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Carlos Alberto Montaner

Chávez y las multitudes

no es más que un gorila con los bolsillos llenos de oro, la cabecita atiborrada de tonterías y la peligrosa convicción de que la historia le ha deparado un destino fulgurante

Carlos Alberto Montaner
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Hugo Chávez se dio un baño de multitudes en Madrid. La Universidad Complutense le otorgó una medalla de algo por su notable contribución a la cultura iberoamericana -supongo-, y recibió el aplauso de esa trasnochada izquierda antidemocrática española a la que el discurso del disparatado golpista venezolano le funciona como una especie de viagra ideológico. Chávez dice "imperialismo yanqui" y a esos tipos se les ponen los ojos en blanco. Chávez grita contra Aznar, el neoliberalismo y el Fondo Monetario, y entonces se produce el orgasmo.
 
¿De dónde vienen esas fervorosas adhesiones y cómo se articulan? No hay que ser un lince para descubrirlo: entre los muchos servicios que le presta la dictadura cubana a su aliado y petroprotector venezolano está esa infraestructura de palio e incienso con que se arropa y legitima a las "carismáticas figuras revolucionarias que luchan por un mundo sin injusticias". Castro es el maestro y principal beneficiario de esas tenaces orquestaciones.
 
Una de las funciones principales de las embajadas cubanas en el mundo es tejer esa trama de complicidades y apoyos. Para eso existe, por ejemplo, el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, un organismo calcado del viejo modelo soviético, vinculado a la inteligencia, cuya función es agrupar a los partidarios para que incidan en la opinión publica de sus respectivos ámbitos de actuación mediante actos, declaraciones, y manifestaciones de diversos tipos. Son los llamados "agentes de influencia", y se les estimula con dinero, invitaciones, publicaciones o simples gestos de amistad. Todo depende de las preferencias psicológicas del agente, algo que debe descubrir el oficial a cargo de su "caso".
 
Todo ese paciente trabajo de propaganda se inscribe dentro de un "Plan general proyección de la revolución" que se formula año tras año y se revisa metódicamente cada seis meses. El objetivo, en el caso cubano, es muy simple: propagar la imagen de una revolución heroica que lucha contra el "bloqueo" de Washington para poder sostener unos vastos programas sociales de salud, educación y deportes. Todo lo que directa o indirectamente refuerce esa imagen es bienvenido. Todo lo que la desvíe o empañe es obra, por supuesto, de la siniestra CIA o de los canallas del Pentágono.
 
En el caso venezolano seguirán exactamente la misma ruta y los agentes de influencia serán más o menos los mismos: los viejos estalinistas del PC y de Izquierda Unida, ex terroristas del entorno de ETA, marxistas de la alegre variedad "saltamuros antifascistas", independentistas radicales y, cómo no, intereses económicos de la derecha que obtienen u obtendrán beneficios por sus inescrupulosos vínculos mercantilistas con el gobierno de Chávez.
 
Es probable, incluso, que el señor Zapatero encuentre una ventaja económica en asociarse de alguna manera al coronel que el 1992 asaltó Miraflores y dejó 500 cadáveres en las calles de Caracas. Basta con que el venezolano le ordene un par de fragatas a Izar para que en la Moncloa le rían las gracias y lo encuentren "brillante", "inteligente" y hasta "culto". Chávez, naturalmente, no es Castro -es más burdo y peor educado-, pero mientras el barril de petróleo exceda los cuarenta dólares, es más difícil advertir lo que ya sabe el 60 por ciento de los venezolanos: no es más que un gorila con los bolsillos llenos de oro, la cabecita atiborrada de tonterías y la peligrosa convicción de que la historia le ha deparado un destino fulgurante.

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