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Carlos Rodríguez Braun

Auri sacra fames

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El odio al dinero, y en particular al enriquecimiento personal, es vieja tradición de los enemigos de la libertad, que siempre han deplorado, con Virgilio, la maldita hambre de oro. Daniel Cohn Bendit y José María Mendiluce, arrebatados de corrección política, escriben: “ser rico en dinero y ser pobre en salud, en educación, en calidad medioambiental es un negocio al que sólo pueden aspirar algunos inmorales, pero nunca unos políticos democráticos”. Por su parte, José Vidal-Beneyto aseguró que la diferencia entre Davos y Porto Alegre estriba en que en un caso se busca “el enriquecimiento personal” y en el otro “el bienestar para todos”.

Una falacia básica del intervencionismo es pensar que la gente es boba, con lo cual no hay que dejarla que se enriquezca solita, porque malgastará su dinero. Está, así, claro que según Cohn Bendit y Mendiluce los ricos no tienen desarrollo humano. La tesis es asombrosa: como si los ricos “en dinero” fueran mentecatos que no gastaran su dinero en ser también ricos en salud, en educación y en calidad medioambiental. ¿Necesitamos a los eurodiputados para que nos aconsejen gastar así nuestro dinero y no en enfermarnos, maleducarnos y en vivir rodeados de basura?

Otro receloso de la libertad, y que no ha terminado de comprender una virtud crucial de la sociedad abierta, es Vidal-Beneyto, porque evidentemente cree que el enriquecimiento personal conspira contra el bienestar de todos. Aparte de la caricatura que ello representa de Davos y Porto Alegre, lo interesante es que plantee esa contradicción, ya resuelta hace al menos doscientos años por Adam Smith: si hay un marco institucional de paz y justicia, entonces la búsqueda de cada persona de mejorar su propia situación es beneficiosa para ella y también para el conjunto. Más aún, si se impide que cada persona intente prosperar, como hacen las sociedades cerradas, ello no sólo bloquea el beneficio individual, sino también el social. Sólo por eso serían temibles las propuestas del Foro tontamente llamado “social” de Porto Alegre, que en su virtual totalidad giran en torno a más impuestos y menos libertad. ¿Ha observado usted que todos los intervencionistas que se llenan la boca con la palabra “social” buscan dificultar que la sociedad elija?


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