas de cal y brocha gorda (que se quiten marroquíes y ecuatorianos, que encima sudaban, lo esperable en desgraciaditos cumplidores, foráneos que se deben a un curro), ya me dirá usted si quiere que le añada el IVA, y le salga peor. Y si algún medio informativo se pone borde, lo desenchufamos, alegando la democracia avanzada y el calentamiento global según haría el grandullón del tito Chávez, que ése sí maneja sostenibilidad.

Otro tópico que se sobetea mucho es el de la excelencia. Tal ese lema fetén, la cultura de la calidad, una de las humoradas más socorridas que podemos echarnos al coleto. Si algún papel social cumplen estas astracanadas institucionales, con su recia burocracia, su idiolecto repipi, su opíparo presupuesto y sus previsiones sancionadoras, es el de combatir lo que, en otra vida, cuando el pan era pan y el vino, vino (y una crisis era una crisis; y en la intelligentsia latía algo de inteligencia, incluso hasta de honradez), considerábamos calidad y excelencia. ¿O no? Ahí está la docilidad con la que bendecimos que la soga de la mendacidad, la prevaricación y el pensamiento Alicia (o la catadura Jiménez Villarejo, que vaya aquelarre complutense: puritito "antifascismo" cebrianesco)nos apriete cada día un poco más el gaznate. Los procaces oligarcas e hijos de falangistas que se hicieron con el monopolio del democratismo, ¿tienen hambre de gatillo? Parece que vienen avisando, con una sordidez truculenta y rostros de cemento armado. Ya todo es chalaneo, escarnio, fraude, linchamiento del mérito, automatismos a toque de pito. Dame pan y dime tonto. Viva la farsa. Comparando, los comensales de aquella cena en Viridiana eran trigo impoluto.

Pues eso, la excelencia. La charada obsequiosa. Justo lo que empleamos al dispensar hoy en día homenajes a cualquier malhechor, plazas en la universidad, puestos en la administración, asientos en las academias, poltronas en el consejo de ministros, desagravios, bicocas y sueldazos varios. ¿Les suena ese alto cargo socialista de la Junta de Andalucía, una señora, a la que según cuentan pillaron por su empeño en chivarle las preguntas de un examen, total una oposicioncilla para la función pública, ninguna de esas crueldades neoliberales y discriminatorias, a una conocida suya por el móvil? La amiga, ni fijarse, y la miembra, que por descontado continúa en el machito, dicen que perseveraba, erre que erre, intentando por mil vías que la esencial confidencia llegara a su destino, hasta que se enteró todo Dios, no sin que la obtusa favorecida aprobase con la máxima nota y se embolsase, faltaría más, la sinecura. No se diga que no es instructivo.

Casi tan paradigmático como lo de ese semi-vitalicio alcalde progresista, vetusto senador y paladín del crucifijo, que sigue mandando divinamente. Cuyos adláteres, los del devoto sociolisto, por expresarlo en bibiano, camuflaban el presupuesto municipal que a la sazón se fundían en colipoterras, entiéndase en bomboncitos de importación, más morralla cobriza para solaz de los machotes hispanos (a los que daba cosa, ellos tan recatados y cofrades, pringar el parné de la señora, la hipoteca y los nenes en interculturales cochinadas), como partidas consagradas, nunca mejor dicho, a la Semana Santa. Tamaña virilidad petará al político del PSC que con étnica llaneza dictaminó de una periodista, cuya forma de entrevistar le fastidiaba, que la interfecta estaba mal follada. Y es que no escuchábamos mejores recetas para la salud sexual desde que una voluminosa novelista se brindara a socorrer a las novicias enviándoles milicianos sudorosos. Desde luego Buñuel o Tod Browning habrían corrido a contratar a tales prendas, nos referimos a nuestro dúo de sexólogos.

Para excelencia, y modernización ecológica, la de esos empresarios de la energía solar enchufados a la teta del erario, que de noche accionan los generadores de gasoil para demostrar que producen electricidad, y recaudar las mamandurrias. Si es que sin timo la cosa no chuta. Lástima que Obama se oliera el percal, y no venga a afotarse con nuestro líder europeo, príncipe de las nuevas tecnologías, haciéndole un bis al Bienvenido Mr. Marshall. Esto es como el motor de agua que le quisieron endosar a Franco, como el bichito del aceite de colza que, si se caía, se desgraciaba. Sólo que con marchamo lyssenkiano, que diría Pío Moa. Neoestalinismo para amigotes.

Proseguimos apalancados en las sinergias castizas, donde escribimos con renglones barrocos. Trajinándonos la contrarreforma. Ignorando pavamente el cataclismo, ganado a pulso, que se nos viene encima. Si hay discrepancias, serán de pitiminí, nada que pueda traer cola, para no entorpecer el talante, la solidaridad, el interés prevalente de lo público, la utopía de progreso, la puesta en valor del patrimonio cultural, la modificación por el comité arbitral del marcador de la Guerra Civil, el derecho opcional al cambio y posible recambio de sexo (un clamor popular, que la Seguridad Social venía tacañamente desatendiendo cuando sobra una pastizara y lo público no es de nadie, de ahí que todo Cristo pueda pillar), y demás gorgoritos. Ole el cante. Que Frau Merkel nos coja confesados.

Bernd Dietz es catedrático de Filología Inglesa y escritor.

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