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El papel lo aguanta todo. Y las alcachofas de los reporteros también. Esta semana hubo de todo, pero no hubo manera de seleccionar una tontería. Vean, vean.

El eurodiputado socialista Sami Naïr, idolatrado en nuestros medios porque es francés y de izquierdas y habla castellano, aseguró que lo malo de Europa es “el liberalismo triunfante”, vamos, como si los impuestos y el gasto público aquí hubiesen desaparecido.

El arzobispo de Sevilla, Carlos Amigo, pidió que la Seguridad Social financie las operaciones de cambio de sexo. O sea, lo mismo que Chaves. No pensó monseñor, no piensa nadie, en que no es la Seguridad Social la que paga, sino personas concretas, como aquella angustiada madre andaluza que preguntó por qué era gratis cambiarse el sexo pero no el oneroso tratamiento psicológico que necesitaba su hija adolescente y anoréxica. Bien preguntado, sí señora.

Mientras Luis Goytisolo afirmaba que EE UU “es un país que gracias al New Deal escapó a todo tipo de totalitarismo”, como si hubiese alguna relación entre presión fiscal y libertad, el secretario general de CC OO, José María Fidalgo, declaró que su sindicato rechaza las propuestas de rebajar la fiscalidad de los rendimientos de los fondos de pensiones, “porque no es una prioridad para los ciudadanos españoles”. Es un viejo tic de la izquierda, quiero decir, suponen lo que la gente piensa, y no necesitan ni pensar ni preguntárselo. Como ellos son de izquierda, y enemigos de la libertad, entonces presumen que todo lo ellos piensan es lo piensa el pueblo, un pueblo que ni se afilia a los sindicatos ni vota a sus más entusiastas partidarios, como los comunistas. Pero, de alguna forma, el señor Fidalgo conoce las prioridades de los españoles. Curioso.

Otra faceta del intervencionismo es la fe ilimitada en sus posibilidades. Violeta Alejandre, consejera de Trabajo de la Junta extremeña, instó al Gobierno central a invertir en sectores competitivos en la región. ¡El Gobierno invertirá en sectores competitivos! Doña Violeta no parece haberse detenido ni un segundo a pensar en que esto puede ser complicado y costoso, y que la experiencia histórica de los políticos como inversores no es demasiado brillante.

Jó, qué tropa.

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