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Leo en páginas de información de un gran diario nacional esta definición de uno de los más célebres protagonistas del Foro antiliberal de Porto Alegre: “José Bové, defensor de la agricultura sana frente a la comida basura”. Se supone que el periodismo debe contarnos lo que pasa: ¿describe el texto entrecomillado fielmente al señor Bové?

No hagamos juicios de intenciones, y supongamos las mejores en el alma de Bové. Aceptemos, por tanto, que de verdad está preocupado por la salud y prefiere la comida sana a la enferma. Incluso en ese caso la definición periodística es asombrosa, porque no sólo toma como real exclusivamente lo que Bové dice de sí mismo, sino que para colmo ni siquiera presta atención a todo lo que dice. Llamar “basura” a lo que Bové llama basura es dar por sentado que la comida rápida es particularmente tóxica, lo que una y otra vez ha sido refutado por todas las investigaciones empíricas. Pero además, la crónica elude un punto crucial que Bové jamás ha ocultado: quiere cerrar los mercados a los productos de los países pobres y quiere una organización política de la agricultura. Estos dos aspectos, que representan miles de millones de euros pagados por los contribuyentes y consumidores a un pequeño grupo de presión, dañando a los pobres del Tercer Mundo, no merecieron ninguna mención en el diario, para el cual, claro, basta la salud.


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