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Bernd Dietz

Socialistas

Pocos quieren recordar que Mussolini y Hitler eran de varias maneras socialistas, y que sus atropellos a la libertad y su desdén por la dignidad individual emanaban del mismo adanismo resentido fabricado previamente por sus hermanos de izquierda.

Bernd Dietz
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Que hubiera más socialistas ilustrados en España sería saludable. El socialismo democrático, al modo de un Helmut Schmidt, arroja una hoja de servicios emancipadora, heredera de Lutero, Kant o Popper y refractaria al marxismo. Aun así Alemania abrazaría tras él políticas más conservadoras, al corroborar en la práctica que los buenos gobiernos socialdemócratas deben seguir aprendiendo de Hayek o Mises, desembarazándose de supersticiones ruinosas. Los socialistas europeos posteriores a 1945 rindieron servicios valiosos a la democracia, fueron intransigentes con la opresión comunista y asimilaron que la economía social de mercado, sujeta al debido marco legal, es la mejor garantía de que subsista una sociedad abierta, que estimule la creatividad empresarial, respete la propiedad privada obtenida decentemente y proteja ese mínimo espacio de autodeterminación personal que fuera inalcanzable bajo la bota nazi o soviética. Este es un hecho contundente, fijado bestialmente por los experimentos de un siglo XX empeñado en la coerción colectiva como nueva religión para la salvación laica.

Pocos quieren recordar que Mussolini y Hitler eran de varias maneras socialistas, y que sus atropellos a la libertad, su odio a la burguesía y su desdén por la dignidad individual emanaban, como histeria reactiva, del mismo adanismo resentido y apocalíptico fabricado previamente por sus hermanos de izquierda. Incluso Franco, de cultura política más tradicionalista que despótica, se dejó influir por el aire de los tiempos. Su integrismo católico no le impidió absorber un prurito estatalizador. Y, como cualquier Ceaucescu o Kim Il Sung, confirmó encantado que el poder sin contrapeso facilitaba un régimen de servidumbre basado en el culto a la personalidad. También un entorno idóneo para el clientelismo, la opacidad institucional y la represión de la disidencia. Mas comparado con un tirano de izquierdas, fue un beatón comedido. Lo cual significa que atenuó la crueldad con cautela regeneracionista, la impunidad autocrática con visión nacional y reformas liberalizantes. No fue Castro, ni Mao, ni Pol Pot.

Bastantes socialistas españoles resultan a su manera franquistas, si descontamos religión y nacionalismo. Usufructúan el pesebre que él dejó, reciclando lo más clásico del casticismo solariego: caciquismo, venalidad, enchufismo procaz, complejo de inferioridad ante Occidente, forofismo, moralina cañí. Una notable parte de los actores del socialismo español son hijos o parientes directos de franquistas, que jamás han renunciado, en un gesto teórico de dignidad que sería exigible, ni a un contaminado euro de los réditos furtivamente ordeñados, sino que antes bien han sabido reactualizar, bajo un chusco disfraz victimista, la faceta más trápala del legado, arrastrada desde la Inquisición. Como parodia caricaturesca, no pocos socialistas españoles son más franquistas que Franco. Lo son en su chulería al empuñar la sartén por el mango. Y lo son en su tirria al individualismo cartesiano, a la impronta erasmista, a la superioridad intelectual, a la honradez caiga quien caiga, a la sana coherencia moral, a la promoción social basada en el humilde sometimiento a la meritocracia. Nuestro socialismo ha comportado un gatillazo, un triunfo del cinismo ramplón, el arribismo engreído, el familismo mafioso.

Por eso han brotado algunos heterodoxos igualmente irritantes para derecha e izquierda. Procedentes de la oposición antifranquista, perturban el decorado de fanfarronería para reclamar, desde la insurrección moral, otro país. Desenmascaran el socialismo español realmente imperante, no menos que la gemela alternativa conservadora, porque rechazan una España tramposa, pancista, gregaria, antiliberal e hipócrita, que busca enredar al mundo con halagos, seducción turística y timos de corto recorrido.
Bernd Dietz es catedrático de Filología Inglesa y escritor.

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