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Gerhard Schröder defendió el intervencionista modelo europeo y proclamó muy serio: “no renunciaremos a la protección de los trabajadores”. Günther Grass, tras diagnosticar lúcido que la verdadera amenaza no es el terrorismo sino Bush, aseguró: “el terrorismo es una consecuencia de la ira del llamado Tercer Mundo contra la opulencia del Primer Mundo”.

El canciller germano comparte una de las falacias cruciales del pensamiento único, que estriba en creer que la coacción ostenta una primacía ética: el intervencionismo, así, protege, mientras que la libertad desampara. Cabe responderle también en su propio terreno. Es decir, no sólo hay que subrayar que el intervencionismo es económicamente ineficaz, y ha hundido a la otrora próspera Alemania liberal en el estancamiento y el paro; además, debemos apuntarle a Herr Schröder que lo moralmente plausible no es la coacción sino justo lo contrario: la libertad.

No por extendida es menos grave la bobada crasa de Grass. ¿Cuántas veces habrá que recordar que el 11 de septiembre de 2001 un puñado de señores nada pobres, y dirigidos para colmo por un multimillonario, asesinaron a miles de trabajadores?

El terrorismo no tiene raíces económicas, y quienes lo sostienen hacen en realidad el caldo gordo a los terroristas, brindándoles lo que más necesitan, una justificación objetiva, algo que transforme a la violencia en una incuestionable respuesta a hechos puros y duros. Pero la verdad es que aquí no hay más que pura y dura subjetividad: el terrorismo es consecuencia del fanatismo, la alienación, el nihilismo, la ofuscación ideológica y cualquier otro apego insano que ustedes quieran. Pero no de la economía.

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