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Bernd Dietz

La igualdad

Para la izquierda actual, la libertad y la justa recompensa del mérito son, en un giro de ciento ochenta grados que sólo cabe calificar de intrínseca conversión al caciquismo mafioso, lacras de derechas, males perniciosos que habría que erradicar.

Bernd Dietz
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Hubo un tiempo en el que la igualdad apareció ligada a la libertad y la fraternidad. Era natural, pese a que cada una de estas tres demandas o ideales perteneciera a un orden diferente. Al fin y al cabo se trataba de derribar los privilegios injustos y por tanto las distorsiones con origen en la herencia, la tiranía, la conquista violenta o el irrefutable derecho divino de los que se declaraban por éste agraciados, para reemplazarlos por el objetivo emancipador de defender un mismo punto de partida para todos. De facilitar unas condiciones para la honesta y esforzada proyección personal, cuyos frutos fuesen después apreciados mediante una valoración ecuánime y competente. Los mismos factores, en fin, que rigen y estimulan las buenas prácticas en la rivalidad deportiva o con respecto a la ambición creativa y la vocación de talento en cualquier ámbito noble. Porque la meritocracia se entendía como un mecanismo de liberación, apto para contrarrestar los abusos de poder sustituyéndolos por una escala de valores objetiva, socialmente aleccionadora y moralmente intachable.

El objetivo de la lucha política y de los reformas legales no era otro que el de permitir que pudiesen participar en una competición abierta por la autorrealización espontánea todos los ciudadanos, no sólo los que portasen apellidos, vitolas o nombramientos arbitrariamente predeterminados. Que tuvieran la oportunidad de demostrar su valía y su genuina utilidad para el progreso de la humanidad sin discriminaciones religiosas, raciales, ideológicas o de género. Y sin otras cortapisas sacadas de la manga al objeto de excluir con artería a quienes pudiesen superar en buena lid a los que partían con ventaja, pertrechados de recomendaciones, prepotencia e impostura. Porque en ese cambio revolucionario habría de consistir lo de aunar libertad, igualdad y fraternidad. En garantizar el derecho a que triunfasen, por méritos propios e inherentes a la persona y sus logros probados, los que acreditasen más razones positivas para conseguirlo, sin trampa ni cartón.

Ello no obstante, para la izquierda actual, la libertad y la justa recompensa del mérito son, en un giro de ciento ochenta grados que sólo cabe calificar de intrínseca conversión al caciquismo mafioso, lacras de derechas, males perniciosos que, más pronto que tarde, habría que erradicar. Lo expresa así Alain Caillé: "Ser de izquierda, actuar o pensar en la izquierda, es actuar o pensar desde el punto de vista de los perdedores [...], afirmando la dominación jerárquica de los valores de igualdad sobre los otros valores finales de la acción colectiva (por ejemplo, la libertad, la fraternidad, la realización)". Y lo refrendan de continuo quienes argumentan que, puesto que siguen subsistiendo desiguales y por tanto perdedores en los lances de la existencia, está más que justificado coartar la libertad de quienes consiguen proezas y escatimarles la fraternidad (cuando no convertirlos en chivos expiatorios). "¡Cómo va uno a mostrar simpatía por los vencedores individualistas, que logren sus metas con limpia habilidad", profieren con indignación amenazante, "mientras sigan existiendo perdedores!" "¿Acaso no contamos con el arma de la discriminación positiva?", anuncian, como quien se plantea poner bombas.

Y es así. No se paran en barras, estos sectarios. A un izquierdista le importan una higa los derechos humanos, si de la aplicación de los mismos acaban derivándose una prelación o una jerarquía que le repatean. La elocuente experiencia del socialismo real nos señala en qué reside el sistema. Y nos enseña quiénes son los únicos que, establecida por las bravas la igualación por debajo, tienen derecho a seguir siendo desiguales. Obviamente serán los capitostes encargados de imponer y conservar mediante la coacción estatal ese estado de igualdad (para lo que previsoramente empuñan el garrote), así como sus floridos voceros (los intelectuales orgánicos y los artistas oficiales encargados del aparato de la propaganda). Con el elegante concurso, naturalmente, de todos aquellos magnates y relamidos burgueses que hayan comprado protección a cambio de renegar nominalmente de la libertad y demuestren una complicidad efectiva, aunque sobre todo retórica, de cursilería incendiaria, con los verdugos de la meritocracia. Ejemplos de este derecho a la desigualdad, por tener la sartén por el mango o servir a quienes la mantienen ávidamente asida engalanan, por ejemplo, a nuestros políticos; a los artistas de la ceja; a aquellos jueces y fiscales, ya sean archipielágicos o peninsulares, que incurren en esas mismas conductas que persiguen en otros; o a la retahíla de santurrones acomodaticios que cultiva la ley del embudo. Porque España, según ellos, ha abrazado su concepto de la igualdad como antaño lo hiciera con el dogma de la Inmaculada Concepción.

A los crédulos que, entre nosotros, suscriben el dogma de la igualdad bendecida por la izquierda no cabe atribuirles estas palabras de Albert Einstein, cuyo paradigma es incompatible con el carpetovetónico: "La mayoría que componen los estúpidos es invencible y está garantizada hasta el fin de los tiempos. Aunque el terror de la tiranía que ejercen se vea algo paliado por su inconsistencia". Pues se les podrá achacar cualquier cosa menos incoherencia. Bien al contrario, aflora toda una antropología cultural en nuestra predilección por el resentimiento, la envidia, la picaresca, la zafiedad y el odio a la excelencia. Una alta escuela del trile y la traición. Cuidadili. No hay ingenuidad en esta tierra. El presidente Zapatero, la ministra Pajín o la diputada López i Chamosa, entre tantos esperpentos chillones, suponen encarnaciones diáfanas de cuál es la igualdad que se pretende. Cuál el perfil de quienes se han repantigado, con insolvencia flagrante, en los palacios del poder. Su mentalidad abusiva. Su maquinal, voraz guillotina.

Bernd Dietz es catedrático de Filología Inglesa y escritor.

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