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Ella no compara: ella sabe lo que produce más felicidad en el individuo, y sabe que no es el consumo. Por si acaso, claro, no piensa preguntarle nada a ningún individuo. ¿Para qué, si ella de antemano sabe lo que hay que saber?

Carlos Rodríguez Braun
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Carla Antonelli pidió el fin de la discriminación contra los transexuales. Judith Millar dijo que el consumo no da la felicidad.

Doña Carla nació hombre, es decir, nació como nacemos todos: con un sexo y ninguna ideología. Pero ahora se autodefine como "toda una mujer de izquierdas", y la prensa correcta la llama "activista transexual". Está entusiasmada porque los socialistas, típicamente, van a resolver los problemas de los transexuales con una ley: la Ley de Identidad de Género, por la cual los transexuales podrán cambiar de sexo y de nombre sin necesidad de operarse. Esto es lógico, porque para el progresismo el sexo es libre. Para todo lo demás la libertad es sospechosa, pero no para el sexo, que no es más que una mera "opción".

A todos estos disparates, la señora Antonelli añade una interesante afirmación económica, al exigir que "las personas transexuales accedan al mercado de trabajo sin ser discriminadas: hay que recordar que un 90 % de las mujeres transexuales y un 70 % de los hombres están en paro". Como siempre, la responsabilidad es ajena, y todo lo que les sucede a los transexuales deriva de que son víctimas, sólo víctimas. Por ejemplo, los empresarios deciden contratar a personas que no son transexuales, y eso significa que los empresarios son malvados, que discriminan, o sea, que tratan injustamente como distintas a personas que no deben ser distinguidas en absoluto de las demás, porque todos somos iguales, exactamente iguales. ¿No es cierto?

Judith Millar es hija de Lacan, y de lo que se cría se desvaría. Afirmó que el consumo "no produce más felicidad en el individuo", y que los problemas de los emigrantes son de "las sociedades de consumo". Constatamos la arrogancia característica del pensamiento único. No es que doña Judith aborde la vieja teoría de la utilidad marginal decreciente. No es que sólo eluda el espinoso asunto de la comparación interpersonal de utilidades. No. Ella no compara: ella sabe lo que produce más felicidad en el individuo, y sabe que no es el consumo. Por si acaso, claro, no piensa preguntarle nada a ningún individuo. ¿Para qué, si ella de antemano sabe lo que hay que saber?

Por ejemplo, sabe que los emigrantes son unos tarados que en vez de ir, qué sé yo, a Cuba, van, qué sé yo, a Estados Unidos. Maldito consumo.

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