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Bernd Dietz

Las venas abiertas del futuro

Mentir es prescindir de los engorros. Acortar plazos y procedimientos. Solventar un apremio. Aplicar ordenanzas. Poner en valor lo heredado. Rebañar el ingenio. Tirar de picaresca consuetudinaria.

Bernd Dietz
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Mentir está bien. Es práctico, cómodo e higiénico. Posee un montón de ventajas. Te ayuda a quedar bien. Sirve para crear falsas expectativas. Te permite salir del paso. Es útil para rehuir las propias responsabilidades. Para orientar a los competidores en la dirección equivocada. Para cobrar ventaja y sacar tu tajada. Para quedar como Dios. Por eso se practica a todas horas, con premeditación o desenvoltura espontánea. Sin azoro. Con expresión seráfica y ojos como platos, luciendo sinceridad bobalicona, candor rousseauniano, súbita hipersensibilidad vulnerada cuando, de improviso, alguien manifiesta un tibio asomo de incredulidad. Porque resulta insolidario y de mal tono no creerse las mentiras ajenas. Una afrenta a la dignidad nacional. Síntoma de peligrosidad social. La prueba de que quien se te sitúa enfrente es obviamente un agote, un burakumin, un jodío judío. Traducido, un fascista, un neoliberal. Un saboteador del sistema que atornillaron con sabiduría los mayores.

Sabiéndolo, aun así se nos antoja quejarnos. Toma castaña. Que si mira tú estos políticos, vaya partitocracia carroñosa, menudos jetas los que encabezan nuestras instituciones. Que qué ristra maloliente han compuesto las sucesivas deposiciones presidenciales sobre la crisis económica, cuando él nos pintaba en la Champions, a punto de superar a Alemania en gobernanza preclara y músculo financiero. Por enunciar una de las trolas más gordas, que ejemplos hay a punta pala. ¿Cuántas mentiras producimos por ciudadano y año? Visto esto nos quejamos de vicio, nos lamentamos de guasa, nos escandalizamos de amnesia. ¿Acaso hemos conocido a alguien (don Julián Marías aparte) que no faltara ordinariamente a la verdad? Por consiguiente no ha de extrañar que, no siendo inocentes guiris, hagamos lo previsto, mentir. Mentirnos con fervor a nosotros mismos. Y mentirle, claro, con campechanía y a mandíbula batiente, a los demás. Si la mentira es el aire que en comunión respiramos, la sustancia nutricia que al alimón destilamos, engullimos y multiplicamos, ¿qué sentido tendría sublevarse? ¿Qué razones habría para la murria, el respingo o la rabieta?

La lógica, la ciencia, la jurisprudencia y, en fin, ese maravilloso instrumento que supone todo lenguaje elaborado, ¿qué son sino los vehículos privilegiados para acicalar la mentira? Para dichas tareas de embellecimiento contamos con los intelectuales, las universidades, los tribunales y los más altos organismos del país. De los medios de comunicación, gozosas correas de transmisión de nuestra democracia cooptada y consensuada hasta las entretelas, para qué acordarse. Todos estamos en el mismo barco, seguimos el protocolo establecido, ínclitos hábitos atávicos. Que no es menester cebarse en la Iglesia, remontarse a la Inquisición o abundar en el barroco envoltorio del funcionario o sátrapa de turno. Todos mentimos. Actualmente. Mienten el tonto y el listo, el de arriba y el de abajo, el elegante y el hortera, el carca y el revolucionario. Mentimos incluso por despiste, por reflejo inconsciente, por hacer un favor, limpiamente altruista. Mentiremos mañana.

Informan de que en Europa y en el resto de la comunidad internacional se dispara el número de los que no nos creen. Serán pardillos. Harto decepcionante se nos antoja su falta de fe. Pues prepárense tales memos, que albergan una idea bastante calumniosa de nuestras posibilidades. Gente que ha nacido ayer. Patéticos protestantes o budistas bobos. Ateos redomados. Turistas que finalmente se tragarán la sangría en el atestado chiringuito. Tontos de capirote que, por debilidad genética, se aferran a la literalidad de las palabras. Porque ignoran cómo vivir y ser felices en un universo en el que todo puede transmutarse, por divina providencia y por imperativo legal, en resplandeciente mentira. El consuelo de la mentira, mejorando a Boecio. ¿Podrían tales aficionados persistir creyendo que en el cielo no hay nada más que nubes? ¿Que la naturaleza humana, al menos la que rige en esta tierra, es de cabo a rabo simulación y sentimiento? No lo soportarían, y de ahí nuestro fuerte, nuestra ventaja biológica, el premio anticipado a nuestra osadía. Somos expertos en realidad virtual.

Mentir es prescindir de los engorros. Acortar plazos y procedimientos. Solventar un apremio. Aplicar ordenanzas. Poner en valor lo heredado. Rebañar el ingenio. Tirar de picaresca consuetudinaria. Auxiliar a un amigo o a un pariente. Es confirmar la senda de los antepasados, blandir el progresismo, ocupar con suficiencia la vanguardia que nos merecemos. No vemos la menor razón para dejar de mentir. Votemos al partido o al líder que nos pete. Será mera maniobra y conveniencia táctica. Sustituyamos, si se tercia, al Gobierno. No hay peligro. Seguro, segurísimo, que no dejamos de estar en familia, entre amigos, aunque bajo otros collares. En nuestra salsa, sobradamente sabrosona. No hay en el mundo verdad que pueda con nosotros. Somos especialistas. Militantes de libro. Guerrilleros de película. En ningún otro lugar del mundo se localizan mejores mentirosos. Palabra.

Lo que nos torna verdaderamente invencibles es que, cada dos por tres, interiorizamos con patriotismo nuestras propias mentiras. Fastídiense los foráneos. Es puro pundonor. Empapelando a los disidentes si se enciende la luz roja. Ahora que te podrán crujir por llamar feo a un cíclope o te expulsan del CIS por no mentir lo bastante, aunque seas carne de izquierdas, calcula. Modificar, pues, nuestras recias esencias conllevaría un colapso capital. La ruina total. La indefensión de los vástagos, tan primorosamente aleccionados. Un cambio criminal de paradigma. Otras reglas de juego, exóticas e irritantes, que vete a saber los imprevisibles infortunios que podrían depararnos. Pues nadie, ni el entorchado cuco ni el ciudadano modesto, en la tesitura de resolver una gestión elemental, de afrontar cualquier cuita, daría pie con bola. Somos diferentes, ¿verdad? ¿Cómo no vamos a ser enemigos de la sociedad abierta?

Bernd Dietz es catedrático de Filología Inglesa y escritor.

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