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Vuelve Celia Villalobos, la autodenominada --y con razón ridiculizada por ello-- “primera autoridad sanitaria de España”. A propósito de la leche “negra”, la producida clandestinamente por encima de las cuotas europeas, advirtió: “hay que huir de las gangas”.

La primera objeción es a su reiterado populismo, como si los ciudadanos necesitáramos que los gobernantes nos digan lo que debemos hacer. No lo necesitamos, y por añadidura no está claro que haya que pedirles consejo a los políticos, que no se destacan por ser particularmente inteligentes, informados, abnegados y honrados.

Además ¿cómo es eso de que hay que huir de las gangas? ¡Hay que buscarlas! Ojalá pudiera comprar yo sólo gangas, es decir, cosas apreciables que se adquieren a poca costa o con poco trabajo.

Si lo que dice la inefable Villalobos es que hay que estar ojo avizor ante las trampas y las estratagemas ilegales, tiene obviamente razón, porque es indudable que un mercado clandestino es malo en la medida en que el consumidor no cuenta allí con la protección de la ley. Pero la pregunta fundamental es ¿por qué este mercado en concreto es clandestino?

Y aquí nos encontramos con un vasto mundo del que doña Celia parece desconocerlo todo, el mundo de los males creados por la intervención política y la legislación, el mundo de la locura de subsidios y controles de la Unión Europea y su insano proteccionismo agrícola y ganadero, cuyo desenlace puede adoptar la forma de vacas locas, “lagos de leche”, cuotas incumplibles o mercados furtivos. De nada de eso son culpables los ciudadanos. No son ellos los destinatarios apropiados de los maternales consejos de doña Celia. A ella y a los demás políticos les cabe la vieja máxima socrática: conócete a ti mismo.

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