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Carlos Alberto Montaner

Lula, el negrero

Lula, que entiende la lógica de los negreros, se compadeció del viejo y enfermo dictador. El pobre Fidel había criado a estos boxeadores y los había formado con buenos entrenadores. Los negros eran suyos. Mandó, pues, a la policía a realizar su trabajo.

Carlos Alberto Montaner
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En 1850 el Congreso de Estados Unidos aprobó la Fugitive Slave Law por una mayoría abrumadora. Los esclavos que escapaban debían ser devueltos a sus amos inmediatamente. Nadie podía socorrerlos. El que ayudara a un negro fugitivo sería severamente multado. El que lo entregaba a su amo sería recompensado. Los esclavos ni siquiera podían acudir a los tribunales. No eran sujetos de derecho. El debate que precedió a la aprobación de la ley, leído en nuestros días, es muy esclarecedor. Se centró en los derechos de propiedad. La lógica esgrimida por aquellos doctos varones (entonces las mujeres ni votaban ni eran electas) se fundamentaba en la tradición legal: la grandeza del país dependía de la seguridad jurídica que amparaba a las cosas poseídas. Los esclavos no eran personas. Eran cosas (los griegos los llamaron "herramientas parlantes") y las cosas no tenían derechos. De manera que todo caballero verdaderamente patriota debía proceder de acuerdo con la ley y devolver al propietario aquella cosa oscura y asustada que había escapado de sus manos.

La historia viene a cuento de la devolución a Fidel Castro de los dos jóvenes negros, campeones de boxeo, que trataron de refugiarse en Brasil tras los recientes Juegos Panamericanos. Se llamaban Guillermo Rigondeaux y Erislandy Lara. Tenían el proyecto de trasladarse a Alemania de la mano de unos promotores profesionales con los que secretamente estaban en contacto, donde se transformarían en profesionales y en poco tiempo, dada la habilidad que poseen para dar y recibir golpes, seguramente se convertirían en millonarios. Aparentemente, el propio Fidel Castro, que es el propietario de estos muchachos, se comunicó con Lula da Silva y le exigió que colaborara con la inmediata devolución de la mercancía. Lula, que entiende la lógica de los negreros, se compadeció del viejo y enfermo dictador. El pobre Fidel había criado a estos boxeadores y los había formado con buenos entrenadores. Los negros eran suyos. Mandó, pues, a la policía a realizar su trabajo.

Esta triste anécdota revela exactamente la naturaleza del régimen cubano, la forma en que Fidel Castro ejerce su autoridad sobre sus súbditos, y el tipo de relación que mantiene con las demás naciones. Poco después del incidente declaró que los deportistas cubanos no acudirían a la próxima competencia internacional. Tendrá lugar en Estados Unidos y teme una deserción en masa de los atletas. Para su desgracia, la Fugitive Slave Law fue derogada tras la Guerra Civil y Estados Unidos ya no respeta los derechos de propiedad. El presidente Bush no es Lula y no devolvería a los ingratos desertores. Hace apenas tres años, medio centenar de bailarines cubanos que habían acudido a Las Vegas para presentar un espectáculo musical manifestaron su deseo de ser libres y hacer con sus vidas lo que deseaban, y el pérfido imperio les permitió quedarse en el país. Fidel Castro sintió que le habían quitado algo suyo. Así son estos gringos de malvados.

Para Fidel Castro, Cuba es una hacienda grande donde es suyo todo lo que existe o crece. Como las vacas son suyas, matar una clandestinamente para darle de comer a la familia hambrienta se paga con siete años de cárcel. Más de lo que el Código Penal le asigna a quien comete un homicidio. Son suyas, incluso, las langostas que se mueven lentamente en el fondo del litoral cubano. Pescarlas para aliviar el hambre es un delito tan grave como lo era cazar animales furtivamente en los cotos reales cuando los reyes mandaban en el mundo.

Lo que se entiende menos es la vil colaboración del presidente Lula da Silva con esta infamia moral. ¿No se supone que estamos ante el primer presidente latinoamericano que procede de la clase obrera, el primero que podía entender mejor que nadie la tragedia de los oprimidos? ¿Pensaría que la libertad de estos dos pobres boxeadores negros no tiene la menor importancia? Puede ser. Así pensaban los negreros. A fin de cuentas, Brasil fue el último país del mundo en derogar la esclavitud. Sucedió en 1888. Cuba, en 1886, fue el penúltimo en darles la libertad a los cautivos. Todavía subsiste en los dos países la mentalidad de los traficantes de personas, quiero decir, de cosas. Yo sabía que Fidel Castro era uno de esos negreros. Ignoraba que Lula era otro.

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