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¿Y ahora qué?

Lo que enfatiza el balance electoral es que los españoles no admiten más patrañas de estos socialistas, que han repartido aguinaldos y prodigado gratuidades con nuestros activos, mientras ellos, los solidarios, se lo llevaban crudo a casa.

Bernd Dietz
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Tras la vivificante riada democrática del PP, en la que algún influjo habrán tenido la mortífera memez de Zetapé y el avieso historial de Rubalcaba (sin obviar a quienes en 2008 apadrinaron sus anticipables desafueros), conviene formular buenos propósitos. Abrir puertas, tragaluces y cloacas (las celebérrimas del Tigrekán González, últimamente empeñado en soterrar gas en Doñana, aunando su pasión ecologista con sus desvelos como conseguidor), para empezar a despegar la costra recrecida tras años de barateo y superchería.

El pueblo español, tan madrigado, se venía conduciendo como aquel ciego que se zampaba las uvas de dos en dos. Sólo que, en contraste con el más clarividente personaje, al reputarse agraciado cuando le contaban que tenía bula para gastar despreciando cualquier aritmética, consintió sin alarma que sus rapiñadores lazarillos las acaparasen por racimos o viñedos. Sin reparar, pues, en el pringue que comportan las mercedes injustificadas. ¿O es que quien se deja colar en un ERE fraudulento, mientras los sindicatos se embolsan su porcentaje del tocomocho, no vende cuerpo y alma al saqueo institucional? Los dulces, si son robados, deben rechazarse por amargos. Mas la cultura del enchufe y la dispensa resulta nuestro antídoto contra la ecuanimidad y el valor. También el truco soez que impide que dejemos de ser siervos, principal cometido de tales jerifaltes.

Igual que cantaba la pajarotada de que el dinero público careciese de dueño, no queda menos burda la otra pamplina progresista de que el capital privado sea intrínsecamente taimado (cual si fuera lo mismo amasarlo como mayorista de la cocaína o intermediario de papel couché que como empresario decente, que no abona mordidas en gasolineras), mientras que los fondos públicos, esos de los que se han servido con ufanía para sus enjuagues los del paternalismo malbaratador, implicarían, vaya ecuación, un altruismo beatífico. Máxime dilapidándolos a chorros, con peaje, vocingleros de labia y pegatina izquierdistas.

Nadie ignora que ahora corresponde pagar deudas, aunque haya que padecer un ajuste de caballo o brontosaurio. Lo que enfatiza el balance electoral es que los españoles no admiten más patrañas de estos socialistas, que han repartido aguinaldos y prodigado gratuidades con nuestros activos, mientras ellos, los solidarios, se lo llevaban crudo a casa. Desalmados a los que no tembló el pulso cuando optaron por arrasar la enseñanza pública situando el listón al nivel del último marmolillo, mientras apuntaban a sus vástagos a colegios privados y extranjeros. ¡Pero qué previsores, estos apóstoles del igualitarismo!

Lo que proclama la apabullante mayoría de trabajadores y parados sensatos es que confía en la derecha y no en la izquierda para evitar que naufrague la nación. Algo tarde, ¿no? Pero una reacción novedosa, vistos nuestros prejuicios viscerales. Y eso sabiendo que un gobierno liberal-conservador que se desempeñe correctamente tendrá de uñas, vomitando rencor, a los que se transmutan en antisistema cuando no ocupan el poder: millonarios de la ceja, paniaguados sindicales, reos de corrupción que hayan perdido poltronas y fauna de catadura asimilable. Quienes se esmerarán en azuzar el amotinamiento callejero, alborozados ante la perspectiva de incendiar cuanto no puedan seguir mangoneando. España, por ejemplo.

No basta haber instado el cambio. Precisamos cirugías de regeneración colectiva, si aspiramos a figurar, siquiera retornando al furgón de cola, en Europa. Tampoco valdrá el borrón y cuenta nueva ante quienes han esquilmado los caudales públicos, hozando en la prevaricación y gobernando con frivolidad tarada. Porque sólo si no se van de rositas estos tartufos, sólo si el heroísmo de juezas como Mercedes Alaya, Estela San José o Coro Cillán no es en balde, podrá la ciudadanía comprender y aceptar la amarga medicina que le aguarda.

Bernd Dietz es catedrático de Filología Inglesa y escritor.

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