"El País" y el buen uso electoralista del terrorismo
En su editorial de hoy, Mentiras y consenso, El País insiste en una de sus tesis que más clara asistencia han dado a ZP en su escalada demagógica para hacer de la Guerra de Irak uno de los ejes de su campaña, si no el único. A fuerza de repetir que la guerra "se montó de espaldas al Parlamento sobre unas mentiras en las que ha colaborado el Gobierno de Aznar", el diario instructor del PSOE persigue dejar sentado, como una verdad anterior a cualquier análisis, lo que no es más que una consigna política de ataque al Gobierno y al PP. El inminente informe de la Unmovic, certificando la inexistencia de armas de destrucción masiva, da pie al diario instructor del PSOE a remachar la doctrina de que la guerra debe estar en el centro de la agenda electoral. Se trata de una táctica, la del control de la agenda, típicamente izquierdista.
Es saludable electoralismo hablar de la guerra contra el terrorismo, cuando se hace para desenmascarar las mentiras del Gobierno del PP en relación con Iraq; sin embargo, no es más que tráfico "miserable" de votos cuando se denuncia el acuerdo de ETA y ERC, poniendo en evidencia la clamorosa responsabilidad del PSOE, que Gobierna junto a los independentistas e integra candidaturas conjuntas al Senado. Pero es que, además, la doctrina de El País-PSOE se asienta sobre algunas falsedades que el gigantesco aparato propagandístico que sirve a la difusión de sus consignas consigue disimular. Así, es falsa, de la primera a la última letra, la idea de que la guerra "se montó de espaldas al Parlamento sobre unas mentiras en las que ha colaborado el Gobierno de Aznar". Falso, en primer lugar, porque el Gobierno español es, de todos los países aliados en la guerra para derrocar el siniestro régimen de Saddam, el que acumula un mayor número de comparecencias parlamentarias sobre la Guerra de Iraq, bien a petición propia, bien solicitadas por la Oposición. Falso, además, porque la convicción de que Saddam escondía armas de destrucción masiva era compartida por todos, antes de la guerra. La tenían, desde luego, la ONU y sus inspectores; la tenían los Gobiernos de Francia y Alemania; y, desde luego, la tenían el PSOE y sus dirigentes, desde Javier Solana a ZP. El País no sufre un ataque de amnesia al escamotear esta incómoda verdad a sus lectores; sencillamente, no conviene electoralmente recordarla.
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