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José Vidal Beneyto aludió al G-8 como un odioso “club de privilegiados que representa el 15% de la población del mundo y totaliza cerca del 60% de la producción del planeta”. Y Vicente Verdú sentenció: “el capitalismo no ha conseguido que se le ame plenamente”.

El topicazo de Vidal Beneyto es casi entrañable: ser productivo es malo. Lo ideal es el salvajismo tribal en el que todo el mundo produce lo mismo –y el paraíso sería un lugar en donde todo el mundo produce menos que el prójimo. El corolario es también claro: si uno es productivo, uno es un privilegiado, y seguramente un ladrón, no una persona valiosa.

Vicente Verdú elude la obvia consideración de que jamás nadie pretendió que el capitalismo deba ser amado. Al contrario, el capitalismo está asociado a la libertad, es decir, al entorno en el que nadie nos dice lo que debemos hacer, o a quien debemos amar, precisamente porque no hay objetivos colectivos que aniquilen los individuales. En cambio, y esta es la clave que Verdú ignora, el socialismo sí exige el cariño de sus súbditos. Las utopías criminales son siempre afectuosas. Y Winston Smith, como se sabe, termina en 1984 amando al Gran Hermano.

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