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Bernd Dietz

Sucedido en Madrid

Los progresistas carpetovetónicos dan siempre la nota, esta vez ante visitantes de innumerables países. ¡Y encima basando su despliegue truculento en que la JMJ era perjudicial para la economía y las libertades de los ciudadanos!

Bernd Dietz
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Quien haya recorrido el centro de la capital durante esta Jornada Mundial de la Juventud ha presenciado el choque desigual entre inocencia y vileza. Ha visto calles animadas por riadas de jóvenes que se movían en todas direcciones, transmitiendo alegría y libertad. Agrupados en pequeños contingentes según su procedencia, evocada mediante camisetas y banderas nacionales, lucían una edificante diversidad lingüística, racial y cultural. Entre sonrisas tímidas a los lugareños, componían una celebración multicolor de identidades, en la que el paseante indiferente a la religión reconocía con satisfacción a libaneses, argentinos, rusos, italianos, keniatas, malayos, canadienses, coreanos, australianos, alemanes, sirios, etcétera.

Bajo el sofocante agosto, resaltaban los cuerpos juveniles con generosa piel al descubierto, rebosando salud y ganas de vivir. Los sexshop y las putas de Montera languidecían por falta de miradas. Toda la atención recaía en ese gentío tranquilo y feliz, que no vociferaba, sino que degustaba los placeres culturales, turísticos y gastronómicos. Que compraba en las tiendas, poblaba las terrazas que en agosto habrían estado desangeladas, entraba y salía de museos, disfrutaba del ocio en cafeterías y restaurantes. Han tenido que dejarse un dineral, para alivio de la hostelería y el comercio madrileños, esos centenares de miles de personas, con una edad media de veinte años como mucho, que vinieron a pasárselo bien. Que no entonaban rezos ni cánticos religiosos fuera de los eventos programados. Que no le predicaban al transeúnte. Una amable muchachada que apenas se distinguía, además de por su internacionalismo colorista, por un toque añadido de civismo y de pulcritud individual.

Enfrente les tocó tener, en episodios abochornantes que incluyeron conatos de agresión física por parte del celebérrimo cainismo español, a una apelmazada turba formada por gamberros antisistema, viragos iracundas y agrios talluditos, cuya edad media en conjunto superaría la cincuentena. Energúmenos que chillaban e insultaban irradiando despecho y sordidez. Diríase que constituían una jauría de tipejos faltones, con desaliño indumentario y ojeriza en cada gesto, los rostros desencajados y los puños en el aire, dispuestos a abalanzarse sobre cuantos no fuesen de su cuerda. Vaya contraste en lo tocante a conducta, lenguaje verbal y corporal, estética, aptitud para convivir y respetar el pensamiento ajeno. Mientras, los bien dotados armarios de la policía nacional hacían gala de impavidez equidistante.

Cualquier ateo decente no puede sino sentirse hermanado con estos católicos, para desmarcarse con aversión y contundencia de tales detractores. Partiendo de la realidad de que unos y otros evidenciaban sus creencias y mitologías, es notorio que los primeros lo hacían con decoro y placidez, mientras que los segundos sólo enfatizaban la soez ferocidad típica del totalitarismo. Definitivamente, Torquemada había cambiado de bando.

Los progresistas carpetovetónicos dan siempre la nota, esta vez ante visitantes de innumerables países. ¡Y encima basando su despliegue truculento en que la JMJ era perjudicial para la economía y las libertades de los ciudadanos! La patología del newspeak orwelliano emerge meridiana. Precisamente el comunismo supone la superstición más esclavizadora, enajenada y genocida que haya visto la luz sobre la faz de la tierra. A diferencia verificable del cristianismo, no ha producido ni una música, ni unas artes plásticas, ni una filosofía, ni una teoría del derecho que puedan despertar admiración objetiva en quienes no compartan su escatología. De ahí que el cristianismo, desprovisto de fe, haya podido derivar en belleza, civilización y democracia para los agnósticos inteligentes. Mientras que el comunismo, una vez desmentido en su teoría y su praxis, por desgracia no dé más que para el matonismo y la ramplonería.

Bernd Dietz es catedrático de Filología Inglesa y escritor.

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