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Ante un grupo de empresarios afirmó Trinidad Jiménez que su proyecto económico para Madrid pasa por una “estrecha colaboración entre el sector público y el privado”. Una vez que la izquierda no pudo defender al Estado y atacar al mercado como encarnaciones respectivas del bien y el mal, cambió su discurso y lo edulcoró: hoy la cosa pasa por la “colaboración” y otras expresiones abnegadas como “cercanía” o “participación”.

Ahora bien, por más colaboradora, próxima y participativa que resulte la política, sigue encarnando la coacción legal, frente al resto de la economía y la sociedad, que no puede hacerlo. El empleo de palabras como “colaboración” transmite la idea de que las partes que colaboran son fundamentalmente análogas. Ahí está el engaño, porque lo público y lo privado, el Estado y el mercado, son fundamentalmente distintos: el Estado puede coaccionar sin el mercado, pero éste no puede hacerlo sin aquél.

La noción de que lo privado colabora con lo público no sólo es falaz, sino también peligrosa. Dado el poder de las Administraciones Públicas, existen fuertes incentivos para que los grupos económicos procuren evitar la competencia mediante favores políticos que termina pagando el pueblo. Así, la “colaboración” que propicia Jiménez puede traducirse, por ejemplo, en más subvenciones, más restricciones a la competencia o menos libertad en horarios comerciales.

Otra cosa muy distinta sería si doña Trinidad, al hablar del “sector” privado, se refiriese en realidad sólo a los ciudadanos corrientes y molientes. Porque si ella quiere “colaborar” con los madrileños, concluirá que la mejor forma de hacerlo es dejarlos en paz y libertad, bajarles los impuestos y abrirles los mercados. No creo que se refiera a eso. Pena.

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