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Como ironizó Anthony de Jasay: sí, el Estado intervencionista salvó al capitalismo del socialismo, pero por si acaso no le preguntó antes nada.

Carlos Rodríguez Braun
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Leo en La Nación de Buenos Aires una entrevista con el gran escritor Alfredo Bryce Echenique, que declara: “Yo soy un defensor del libre mercado, pero creo que no todos somos igualmente libres ante el mercado. Con un millón de dólares soy bastante más libre ante el mercado que un señor que sólo tiene diez dólares. Entonces, siempre he pensado que así como la socialdemocracia salvó a Europa del marxismo y a su vez creó un estado de bienestar, la solución está en el pacto. No seamos neoliberales a ultranza. No se puede creer que el dinero se va a derramar de los más ricos a los pobres”. Pues si el libre mercado tiene estos amigos ¿para qué necesita enemigos?
 
Precisamente, en el mercado el rico y el pobre son igualmente libres, y no pueden ejercer presión sobre sus bienes y libertades recíprocos. Por eso se dice que el mercado es ciego, como la justicia. Ahora bien, el rico tiene una posibilidad que el pobre no tiene: puede perder todo su dinero si no lo invierte en algo que sea útil para los demás. Por eso el mercado es una presión para el que tiene y una oportunidad para el que no tiene. Y en ambos casos propicia el bien de la comunidad. No es que el dinero se “derrame” mágicamente desde los ricos hacia los pobres; es que si los ricos no invierten su dinero en algo socialmente útil, lo pierden.
 
El papel hobbesiano salvador del socialismo es uno de esos entrañables camelos firmemente creídos a derecha e izquierda, sin base alguna. Como ironizó Anthony de Jasay: sí, el Estado intervencionista salvó al capitalismo del socialismo, pero por si acaso no le preguntó antes nada.
 
Con argumentos como los del notable escritor peruano, la coacción política tiene el campo siempre abierto, avalada por el pacto y porque, evidentemente, es muy feo ser neoliberal “a ultranza”.

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